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La esperanza tejida entre la metralla

Sajeda Siddiqi (Afganistán)

Ignacio Gilel

Rocío Gayarre

En el mapa moral del 8 de marzo hay lugares donde la igualdad ni existe, ni se la espera. Afganistán es uno de ellos, un país donde ser mujer no es solo una desventaja, sino una condena política y vital. Allí, mientras en otras partes del mundo la discusión feminista se despliega en matices, las niñas han vuelto a la casilla de la invisibilidad: sin derecho a estudiar, ni a trabajar, ni a salir ni a poder elegir. En ese territorio de cancelación absoluta de la mujer, Sajeda, una joven afgana refugiada en España sobrevivió a un atentado suicida talibán.

Hoy tiene 20 años, estudia informática y conserva una mirada limpia y tierna, casi incompatible con lo que han visto sus ojos. Su infancia transcurrió en el Kabul previo al regreso del régimen talibán. “Tenía una vida normal. Somos una familia muy grande, de 10 personas”. Su padre, veterinario, era un hombre abierto para los estándares de su entorno. Su madre, ama de casa, sostenía la arquitectura doméstica. “Mis padres son muy abiertos y siempre apoyaron que estudiáramos”, recuerda.

En su entorno, muchas niñas no llegaban a la universidad. Algunas ni siquiera podían planteárselo. Sajeda sí y quería estudiar medicina. Tenía buenas notas, una meta clara y una conciencia precoz de que ese camino podía truncarse. Su madre había vivido la primera llegada de los talibanes y había tenido que dejar de estudiar a los catorce años y casarse con sólo quince. “Yo pensaba que esto también me podía pasar”.

El 15 de agosto de 2021, cuando los talibanes entraron en Kabul, Sajeda tenía 17 años y estaba en el último curso de bachillerato. Recuerda el momento con la precisión de las fechas que parten una biografía en dos. “Vimos en la televisión que el presidente se había ido del país”. Y después, el derrumbe: desapariciones, bancos y comercios cerrados, miedo en las casas y calles casi vacías. “Entendí que todo se estaba terminando”. No habla solo de un gobierno, se refiere a su mundo.

Los colegios públicos cerraron, pero algunos centros privados continuaron durante un tiempo, entre restricciones y amenazas cada vez más directas. Ella empezó a salir a la calle tapada de un modo que nunca había hecho. “Yo me puse ropa larga, incluso guantes”. Iba a clase con miedo, pero con enorme determinación. Los talibanes entraban en los centros e imponían la separación de alumnas y alumnos en las aulas. Para muchas chicas afganas, fue el comienzo de una desaparición civil. Para Sajeda, todavía no.

Se matriculó en otro centro de los más grandes de Kabul para preparar el examen de acceso a la universidad. Allí estudiaban centenares de jóvenes. También allí los talibanes habían aparecido para advertir que las mujeres no podían seguir. La amenaza estaba servida. Y, sin embargo, ella continuó: “Yo sabía que solo tenía dos opciones: encerrarme en casa con seguridad, pero sin futuro y acabar casándome joven y con una persona que a lo mejor no me gustase o seguir estudiando, seguir siendo la persona que siempre quise ser” con el riego de morir en el intento.

El atentado llegó en septiembre de 2022. Había ido a hacer un simulacro de examen, una prueba parecida a la EBAU. Había 400 alumnos en clase cuando empezaron a oír disparos. Al principio no reaccionaron. “En Afganistán escuchar esos sonidos no es tan raro, no nos sorprendió”. Luego el ruido se acercó. Entró en el aula un hombre armado. El coordinador intentó cerrar la puerta y lo mataron. Su mejor amiga, que estaba a su lado, le cogió la mano y le insistió que huyeran. “Yo en ese momento estaba en shock. No podía ni hablar ni moverme”.

Sajeda se quedó inmóvil. “Lo único que podía hacer era protegerme debajo de la mesa”. Estaba en la primera fila. El atacante disparó y después se inmoló. Ella no recuerda el sonido de la explosión, pero fue víctima y testigo de sus efectos devastadores. Cuando abrió los ojos, el techo ya no estaba. A su alrededor flotaban hojas, polvo, cuerpos y sangre. De la primera fila, fue la única superviviente. “Yo no sé cómo y por qué logré salir viva, estaba segura de que iba a morir”. Cerró los ojos. Se rindió durante unos segundos, pero entonces entendió que “la última cosa que muere en un ser humano es la esperanza”.

Consiguió salir trepando por un muro. Despertó en el hospital. Tenía cinco impactos de metralla, tres de ellos profundos, en los pulmones, tosía sangre y había perdido mucha. En el primer hospital no tenían ni sangre suficiente para operarla. Peregrinó por varios hospitales hasta lograrlo. Sin embargo, no dejó de pensar en estudiar. “Llamé a mi madre que por favor me trajera un libro al hospital, que tenía que aprobar el examen como fuera”. Requirió varias intervenciones posteriores, la última en Irán.

Su camino de refugio llegó de la mano de una organización americana que seleccionó a veinte heridos graves del atentado para intentar sacarlos del país. Sajeda fue una de ellas. Pasó meses de espera en Irán y por el desgarro de decidir qué tres miembros de su familia podrían acompañarla. Su padre se quedó en Kabul con el resto de la familia. Su madre, enferma, salió con ella y dos de sus hermanos. Finalmente, en 2024, llegó a España.

Aquí encontró seguridad, tratamiento médico y una segunda oportunidad, especialmente con el apoyo y acompañamiento de la ong CESAL. Sajeda se siente agradecida, pero no a salvo del todo. Una parte de ella sigue en Afganistán, al lado de sus hermanas adolescentes, privadas del derecho a la educación por el simple hecho de ser mujeres. “Ellas no tienen futuro. No pueden estudiar, ni trabajar, ni salir de la casa solas, siquiera”.

Por eso habla y repite su relato que tanto estremece. “Las que hemos salido y estamos en países seguros, tenemos que alzar la voz por las que están en Afganistán y no pueden”. Su testimonio obliga a recolocar la escala de las urgencias. Hay lugares del mundo donde el feminismo es todavía una cuestión de respiración básica, de supervivencia, o de visibilidad. Sajeda lo resume mejor que cualquier consigna.

Su historia no debe ser una excepción conmovedora, sino una llamada. Decía Jean Paul Sartre “Cada palabra tiene consecuencias. Cada silencio también”. El testimonio de Sajeda rompe el silencio impuesto a las mujeres afganas que siguen sin poder ni siquiera asomarse a una vida propia, mucho menos libre o igualitaria.

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