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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

El negro zumbón

Emilio de Miguel Calabia el

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Generalmente sólo cuelgo una foto en cada una de las entradas. Pero esta vez haré una excepción. Federico me ha enviado una foto suya que me ha gustado tanto, que no podía sino ponerla)

La Editorial Karima acaba de publicar “El negro zumbón” de mi escritor calvo favorito, Federico Palomera. Son dos historias por el precio de una: la de Jaime, el negro de la novela, al que una editorial que busca refundarse le encomienda que escriba la biografía de una bailarina coreano-japonesa, Mitzuko, y la historia de su vida que esa misma Mitzuko le va contando a Jaime.

Es una novela en la que no paran de ocurrir cosas (la vida de Mitzuko es muy agitada) y sin embargo da una sensación de que está estática. Yo diría que, como escritor, Federico no quiere que nos fijemos en la película de la narración, sino que prestemos atención a cada fotograma, que saboreemos cada uno antes de pasar al siguiente. Yo diría que, en su fuero interno, Federico piensa que centrarse en el movimiento de fotogramas como hace el cine o en el pasar páginas incontinente para ver lo que va a suceder a continuación, es de palurdos, de gente que no sabría distinguir un vino Don Simón de un Vega Sicilia o un verso de Gil de Biedma de uno de Lucía Etxebarría.

A mí Federico me parece un artesano de la imagen. Las talla y las pule con un esmero que me imagino su fastidio cuando llega el lector gañán de turno y le espeta: “¿Y qué pasa luego?” ¿Es que tiene que pasar algo para que disfrutemos una novela que está bien escrita?

Un ejemplo de las descripciones de Federico: “El palacete que albergaba las oficinas centrales de la editorial Boecio era el recordatorio de una época de lujo horizontal, cuando los edificios acristalados no se erguían como falos transparentes perpetuamente iluminados. Palacete de medio pelo, tampoco se encontraba en una de las grandes vías abiertas por la expansión, sino que se acurrucaba en una bocacalle olvidada por la planificación municipal…”

Aunque tal vez mejor que sus descripciones de objetos y ambientes, sea su caracterización de los personajes. Una de mis favoritas es la que hace del arribista y advenedizo Salvador, nuevo director de la editorial: “Era un individuo muy grande, que recordaba un armario de tres cuerpos y, tal vez por eso, se movía mucho, como si no supiera en cual de los tres debería encontrar definitivo acomodo para sus miembros.” El relato de su entrevista con Jaime es de antología. A todos nos ha pasado alguna vez entrevistarnos con alguien que se cree muy poderoso y cree que su poder tiene que traslucirse en una mezcla de desprecio mayestático y movimiento perpetuo que demuestre que es una persona muy ocupada a la que le estamos haciendo perder el tiempo. “Salvador cambió varias veces de postura ensayando diversas formas de reclinarse en el sillón; se tiró del extremo de la corbata con saña, dejó de teclear en la agenda y golpeó repetidamente la pantalla con un lápiz a guisa de varita mágica. Luego, se quitó un anillo del dedo y golpeó la mesa con él, como ara cerciorarse de la solidez del mueble o de la calidad del metal. Se apartó el pelo de los ojos con un leve manotazo; cerró la agenda, persiguió por la mesa el anillo que había salido rodando de sus manos y que cayó al suelo, encogió los hombros, hizo un gesto de desesperación y sonrió cuando su visitante le devolvió el anillo, que siguió golpeando contra la mesa como si nada hubiera ocurrido; luego volvió a encajárselo en el dedo, tiró de una manga de su camisa hasta que asomó por completo de debajo de la manga de la chaqueta, y se puso a contemplar las uñas de su mano derecha, todo sin dejar de hablar con Manolo [Manolo es el interlocutor con el que habla por el móvil. Jaime es demasiado insignificante para él como para que le preste atención inmediatamente].

Federico tiene una amplia cultura y tiene opinión sobre casi todo. Me divierte mucho leer sus opiniones y no puedo dejar de pensar qué gran colaborador se está perdiendo la Wikipedia. Copiaré, como ejemplo, lo que dice Federico sobre el alemán, idioma cuya gramática siempre pensé que había sido creada exclusivamente para fastidiar a los que lo estudian: “El alemán parece un idioma diseñado conscientemente para ser una lengua clásica, el fruto de un esfuerzo continuado por convertir una caterva de dialectos en una lengua unificada y majestuosa, capaz de crear estructuras de pensamiento en los hablantes y encauzarlo por canales de cautelosa precisión (…) Como su carrera de Lengua Clásica empezó un poco tarde, el idioma intenta compensar su falta de antigüedad con un reverberar de trueno (…) Lutero necesitaba un idioma convincente para contraponer al sonoro Latín de la Vulgata y consiguió una lengua de largos y resonantes períodos, de majestuosidad sobrecogedora en que el fiel debe esperar al final del sermón para conocer la importancia y el tema en feliz paralelismo con una vida que solamente a su fin alcanza la salvación o la condenación eterna [efectivamente, en las frases alemanas el verbo a menudo va al final. Solo hay que imaginarse la impaciencia de las esposas alemanas cuando le preguntan al marido por lo que ha estado haciendo hasta tan tarde y la respuesta es “yo he esta tarde con mi hermosa secretaria en una habitación en penumbra un informe preparado”].

Pero no se piense que Federico sólo entiende de cosas elevadas. También puede dar lecciones sobre cosas más prosaicas, pero muy útiles como pegar un navajazo. “… el golpe de navaja debía darse de abajo arriba, con el corte de la sirla hacia arriba para mejor desgarrar…”

Un fragmento de la novela que me ha gustado especialmente ha sido la descripción de un cóctel y de las artes que hay que conocer para saber bandearse en él y llegar a los mejores canapés, sin ser demasiado obvio. Se nota que Federico es diplomático y ha pasado muchas horas de su vida (la décima parte, dicen algunos manuales de diplomacia) en tediosas recepciones. Así puede impartir consejos prácticos: “Si quiere salir incólume de este tipo de saraos, observe el color de la mantequilla: cuanto más pálida, más reciente, aunque siempre puede ser margarina…” o también establecer una relación entre la oferta alimentaria de los cócteles y la Historia Universal: “…La Historia del declive de la Unión Soviética podría estudiarse desde el punto de vista de la oferta de caviar en los cócteles (…) tras la Primavera de Praga, todo el sistema sufrió un cambio y pasó de la oferta a la demanda. Si hasta entonces las huevas de esturión habían estado a disposición del público, ahora había que solicitar el caviar, que estaba, en los cócteles, escondido tras dos fornidos sicarios del KGB (…) Tras la invasión de Afganistán disminuyó el número de sicarios, pero también el de huevas de esturión…”

Reconozco que a veces esos artificios técnicos conseguían arrancarme de la trama, como un niño que se obstinase en ver el dedo enjoyado que le señala la luna y no la luna misma. Pero hay dedos enjoyados que son tan bonitos… Bueno, aquí son bonitos el dedo y la luna.

 

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