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Las buenas maneras de Rajoy y el adiós del felipismo

Federico Ysart el

El 20-N ha abierto las puertas del cambio de par en par. El inicio es prometedor. La primera comparecencia ante los españoles del presidente electo ha sido clara, brillante y responsable. Son las buenas formas de Rajoy, a las que tanto debe el resultado alcanzado por los populares. Cierto es que el adversario también puso lo suyo en el triunfo del PP, pero acreditados los entresijos de la sociedad española, hay que reconocer mérito, y relevante, a quien ha conducido la oposición como el presidente popular lo ha hecho.

Enfrente se ha producido un destrozo de consecuencias hoy impredecibles. No se ha salvado nadie ni nada. Ni Cataluña con Carme Chacón al frente. Algunos veían en la ministro de Defensa  una especie de white knight, la solución luminosa para salvar de las ruinas el proyecto del socialismo del futuro. Ella, la primera. La víspera de prodigar sus mimos a Rubalcaba se plantó preguntando que por qué no podía dirigir el socialismo español una mujer y catalana por más señas. No lo tiene fácil tras haber perdido 700.000 votos, once escaños y la posición de liderazgo que el PSC venía exhibiendo. ¿Queda algún joven valor en pié?

Desde la secretaría general del partido Rodríguez Zapatero ha pretendido hacer borrón y cuenta nueva de todo lo anterior. No dio cuartelillo a sus mayores, despreciando consejos y experiencias en aras del adanismo con que también afrontó la vida política nacional desde la Moncloa. Su incapacidad manifiesta para controlar la crisis provocó el golpe palaciego que impuso su retirada y la candidatura de Rubalcaba, quizá el político más cuajado de su equipo… y del que tuvo Felipe González.

Como ha demostrado su campaña el objetivo de la empresa no era tanto ganar las elecciones, un imposible con cinco millones de parados a las espaldas, como impedir la mayoría absoluta del PP. Conseguirlo, así como un grupo parlamentario en torno a los 140 diputados, hubiera sido el triunfo suficiente para ser aclamado como secretario general en un Congreso socialista inmediato, como el que hoy dijo Rubalcaba haber pedido a Zapatero.

El socialismo volvería así a ser controlado por quienes lo perdieron tras otras elecciones del 2000, saldadas con mayoría absoluta del PP; por el felipismo. Pero en el trance se ha roto el muñeco. La involucración personal de González ha sido demasiado directa como para salvarse del fracaso. Y, lamentablemente, los mensajes de su campaña han arruinado su vieja imagen de estadista. Un estadista nunca denigra a quien va a ser presidente de su país, y menos en las presentes circunstancias.

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