Cuando la Dra. F me propuso que me hiciera la operación de nariz, me ganó al decir: “Más vale que se la haga ahora que es joven”. ¡Joven!, ¡me llamó joven!
Diez días antes de la operación me entraron algunas dudas y llamé a mi amigo S. que lleva muchos años en el país. “Donde te la van a hacer es un hospital de lo más moderno. Allí nacieron mis trillizas.” “¡Pero si tú tienes mellizas!” Se hizo un silencio. “Bueno, tampoco nos vamos a detener en detalles poco relevantes. Seguro que te hacen bien la operación.”
Ingresé el sábado a las diez de la mañana en el hospital. Recuerdo que en varios momentos pensé: “Todavía estoy a tiempo para echar a correr y pasar de la intervención. Digo que voy a buscar una máquina de café y para cuando se quieran dar cuenta ya estoy en la calle.” No lo hice porque a uno le han enseñado que si tomas una decisión, aceptas las consecuencias.
Durante toda la mañana mi habitación fue un trasiego de enfermeras y médicos, cada uno con su aplicación chino-inglés. Allí nadie parecía hablar algo que se pareciera al inglés. Eso llevaba a algunas conversaciones surrealistas, como cuando la enfermera me dijo que me iba a atomizar. Me la imaginé pulverizándome con una pistola de protones. Pero no, se trataba de algo más prosaico: colocarme una mascarilla para insuflarme no sé qué durante 10 minutos. Más enjundia tuvo otro de los malentendidos que tuvimos. Le dije a la Dra. F que “In May I had gone to the cardiologist who told me I was ok”. Su reacción fue de sorpresa: “When did you meet our cardiologist Dr. May?” Llevó un rato deshacer el malentendido.
Más tarde volvió la Dra. F con una página en la que me explicaba todo lo que podía salir mal, pero que nunca salía. Podía salírseme algo de líquido bulbo-raquídeo, podían dejarme ciego y podía quedarme impotente. “Pero tranquilo. Nunca nos ha ocurrido en una intervención”, me dijo la Dra. F con la confianza del que sabe que no es ella la que se va a tumbar en la mesa de operaciones. “A ver,- le dije- explíqueme otra vez lo de quedarme impotente”.
Un rato antes de las cinco me bajaron al quirófano. Es curioso, pero una vez que me hube rendido y que me llevaban a la sala de operaciones, sentí mucha calma. Era como haberme metido en una historia que le está ocurriendo a otro.
Me pusieron anestesia total. Lo más llamativo es que no te produce un adormecimiento paulatino, sino que en un instante pasas de estar viendo la lámpara del techo del quirófano a que todo se te haga negro y pierdas la conciencia. El regreso de esa negrura es también singular. Te despiertas gradualmente en una cama. Parpadeas. No sabes cuánto tiempo has estado inconsciente, ni lo que te han hecho, pero lo que importa es que te has despertado.
De lo que no me advirtieron fue de los efectos colaterales de la anestesia. Parece que te afecta a los movimientos de los intestinos. Después de la operación pasé cuatro días sin sentarme en el retrete. Cuando finalmente me vinieron las ganas, tuve la madre de todas las obstrucciones intestinales. Me puse un enema, que me dieron en una clínica a la que fui, me tomé un laxante, utilicé unos guantes quirúrgicos que me dieron para ver si me podía ir deshaciendo de la caca por vía manual (no, no pude). ¡Incluso utilicé un pulverizador de aceite de oliva, que tampoco ayudó, pero al menos mejoró el aroma del cuarto de baño! Para resumir la historia: tardé tres horas y media en plantar el pino. En ese tiempo me habría dado para ir a Shenzhen en coche y volver.
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