Malditos hombres blancos

Malditos hombres blancos

Publicado por el Jun 21, 2013

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Mediante un comunicado emitido el pasado 14 de junio y dirigido a Arielle Assouline-Lichten y Caroline James,  las dos alumnas de Harvard impulsoras de la plataforma que solicitaba a la entidad organizadora del premio Pritzker una rectificación que reconociese a Denise Scott Brown como laureada con este galardón que fue otorgado individualmente a su socio y esposo en 1991 y del que fue abiertamente excluida, Lord Peter Palumbo –presidente del jurado de dicho premio− declinaba aceptar tal proposición.

Palumbo aducía la ausencia de cualquier precedente en ese sentido a lo largo de la historia del Pritzker para justificar esta decisión; señalaba que Scott Brown seguía siendo una potencial candidata a ser distinguida en el futuro y concluía asegurando que tomaría en cuenta esta reclamación para hacer del Pritzker un garante de que las mujeres cuenten con un justo reconocimiento dentro de la arquitectura.

Se cerraba así esta rocambolesca historia de la petición de un desagravio para Scott Brown en la que se quería denunciar a la vez el claro componente misógino del premio Pritzker. La intención de este artículo no es discutir este aspecto (con el que concuerdo) sino examinar las reacciones que han derivado de esta reivindicación y la instrumentalización de una problemática real como es la desigualdad femenina en la arquitectura, porque constatan una serie de contradicciones que sería importante no dejar que se diluyan como frustradas manifestaciones de solidaridad y rebeldía.

En primer lugar, están las diferentes posturas de Scott Brown al respecto que hemos podido ir viendo en las últimas semanas. Su reclamación del premio ha sido constante a lo largo de los años, cual una Juana de Arco posmoderna: por un lado con una protesta justificada en su momento y negándose a asistir a la ceremonia de entrega del galardón a Venturi; y, por otro, aceptando tácitamente los beneficios conllevados por éste (no sólo la retribución material sino especialmente el incremento en la proyección del estudio de arquitectura dirigido por ambos, no pudiendo argüir inmadurez ni la necesidad imperiosa del premio para abrirse camino (Venturi contaba entonces con 65 años y ella con 59), y gozaban de prestigio entre los arquitectos y el mundo académico.

En las declaraciones más recientes ha podido transmitir la impresión también de ser una octogenaria enfurecida que, antes que relativizar con la sabiduría de la edad la trascendencia de cualquier premio, parecía necesitar sentir validada su trayectoria mediante este concreto galardón; sin vacilar en hacer confesiones desmerecedoras sobre la persona de su esposo y socio (no muy lejos de esas ciertas tertulianas desaforadas de la telebasura de las tardes, como queda patente en varias de las respuestas que ofreció en una valiosa entrevista que le realizó recientemente Anatxu Zabalbeascoa) y que, en un posturismo colérico, al tener conocimiento de la denegación del reconocimiento ha tildado a ese premio, al que hasta hace pocos días aspiraba con fervor como acto de justicia para con su persona, de «premio para ricos hombres blancos tristes» .

Cabe preguntarse entonces ante esas palabras de desprecio (aun teniendo en cuenta la porción de humana reacción de enfado) que si ése era su concepto del premio, ¿para qué entonces esa reivindicación para que le fuera entregado?  Más aún,  si su objetivo era realmente un reconocimiento de la importancia de la contribución femenina a la arquitectura, a la importancia del componente femenino en tantos equipos dirigidos por parejas (en lo profesional y lo afectivo), ¿por qué la dimensión estrictamente unipersonal en esa reivindicación feminista?

Es un tema complejo y delicado, que no hay que tratar apresuradamente, pero ejemplos como la recurrente referencia victimista a la misoginia de la profesión que hasta hace poco años Zaha Hadid enarbolaba precedida o seguida de la muletilla «la única mujer ganadora de un premio Pritzker»; o cómo ciertas profesionales en la élite se prestan al juego de frivolizarse a sí mismas y a las dificultades que plantea ser mujer en el ambiente de la arquitectura en sofisticados reportajes en revistas de moda, obligan a afirmar la necesidad de puntos de vista más realistas –y no de feminismos de salón− sobre la problemática de la desigualdad.

Dicho esto, seguramente lo más crucial del ScottBrowngate no han sido sus declaraciones (ni siquiera ésas desvelando intimidades), ni esa denuncia de misoginia que no apoya su defensa en un reconocimiento al valor teórico y arquitectónico de Scott Brown y que, en lugar de convertirse en una reivindicación para todas las mujeres en la profesión, ha devenido apoyo a una reivindicación individualista, sino las derivaciones de éste. Algunas con intenciones tan intricadas como las que parece haber tras el editorial de Kazys Varnelis reclamando la desaparición del Pritzker con esta sentencia rimbombante:

After three decades of affirming much that is wrong about our profession, the Pritzkzer has run its course. If, collectively, we decide that it is invalid and pay it no heed, it will die. And die it must. There should be no second chances for an institution as bankrupt as this one. 

Desde su atalaya en la Universidad de Columbia, Varnelis –otro adalid del pensamiento ligero− ha lanzado una taimada crítica al Pritzker sustentada en torno al «sexismo» que ha manifestado con su decisión ante este affair, esgrimiendo el caso de SANAA como ejemplo del doble rasero del nobel de la arquitectura. En ese caso, la figura protagonista reconocida era la fémina pero su socio masculino (de perfil más bajo) era también galardonado sin cuestionamientos. Aquí empiezan los problemas, puesto que Varnelis obvia el más reciente caso del Pritzker otorgado en 2012 a Wang Shu y del que quedó excluida Lu Wenyu, su esposa y socia: una réplica del caso Venturi-Scott Brown. ¿Tiene que ver este lapsus con una intención de no ofender al Gigante Chino, demasiado poderoso como para poner en duda su particular concepto de los valores democráticos y en este caso concreto la evidente misoginia de la cultura china? ¿Pasar por alto el que el reconocimiento a Wang Shu podía leerse como una interesada decisión por parte del Pritzker / Fundación Hyatt para abrir nuevos mercados a Occidente, a la vez que tratar de recuperar una credibilidad como galardón respetable irremediablemente perdida?

Aprovechando el culebrón Scott Brown, Varnelis extiende su denuncia del obvio sexismo (y que hasta ahora, aparentemente, no había sido visto como un grave inconveniente) a la crítica de que el Pritzker premia una concepción totalmente personalista de la arquitectura (otra evidencia flagrante que, al parecer, también ahora se ha convertido en un problema).

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copyright Klaus

 

No voy ahora a contradecirme y romper una lanza a favor de los Pritzker. Desde siempre he mantenido una postura totalmente negativa hacia este premio (no necesariamente hacia algunos de quienes han sido sus laureados), contra lo que encarna y cómo se alimenta de la cultura del genio individual y lo espectacular (de espectáculo) y cómo lo retroalimenta, y cuánto ha colaborado en la entronización y afianzamiento de una idea del arquitecto-estrella irreflexivo y pomposo. No obstante, hay que reconocer que la Fundación Hyatt no ha engañado a nadie que no haya querido ser engañado. En sus bases deja bien claro que se trata de un premio cuyo fin es «homenajear anualmente a un arquitecto vivo cuyo trabajo construido demuestre una combinación de talento, visión y compromiso, y que haya realizado contribuciones significativas para la humanidad y el entorno construido a través del arte de la arquitectura».

Es por ello que lo que de hecho pone de manifiesto esta crítica maniquea, de demagogia fácil –aún más fácil cuando procede de una élite que siempre ha alentado ese perfil del arquitecto genio que la realidad actual somete a cuestionamiento− es que ciertos grupos de poder e influencia actúan movidos por las circunstancias con un cierto retraso sobre aspectos que otras voces hemos venido señalando desde siempre, intentando acomodarse hoy de una manera pseudo-maquiavelica al sentido de los tiempos antes de que estos les pasen por encima y, además, les pongan en entredicho. (Como nota al margen, ¿qué sentido tiene que Rem Koolhaas, Jacques Herzog, Zaha Hadid…y tantos otros importantes nombres se adhieran a esta reivindicación? Que se haga pública su adhesión beneficia su imagen, pero una decisión en uno u otro sentido por parte del Pritzker  no les afecta en absoluto.)

Por eso, la erradicación del Pritzker que ahora propone Varnelis parece ocultar algún tipo de interés y de oportunismo tramposo, buscando el enésimo chivo expiatorio que evite reflexionar por qué las cosas han llegado a este punto, en el que indudablemente el Pritzker y su entorno ha colaborado, pero esta estrategia trata de señalarlos como culpables sin aceptar que otros elementos también han contribuido a esta entronización de la arquitectura personalista ahora mostrándose como alternativa. Varnelis denuncia la misoginia pero, ¿por qué pasar por alto que en su reivindicación iba implícito un reconocimiento que, de hacerse hoy, sería a efectos prácticos esencialmente a título individual, un galardón a un «Yo»? ¿Ha planteado Scott Brown en sus palabras de reivindicación argumentos apropiables al colectivo de mujeres? ¿Ha sido su reivindicación una lucha generosa, con aspiraciones a ir más allá de sí misma, o no se ha posicionado más bien como víctima de individualidad interesadamente visible de una problemática amplia?

Otro punto llamativo del populismo obsceno en el que incurre Varnelis en su texto llega a proponer que los 100.000 $ con los que la Fundación Hyatt dota al premio sean donados a estudiantes del Tercer Mundo: «100.000$ anuales son mucho dinero. Es hora de clausurar el Pritzker y dar a las personas que lo necesitan, no a un puñado de hombres blancos tristes. ¿Por qué no tomar la lista de países ordenados por su producto interior bruto y destinar ese dinero a los situados en lo más bajo de la lista? El dinero del Pritzker haría más por la profesión. Al menos no perpetuaría la misogínia.» Seamos realistas: 75.000€ no dan para tanto, más cuando esta limosna resulta comparativamente una minucia respecto a los presupuestos que maneja cualquier universidad elitista, como lo es la de Columbia.

Desde que saltó esta polémica, que más tarde ha ido convirtiéndose en un vodevil, han aparecido voces en todos los sentidos. Las más políticamente correctas se posicionaron tras la figura pseudo-mítica de Scott Brown pero también desde ciertos ámbitos se sugirió, objetiva o subjetivamente, que ni Venturi ni Scott Brown eran realmente merecedores de este premio en su momento, ni tantos otros que también lo fueron. Si bien esta segunda posición tiene ciertos componentes razonables, creo que estos chocan con la verdadera esencia del Pritzker: que se ha transformado en un festejo anual, hipermediatizado pero carente de credibilidad, donde intereses u otras causas se otorga la potestad de asumir el rol de elegido, de pope de la arquitectura, con un jurado variopinto y que a veces da la sensación de ser completamente aleatorio, cuyo veredicto se argumenta siempre en un mismo patrón del que solamente se varían las palabras con que se redacta su discurso anual, y parece ir llenando casillas de un tablero cuyo contenido ya ha sido decidido de antemano.

Varnelis sostiene que el premio Pritzker debe morir. Esto puede ser importante y trascendente para alguien que en algún momento legitimó su importancia, obviando que este galardón y su filosofia son los que siempre han sido: un pilar para el sistema oligárquico de la arquitectura dentro de la exaltación del sistema tardo-capitalista. Seguramente los que han cambiado son los que hoy se posicionan en su contra, intentando desmarcarse de un proyecto arquitectónico que hoy hace aguas por todos lados y en el que hoy no es grato ni beneficioso seguir a bordo.

El Pritzker no es más que la consagración de una arquitectura con vocación de transformarse en una farsa, en un espacio abierto a vanidades y egos, para el auge del personalismo . ¿No es eso mismo lo que persigue Denise Scott Brown pese a su discurso en relación a la necesidad de abolir egos? ¿No es ahora que, tras esa rabieta por la no concesión, se suma a pedir la condena a muerte de ese premio for well off, sad white men?

Queda la sospecha de si no se está usando el caso Scott Brown como una palanca de fuerza para desplazar al Pritzker con la intención de remplazarlo por otra argucia (no parece en absoluto casual que Architizer publique esta noticia haciendo un enlace a un video promocional de un premio organizado por esta publicación digital);  moviendo el poder de la arquitectura de un lado a otro, cambiando los modos, pero con la misma esencia: un modelo actualizado pero igual de perverso e improductivo. La arquitectura contemporánea debe construirse de otra manera, denunciar para dejar de lado los juegos basados en estas polémicas posturistas sería un primer paso.

La ilustración ha sido cedida por cortesía de Klaus

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