Disparen sobre ese imbécil

Disparen sobre ese imbécil

Publicado por el Aug 4, 2015

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Albergábamos la pequeña esperanza de que la crisis pudiera terminar convirtiéndose en una posibilidad de cambio. Una esperanza que no ha sido más que un espejismo. Nos equivocamos de pleno: las viejas formas siguen ahí, el capitalismo brutal ha mutado en una forma aún más depredadora. Para lo único que finalmente ha servido la crisis es para acabar de empobrecernos, no sólo en los bolsillos sino además también en el valor de nuestra cultura.

No ha servido para dejar atrás ni las razones que la causaron ni los personajes que, con decisión, nos condujeron a ella; y seguramente porque la crisis económica ha sido solamente la máscara de algo que ya he escrito aquí otras veces: que estamos inmersos en una crisis fundamental, una crisis cultural, en una crisis de objetivos comunes a la que la recesión revigorizó y transformó en la enfermedad crónica de este tiempo.

Consecuencia, también avisada y comentada aquí, de esta crisis cultural ha sido el surgimiento de opinólogos, charlatanes. De personajes a los que les interesa no significarse dentro de este pantano podrido en el que la escasez de trabajo sumada a las facilidades para la ubicuidad brindadas por la era digital ha propiciado la idea banal de la democratización del valor de la creación y la opinión, en la que el sujeto superficial y narcisista contemporáneo ha encontrado su campo fecundo. Cito aquí a la periodista Leila Guerriero, extractos de un artículo a propósito de la difusión desde muchos medios de comunicación de que el ciudadano equipado del elemento técnico adecuado y situado por el azar en el momento adecuado en el lugar adecuado merece también el apelativo de periodista: «¿El acceso a una herramienta es lo único que se necesita para dominar un oficio? Tener lápiz y papel nunca convirtió a nadie en escritor. Tener un piano en casa nunca convirtió a nadie en pianista. Sospecho que lo que hace que alguien sea director de cine, pintor, pianista, escritor o chef es otra cosa. Es algo que va más allá de la calidad con que haga lo que hace (…). Estoy hablando de que decir que todos podemos ser periodistas –sólo porque se nos ha facilitado el acceso a algunas herramientas que los periodistas usan− podría ser un argumento engañoso (…). El equivalente a decir, por ejemplo, que todos podemos ser filósofos. Después de todo, que yo sepa, para ser filósofo nunca hizo falta mucho más que un cerebro. Y sin embargo.» [i]

Este fenómeno, en el ámbito de la arquitectura se ha concretado en la aparición de un género de nuevo cuño, cuyo título se compra en el mercado de las bagatelas. Es el sujeto que desconoce sus limitaciones, que se cree capaz de opinar de todo sin realmente estar opinando nada con claridad, que confunde ideas con verborrea sofisticada.  La proliferación de neo-críticos podría ser una cuestión a aplaudir si realmente fueran nuevos, si abrieran el espectro del campo de debate y de las ideas valiéndose de los medios actuales (entendiendo eso: que no es la herramienta el valor sino el de las ideas que hay intención de construir y difundir).

Pero, sin embargo, cuando uno toma contacto con su trabajo (evitando caer en generalizaciones) se sobreentiende una posición totalmente conservadora ya que estos opinadores, en su gran mayoría, no tienen ningún interés en cuestionar el sistema en una profesión que cada vez huele más a fracaso, que ha perdido todos sus objetivos primordiales. Y en lugar de oponerse a las evidencias de ese sistema gravemente deteriorado y corrompido que ha llevado a este punto de no retorno, escogen señalar como adversario a combatir a quienquiera que, a su manera y con sus razonamientos busque combatir al viejo sistema y sus derivados. Una actitud de la que se desprende que se sienten cómodos e identificados con ese sistema y que en modo alguno les interesa escindirse de él sino seguir apuntalándolo,  temerosos  de quedar desprotegidos.

No es ninguna novedad que nuestra cultura se diluye en un mundo vacuo, de espectáculo, y disparar contra el que lo cuestiona mientras se difaman a la vez sus procedimientos y posiciones es fácil y seguramente está muy bien recompensado.

Estos autodenominados críticos, de los cuales (y recalco que no por falta de interés en hacerlo) no he leído ningún artículo de reflexión u opinión que no sea más que pomposos juegos de palabras e ideas de gravedad sólo aparente,  nunca dirigen su voz contra nada en concreto que suponga significarse. Se lanzan flores entre su propio club con epítetos altisonantes elogiando ‘valentías’ e ‘inteligencias’ cuando de hecho no se están enfrentando a nada que les suponga un serio riesgo.

¿Por qué tendría que ser un acto de valentía dar una opinión, enfrentarse a un debate con argumentos? Esto no es una guerra ni una competición deportiva. Hacer crítica seria es solamente un trabajo, no debe ser motivo para recibir elogiosos epítetos. Aunque, con toda seguridad, a la vista de la realidad, me estoy equivocando: supongo que esto que digo funciona en una sociedad normal, no en un territorio cada vez más pueril.

Me pregunto: ¿puede uno autodenominarse ‘crítico’ si no pone en duda el sistema? Más por lo que antes apuntaba: un sistema a todas luces fracasado y una vieja crítica que, por acción u omisión, propició engendros como Ciudades de la Cultura, de las Artes y las Letras, del Medio Ambiente… que muy pocas veces puso en duda la gestión ética de la arquitectura en los Emiratos Árabes, que nunca cuestionó el modelo de la arquitectura social-espectáculo (con obscenidades laureadas como la Torre David)… No recuerdo haber leído nada sobre eso. ¿Es que estos temas no les interesan? ¿O que realmente todo esto les parece bien? ¿O será porque en estas cuestiones hay relacionados ciertos jefes, catedráticos…con los que no conviene ponerse a mal hablando claro?

Por mi parte quiero aclarar que este blog se llama La viga en el ojo y que este título es una declaración de principios. La posición editorial del blog es clara desde el principio. No entra dentro de los juegos de la ambivalencia. Mira de frente y busca entender.  Tomo estas palabras de José Luís Mateo durante la presentación de mi libro La viga en el ojo. Escritos a tiempo, las cuales agradezco, porque sintetizan el propósito constante de lo que aquí se busca: « Recibiendo discursos y mensajes a los que no encuentra sentido, Fredy Massad trata de devolver palabras con sentido.»   Jamás omito los nombres propios en mis críticas porque creo en el valor de una posición pragmática. Intento que las cosas que argumento se entiendan, aunque no se esté de acuerdo, aunque se discrepe absolutamente. Cuando en este blog se cuestiona una actitud personal es porque los propios protagonistas están actuando como personajes. Desde aquí puedo emitir juicios duros pero siempre desde la voluntad de jugar limpio, de provocar un debate. Sé que el tratar de contraponer opiniones serias, debatir  con franqueza cuerpo a cuerpo ya no se usa. Sé también que este blog resulta antipático e incómodo.

Creo que gran parte de una generación que nos precedió pareció entender el construir opiniones como forma de garantizar la pertenencia a un bando, y se valió de algo a lo que se le puso la etiqueta de ‘crítica’ para hacer un negocio rentable. Muchos acabaron finalmente managers de los propios arquitectos a los que exaltaban intelectualmente o construyendo personajes arquetípicos a su placer y conveniencia. Y veo cada vez más claro que, lamentablemente, toda esa actitud que creía superada volver a resurgir en una nueva generación, que maneja sus criterios con pura inconsistencia.

¿No es un tanto pueril acusar al que no está de acuerdo de dedicarse únicamente a proferir insultos desde este blog sólo por haber publicado textos bajo un título provocador, que apela a la reacción con visceralidad? ¿Será que dicen que se insulta por titular a mi último artículo: “Estos arquitectos son idiotas”, cuando el artículo reivindicaba una reivindicación a ultranza de la seriedad de la arquitectura, se reclamaba poner de una vez fin a la venenosa reverencia hacia personajes absurdos únicamente por el aura que esa crítica interesada les ha imbuido? ¿No será que solamente nos habremos quedado siempre, corrección política mediante, en el detalle de los títulos (como correspondería a esta generación de los 140 caracteres)? ¿Están de acuerdo estos neocríticos con la imagen que Jean Nouvel deja en ese documental? Siendo jóvenes, ¿están de acuerdo con la utilización que se hace de los becarios y del mal trato que se les dispensa? ¿Es esto digno de admiración? (Aclaro para los celadores de la corrección política que el ‘imbécil’ de este título me lo dedico a mí mismo.)

¿No es demasiado conformista la instauración de una cultura del buenismo pero cargada interiormente de resentimiento hacia el que discrepa, contra el que avisa (aun sabiendo que los neo-opinadores van a saltarle al cuello como groupies encendidas) que nadie es tan guapo ni tan fascinante como los medios lo pintan? Quizá no debería estar tan equivocado al escribir Idiocracia, que fue recibido por muchos de forma tan airada, cuando el jurado nombrado para la próxima edición de arquia/próxima está compuesto por arquitectos muy alejados del perfil ‘experimental’ que distinguió el que fue tema de mis artículos.

Como Joan M. Minguet Batllori señala en su prólogo al libro Contra la Cooltura : “Mis detractores dirán que cojeo de lo mismo que denuncio. Es posible.” Pero por favor: ruego argumentos. La crítica debe surgir de la disconformidad, de cierta rabia, y más aún en este momento. No es que todo esté mal, sino que es necesario que todos pongamos todo en cuestión. Hay que generar debates pero es imposible que estos surjan si en lugar de réplica abierta y directa se articulan discursos mecanizados, construidos a base de eslóganes ya demasiado usados, y que en última instancia tienen más una intención vengativa que de apertura de un enfrentamiento que acabe sirviendo con provecho a ambas partes.

A esos neo-críticos que, por lo que compruebo, suelen hacer sobre todo crítica por encargo, poniéndose al servicio de los poderes fácticos con la misión de reconstruir un sistema que ya hace mucho que huele podrido, les digo hoy que no se molesten más en mi persona. Que como señalaba antes, hay temas mucho más interesantes y necesarios en los que fijarse y sobre los que pensar con dedicación seria. Que no voy a entrar en discusiones en estos términos de eslogan, banalidad y sistemas clientelistas. Si esto es lo que se pretende plantear como territorio de confrontación, ya ni siquiera de potencial debate, a mí no me interesa.

 



[i] Leila Guerriero, «Todos juntos ahora» en Zona de obras, Círculo de Tiza, Madrid, 2014. (Págs. 88-91)

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