China es como el envejecimiento, un fenómeno muy complejo al que no cabe dar única respuesta. El cuerpo al envejecer deja de producir melatonina, pues entonces tomemos píldoras de melatonina. No, el envejecimiento es mucho más que una disminución en la producción de melatonina. Y también China es mucho más que cualquier fórmula unívoca con la que queramos explicarla.
El chino-canadiense Dan Wang en “Breakneck. China’s Quest to Engineer the Future” trata básicamente de explicar China sobre la base de que es un Estado de ingenieros, que rivaliza con un Estado de abogados, que es EEUU. En China los ingenieros ocupan la mayor parte de las posiciones de poder. Los ingenieros se ocupan de construir y, si les dejan, de construir a lo grande. Los abogados son fuertes en lo que se refiere a procesos y a bloquear iniciativas. Así China en los últimos 40 años ha construido una cantidad de autopistas igual al doble de las de EEUU, una red de alta velocidad 20 veces más extensa que la japonesa, que es la tercera más extensa del mundo, se ha dotado de una capacidad en energía solar y eólica casi igual a la de todo el resto del mundo. Añadamos que China fabrica entre un tercio y la mitad de cualquier producto en el que podamos pensar.
Un Estado dirigido por ingenieros puede hacer muchas cosas buenas. Desde gestionar ciudades con varios millones de habitantes, hasta construir una base manufacturera avanzada partiendo casi desde cero y mejorar la vida de centenares de millones de personas. Pero también es posible tener demasiado de una buena cosa y eso se aplica también a los ingenieros, que tienden a verlo todo en términos de números y que, disponiendo de martillos de acero, piensan que todos los problemas son clavos.
Una de las iniciativas del Estado-ingeniero ha sido la creación de gigantescas áreas metropolitanas, que superan a Tokyo y su área metropolitana, que durante muchos años fue el mayor conglomerado urbano del mundo. Los principales son el área Pekín-Tianjin-Xiong’an (unos 38 millones de personas), Shanghai-Hangzhou-Suzhou (50 millones de habitantes), Área de la Gran Bahía, que incluye a Hong Kong, Shenzhen y Cantón, entre otras ciudades (86 millones de habitantes), Wuhan-Changsha (24 millones de habitantes) y Chongqing-Chengdú (53 millones de habitantes). Impresionante.
El Estado-ingeniero ha tenido su cuota de equivocaciones: no prestar atención al impacto del cambio climático; construcciones de poca calidad, porque primaba la velocidad sobre los cálculos de la resistencia y la calidad de los materiales… En opinión de Wang, China debería construir menos, mientras que EEUU debería construir mucho más.
Wang cuenta sus experiencias en la provincia de Guizhou, donde el pensar a lo grande de los ingenieros se entremezcló con el incentivo de construir a lo grande para ser ascendido. Todo empezó con el secretario del partido en Luipanshui, Li Zaiyong. Li quería que lo promovieran a un puesto de mayor relevancia en alguna provincia más próspera y para ello se le ocurrió convertir Luipanshui en un destino turístico de alcance mundial, que es como querer que Vitigudino sea el destino preferido de los turistas asiáticos. Entre sus iniciativas estaban la construcción de plazas que replicaban famosas plazas europeas, la construcción del teleférico más largo de Asia y la compra de decenas de cañones de nieve artificial para atraer a los esquiadores a una región donde apenas nevaba. Leyendo la historia, pensé que Li Zaiyong podía haber sido un alcalde español de los tiempos en que en España éramos ricos y derrochábamos el dinero. En ambos casos, por un momento fue posible crear una imagen de prosperidad y, pasado ese momento, lo que quedó fue una deuda colosal.
Para Wang, el ejemplo más paradigmático de cuando los ingenieros además de construir cosas se aplican a transformar la sociedad (sólo un ingeniero es capaz de ver la sociedad como un problema matemático que hay que resolver y no como un ente vivo) es la política del hijo único. Merece la pena detenerse en su historia, según la cuenta Wang.
Mao había promovido la idea de que tener una población numerosa era una baza geostratégica clave. Como Marx, pensaba que no era posible tener demasiados niños y que el aumento de la productividad resolvería el problema. A su muerte, en 1978 se realizó un censo y se descubrió que la población había crecido más de lo esperado y se acercaba ya a los 1.000 millones. Eran los tiempos del Club de Roma y su famoso informe sobre los límites del crecimiento, que era Malthus redivivo. Por primera vez sí que era posible tener demasiados niños.
Aquí intervino un ingeniero, Song Jian, que dominaba el lenguaje de las matemáticas y propuso la idea del hijo único. Song Jian era un entusiasta de la cibernética y uno de sus primeros cultivadores en China. La cibernética parecía prometer que si uno introducía los datos adecuados, los algoritmos producirían las soluciones óptimas, incluso cuando estamos hablando de algo tan complejo como la sociedad. Song Jian era un Sam Altman avant la lettre.
Song Jian estimó que para 2050 China podría tener 3.000 millones de habitantes y para 2080, 4.000 millones de habitantes. Era la típica estimación de un ingeniero, que cree que la población crece a un ritmo constante. Las estimaciones demográficas rara vez aciertan, porque suelen olvidarse de la caída de la fertilidad que traen el desarrollo económico, la educación y la entrada de la mujer en el ercado laboral. La ironía de todo es que ahora el problema de China es el contrario: está envejeciendo y perdiendo población y los jóvenes no quieren tener hijos. China está descubriendo lo que otras sociedades hemos descubierto antes, que una vez que la tasa de natalidad baja, es casi imposible conseguir que remonte.
Tras haber analizado el Estado-ingeniero chino, Wang pasa a darle capones al modelo rival, EEUU: 1) EEUU se ha fijado demasiado en el lado de la demanda y han sucedido algunos fenómenos perversos como que al aumentar las ayudas financieras a los estudiantes una parte de esa ayuda se la hayan llevado las subidas de tasas impuestas por las universidades; 2) Se han protegido demasiado los intereses de los ricos que son, además, quienes disponen de más poder para promover sus intereses; 3) EEUU se ha vuelto demasiado dependiente de las manufacturas chinas y ha descuidado el lado de la oferta; 4) Se ha perdido la visión de la tecnología como un saber que se aprende y se vive, un saber que se fija en una serie de procesos, algo que permea la sociedad. Se la ha osificado en manuales que puede que estén muy bien, pero que no bastan; 5) Se han descuidado las manufacturas, porque han primado los intereses de Wall Street, que ha preferido las industrias ligeras. Fue precisamente Wall Street la que inició la carrera desenfrenada hacia el mercado chino, en busca de pelotazos.
En fin un libro incompleto, que se deja muchas cosas fuera al haber adoptado un punto de vista demasiado unidireccional, pero que se lee con facilidad.
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