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Blogs Crónicas de un nómada por Francisco López-Seivane

Las últimas tribus birmanas

En las selvas del norte de Birmania aún viven etnias ancladas en el pasado

Mujer Akhá sentada en la terraza de su modesta vivienda. Foto: FLS
Francisco López-Seivaneel

Desde el aire, el valle de Kientung, o Chiang Ton, donde está situada la vieja capital de la cultura Khun, aparece como un extenso círculo rodeado de altas cumbres. En el minúsculo aeropuerto que se levanta en medio de ninguna parte, tuve que esperar los equipajes al sol y caminar con ellos un largo trecho arbolado, ya que el acceso de los vehículos a la terminal estaba totalmente prohibido. Nada más aterrizar, supe que había llegado a un lugar muy remoto. Unos soldados de aspecto desastrado hacían guardia perezosamente en un control rutinario, mientras admiraban en silencio un todoterreno de lujo que contrastaba fuertemente con los destartalados vehículos que le rodeaban. Mi acompañante, Zaw Zaw me presentó entonces a Chaw Chaw, el guía local que nos acompañaría en nuestras incursiones. En este punto he de aclarar que la repetición monosilábica de los nombres es allí la forma familiar y afectuosa de referirse a alguien. 

Mujer fumando su pipa

Kientung no es ciertamente un destino turístico por sus monumentos ni por su historia, pero es el inevitable punto de partida para adentrarse en el territorio donde habitan los más extraordinarios pueblos que quedan en el planeta, una especie de campamento base donde los amantes de la antropología preparan cuidadosamente sus expediciones para llegar hasta las numerosas tribus que perviven en las montañas del entorno. Tras conducir una hora larga atravesando campos cultivados el terreno se encabritó de pronto y la carretera se convirtió en un camino impracticable. Abandonamos entonces el vehículo e iniciamos el ascenso a pie por un empinado sendero de tierra roja que afortunadamente transcurría en gran parte bajo la refrescante sombra de una espesa vegetación. Chaw Chaw, enjuto, renegrido y pequeño de estatura, abría camino trepando por los vericuetos del monte como si estuviera paseando por un parque. Con el fulgor de su sonrisa iluminándole permanentemente el rostro avanzaba por aquellos senderos imposibles como si en algún lugar de su menudo cuerpo tuviera escondido un turbo. La fortaleza de aquellos pueblos montañeses es indecible. Ocasionalmente nos cruzábamos con grupos de mujeres cargando a sus espaldas enormes cestos llenos de leña, vegetales o arroz, sujetos por una cinta a la frente. Habían salido en plena noche de sus aldeas, a horas de camino montaña arriba, y se dirigían al mercado a vender sus productos. Después regresarían cargadas con compras para la tribu. A pesar de su diminuto tamaño, nunca se detenían a descansar. Caminaban en grupos, avanzando en fila india, con sus negros vestidos asemejándolas a enormes cucarachas. Al cruzarnos, yo trataba de saludarlas amistosamente, pero bajaban los ojos y apretaban el paso sin responder. La visita al mercado es el único contacto que mantienen con el mundo exterior, así que el bamboleo de sus cuerpos arrancaba destellos a las pulseras y pendientes de plata con que se endomingan en ese viaje semanal. Muchas parecían niñas con las señales del sufrimiento marcándoles ya la frente. Chaw Chaw me aseguró que pertenecían a la tribu de los eng, a uno de cuyos poblados nos dirigíamos.

Trabajo colectivo en la ladea tribal

Por fin avistamos la aldea de Pang Ling en lo alto de una loma descarnada. Las precarias chozas de bambú estaban construidas sobre endebles palafitos en plena ladera, de tal manera que dirigirse de una a otra suponía trepar casi a gatas por abruptos terraplenes. En una pequeña explanada se hallaban congregadas casi todas las mujeres y niños de la tribu como si de una bandada de cuervos se tratara: pieles oscuras, vestidos negros, pelo azabache, ojos de ónix. Sólo el brillo de sus brazaletes de plata y de los abalorios de sus pendientes y collares ponía luz sobre los sombríos tonos de su vestimenta. Una sonrisa inesperada al entregar unos regalos me reveló unos dientes y unas encías tan negros como la noche. Al parecer tienen por costumbre aplicarse en la dentadura el carbón de una corteza de árbol quemada, convencidos de que así la protegen. Los eng son muy minoritarios en la región y extremadamente pobres, tímidos e introvertidos. Los hombres cortan leña y cazan con escopetas antediluvianas de largo cañón oxidado que cargan con pólvora y postas, ayudándose de una varilla. Curiosamente, los solteros se adornan con una flor en la oreja para mostrar su disponibilidad. Inevitablemente endogámicos, sus condiciones de vida son de extrema precariedad. Sus cabañas, de fino bambú, carecen de cocina o servicios y jamás se mezclan con otras etnias. He de confesar que sentí cierto alivio al abandonar aquel lugar. Y tristeza también, a qué negarlo.

Las modestísimas cabañas de madera donde suelen habitar estas tribus

Siguiendo al incansable Chaw Chaw por el laberinto de caminos que se entrecruzan en la montaña llegamos a una aldea llamada Wen Lao, donde vivía la tribu de los akhá, antes conocidos como kaw. Este pueblo tiene por costumbre elegir sus emplazamientos dejando caer un huevo al suelo. Si se despanzurra, juzgan que es un buen lugar. En caso contrario se van con sus mimbres a otra parte. Aquí la mayoría de los hombres tenían la cabeza afeitada, excepto un mechón de pelo que les caía desde lo alto del occipital, justo donde los sacerdotes solían lucir la tonsura. 

Las múltiples tribus que han convivido desde tiempo inmemorial en estas montañas siempre han buscado símbolos externos de distinción, particularmente en sus vestidos y adornos, pero ninguna ha llegado al grado de sofisticación de las mujeres akhá, cuyos tocados característicos, en forma de  triángulo truncado elevándose por detrás de la cabeza y adornado con monedas de plata, plumas, abalorios, cascabeles y pequeñas caracolas marinas, son tan elaboradas como costosas muestras de preeminencia social. No hay mujer akhá que se precie que no exhiba orgullosa su tocado a todas horas. Su vestido incluye un ancho cinturón de caracolas, discos metálicos y una especie de delantal escocés de abalorios que las distingue a distancia de cualquier otra etnia. Animistas y supersticiosos, consideran un mal augurio que un animal tenga una sola cría o que una mujer de a luz mellizos. Curiosamente, los akhá no hacen nunca el amor en la casa. A veces disponen de un pequeño habitáculo separado al efecto, o se solazan en la espesura, pero jamás se ayuntan delante de sus hijos.

Típica mujer Akhá con el singular tocado de su tribu. Foto: FLS

Más abajo, ya en pleno valle, se encuentra Wang Pauk, la aldea de los palaung, un pueblo más abierto que vive principalmente del cultivo del té. Lo más característico de los palaung son los enormes cinturones metálicos que se superponen en el talle de las mujeres hasta formar una especie de faja alrededor de la cintura, los vivos colores de sus vestidos y los enormes pendientes de oro que visten en las grandes ocasiones, especialmente las mujeres solteras. En estos pueblos primitivos el ritual del cortejo suele resultar fascinante. Entre los palaung, por ejemplo, para mostrar interés por una chica el hombre debe introducir su mano por un agujero al efecto que hay en la puerta de todas las casas y esperar la respuesta de su amada. Es éste un pueblo agrícola, que convive con vacas, cerdos y gallinas, y donde ya existe un incipiente comercio de productos básicos y telares domésticos para tejer telas y bolsos que luego venden a los escasos visitantes que se acercan por allí.

Estos pueblos que viven más cerca del llano suelen ser ser más sociables y coloridos en su vestir. Foto FLS.

No son los únicos pueblos de la región. Además de las etnias descritas, uno puede toparse con akhí, wa, shan, lisu, karin, pa o, mon, padaung… y así hasta más de ciento treinta tribus descubiertas, de las que algunas ya han desaparecido y otras están en trance de hacerlo. En pocos lugares le es dado nadie encontrar gentes que transmitan con tanta pureza la herencia incontaminada de estilos de vida que creíamos perdidos para siempre en la noche de los tiempos. Sólo por eso vale la pena viajar a esta remota y fascinante esquina del mundo, a la que ¿afortunadamente? aún no ha llegado la ola imparable de la civilización global. Si te animas a viajar allí, hazlo de puntillas y sin hacer ruido. No olvides que es su mundo; no el nuestro.  

Asia & Oceanía Francisco López-Seivaneel

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