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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

El amor, el odio y la indiferencia

Emilio de Miguel Calabia el

Lo opuesto del amor no es el odio, sino la indiferencia. Conozco a una pareja de divorciados que se pasan el día pensando en la siguiente putada que le van a hacer a su ex. Cada uno de ellos se pasa el día pensando en el otro. Justo como si estuviesen enamorados. Amor y odio son dos caras de la misma moneda y se puede pasar de la una a la otra en un momento.

La indiferencia es otra cosa. Sabes que tu ex ya no te dice nada, cuando ves una foto antigua en la que estábais los dos y el corazón no se te acelera. Te encuentras en internet un soneto suyo dedicado a su actual pareja y te pones a contarle las sílabas y a considerar las rimas. Cuando la indiferencia se instala en el corazón, ya no tiene marcha atrás. En eso el odio es más clemente.

El que mejor ha sabido expresar esa dicotomía entre el amor y el odio es Cátulo en su famoso poema: “Odio y amo. Tal vez preguntes ¿cómo es posible?/ No lo sé, pero siento que ocurre así y me torturo”. Ese es el poema más conocido, pero hay otros varios en los que se ve que la casquivana de Lesbia se las hacía pasar putas al pobre Cátulo y Cátulo sufría a raudales, incapaz de despegarse de Lesbia: “Mira, Lesbia, tus culpas me arrastran,/ porque perdí la fe con que te adoro,/ que ni puedo estimarte aunque al bien vuelvas/ ni dejar de quererte aunque hagas todo.” O sea, lo que diría la folclórica, ni contigo ni sin ti, tienen mis penas remedio.

Lesbia se las hizo pasar putas a Cátulo, pero peor fue lo de Jennifer Jones y Gregory Peck en “Duelo al sol”. Se amaban y se odiaban tanto que terminan matándose a tiros, aunque eso sí, mientras agonizan se dan un apasionado beso de reconciliación. Casi que me quedo con el amor de Lesbia.

La indiferencia puede parecer menos literaria, pero también tiene sus monumentos. En “Un amor de Swann”, el sofisticado y cosmopolita Charles Swann se enamora hasta las cachas de la medio putilla Odette de Crecy. Swann es en un principio consciente de las carencias de Odette y sin embargo, la echa de menos cuando no la tiene cerca. Comienza a idealizarla y con la idealización vienen los celos y el deseo de no perderla. Swann sufre mucho y posiblemente tenga hasta fuertes jaquecas producto de la cornamenta que lleva, porque Odette no le dice a nadie que no. Y de pronto, al final de la historia, un buen día, Swann se cae del caballo y se dice: “Y pensar que he desperdiciado años de mi vida, que he querido morir, que he tenido mi amor más grande por una mujer que no me satisfacía, que no era de mi estilo.” Y es que cuando uno está enamorado, se pone gafas de color rosa para ver a su amada. Cuando se las quita, a menudo se pregunta cómo pudo estar enamorado de “eso”. En estos tiempos del amor líquido, que diría Zygmunt Bauman, ni tan siquiera te pones gafas de color rosa. Toda la diferencia entre enamorarte del ser angelical que tienes enfrente esta noche y desenamorarte al día siguiente, son los cuatro cubatas que llevabas en el cuerpo anoche.

En “De la servidumbre humana” Somerset Maugham presenta uno de los romances más extraordinarios de toda la literatura. El protagonista, Philip, comienza detestando a una camarera de físico más bien indiferente y bastante antipática, que trabaja en un local que él frecuenta. La camarera le ha hecho de menos y Philip no piensa más que en tomarse su revancha. Y de pronto, se da cuenta de que no puede dejar de pensar en ella: se ha enamorado. La tesis de que el amor y el odio son caras de una misma moneda queda demostrada.

Lo que sigue es un cortejo que deja cortos los sufrimientos de Swann por Odette de Crecy. Cortejar a Mildred es como flirtear con una estatua de mármol y encima borde. Como Swann, Philip se da cuenta de que se ha enamorado de alguien que no lo merece: “… parecía imposible que estuviera enamorado de Mildred Rogers. Su nombre era ridículo. No la veía guapa; odiaba su delgadez, sólo esa noche se había dado cuenta de cómo los huesos de su pecho destacaban en su traje de noche; repasó sus facciones una por una; no le gustaba su boca y su tez insana le repelía vagamente. Era vulgar. Sus frases, tan osadas y escasas, continuamente repetidas, mostraban la vacuidad de su mente…” Una joya, vamos. Y unas líneas después… “La anhelaba. Pensaba en tomarla en sus brazos, el cuerpo frágil, delgado, y en besar su boca pálida: quería pasar los dedos por sus mejillas levemente verdosas. La quería.” Sólo los que han estado muy enamorados, pueden comprender este párrafo contradictorio.

La historia entre Mildred y Philip roza el masoquismo. Cuanto más le putea ella y más se escapa con otros hombres, más la quiere él. Ella queda embarazada de un hombre que le prometió matrimonio y no cumplió su promesa y Philip la acoge. Viven juntos y Mildred hace algún movimiento de aproximación, pero Philip se mantiene distante. Y entonces descubre que la indiferencia ha aparecido. La está viendo dormir y… “recordó con qué pasión la había amado y se preguntó por qué ahora le era completamente indiferente. El cambio en su interior le llenó de un dolor sordo. Le pareció que todo lo que había sufrido había sido un puro desperdicio (…) Encontró extrañamente trágico que la hubiera amado con tal locura y que ahora no la amase en absoluto.”

Más adelante Maugham escribe uno de los diálogos más amargos sobre el amor que llega a destiempo y no es correspondido y la indiferencia:

“[Philip] No tienes que enfadarte conmigo. Uno no puede impedir estas cosas. Me acuerdo de que pensaba de que eras perversa y cruel porque hacías esto o aquello; pero era tonto por mi parte. No me amabas y era absurdo que yo te culpase por eso. Pensaba que podría hacer que me amases, pero ahora sé que era imposible. No sé qué es lo que hace que alguien te ame, pero lo que quiera que sea, eso es lo único que importa, y si no lo hay, no lo crearás mediante la amabilidad, la generosidad o cualquier cosa de ese estilo.

[Mildred] Habría pensado que si me amabas de verdad, todavía me amarías.

[Philip] Yo también lo habría pensado. Me acuerdo de cómo solía pensar que duraría para siempre. Sentía que prefería morir a estar sin ti y solía anhelar cuando estuvieses marchita y arrugada, de manera que nadie se preocupase por ti y yo te tuviera toda para mí.”

Si tengo que elegir, entre el odio y la indiferencia, me quedo con el odio. Duele menos ser odiado.

 

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