Hablan los arqueólogos que han hallado el pecio más antiguo en el Mar Negro

Hablan los arqueólogos que han hallado el pecio más antiguo en el Mar Negro

Publicado por el Oct 29, 2018

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Hablan los arqueólogos del proyecto Black Sea MAP, que ha permitido hallar en aguas de Bulgaria 65 pecios desde miles de años de antigüedad, junto a barcos de todas las épocas hasta el siglo XIX y rastros del cambio climático en el mayor proyecto subacuático hasta la fecha, liderado por John Adams de Southampton University. Están documentando los cambios del Mar Negro desde la última glaciación y también el efecto de la subida del nivel del mar en las primeras civilizaciones agrícolas de la zona. De paso han cambiado casi todo lo que sabíamos de la arquitectura naval griega y romana. Y por tanto, lo más importante de la arqueología referida a esos barcos.

Noche cerrada en el Mar Negro. Septiembre de 2017. Un enorme buque, el Stril Explorer, arría un vehículo de control remoto (ROV, por sus siglas en inglés) capaz de rastrear el fondo con múltiples sensores hasta dos kilómetros bajo la superficie. Es el último grito en tecnología aplicada al estudio del lecho marino que inspecciona habitualmente oleoductos y cables o rastrea recursos mineros. Unido al barco por un cable llamado «umbilical» avanza a una velocidad entre 6 y 8 nudos (millas por hora, cuando con otros aparatos no puede pasarse de 2 o 3 nudos) mientras el Stril Explorer le sigue por una línea previamente trazada que se coordina por un sistema de GPS dual.

Un pecio otomano / Foto Rodrigo Pacheco-Ruiz

Si pudiéramos verlos desde lejos, recordarían a una persona paseando a su perro en mitad de la noche. Pero ese paseo cuesta 100.000 dólares diarios. Se trata del equipo que saltó a las noticias la semana pasada por el hallazgo del pecio más antiguo detectado hasta ahora: un mercante griego de hace 2.500 años que, además, estaba intacto.

Rodrigo Pacheco-Ruiz

Este blog de ABC ha podido hablar con tres de los miembros del equipo de Black Sea MAP que dirige el arqueólogo británico John Adams, de la Universidad de Southampton. Ellos relatan de primera mano cómo fueron los trabajos que llevaron al hallazgo de 65 naves naufragadas.
100 megas por segundo

Rodrigo Pacheco-Ruiz es un arqueólogo mexicano que coordina el equipo para que las instrucciones de Adams se materialicen en hechos. Las operaciones duran un mes por campaña, en turnos de 24 horas, para sacar todo el jugo posible a la tecnología. Cuando el ROV planea sobre el fondo, las pantallas pronto comienzan a escupir datos que llegan al barco por un cable de fibra óptica de más de dos kilómetros de largo, el mismo que lo sujeta mientras avanza.

Pecio romano del siglo I d. C. a 2.200 metros bajo la superficie / Foto Rodrigo Pacheco-Ruiz

En varios laboratorios, los arqueólogos, paleoclimatólogos, geomorfólogos y especialistas de otras disciplinas -aparte de los pilotos del vehículo- tienen la vista puesta en todo lo que detecta el ROV, tanto con los sistemas acústicos como con los ópticos. El barco tiene una tripulación de 20 personas y puede llevar una dotación de 50 científicos.

Los datos llegan a razón de cien megabytes por segundo. De hecho con todos los recabados en septiembre de 2017 aún estarán trabajando un año más en Southampton, hasta bien entrado 2019. Porque la pequeña máquina submarina lleva sondas multihaz, sónar de barrido lateral, perfiladores de fondo que revelan lo que existe bajo el limo, magnetómetros y otras cinco o seis maravillas de la tecnología más puntera. Además de cámaras ópticas, claro. Todo en altísima definición.

El pecio más antiguo del mundo, intacto: un mercante griego del siglo V a. C. que está a 2.275 metros de profundidad / Foto Rodrigo Pacheco-Ruiz

El ROV se llama «Survey Interceptor» y parece una pequeña nave espacial, con pequeñas alas a los lados. Cuando fue hallado el mercante griego, planeaba sobre el limo a unos 2.250 metros de profundidad. De pronto, apareció algo que no esperaban. «La sonda multihaz y el sonar de este ROV son de tan alta definición que no solemos detenernos, basta con sobrevolar el pecio para obtener toda la información con gran detalle», relata Pachecho-Ruiz.

El barco del Vaso de las Sirenas del British Museum es idéntico al hallado. Detalles como el timón -además de varias muestras sometidas a pruebas de radiocarbono- han confirmado la datación del siglo V a.C.

«Pero los científicos cambiamos de planes en cuanto algo importante ocurre», añade. Aquella ocasión, en septiembre de 2017, no daban crédito. Un barco griego completo es algo que nadie había visto hasta ahora, y ahí estaba, a 2.275 metros bajo la superficie exactamente. «En ese caso hicimos una cala en la zona del timón y extrajimos una muestra para entender la estructura y datar y definir la especie de la madera, pero no es lo habitual». Luego se comparó con los dibujos del siglo V en las cerámicas griegas de figuras rojas, como el vaso de las Sirenas, en el British Museum, de la misma época, siglo V a. C.

Barco romano del siglo I d.C. a 2.200 metros / Foto Rodrigo Pacheco-Ruiz

En este trabajo del Mar Negro hay algo extraordinario a lo que ya se han acostumbrado: normalmente, los pecios solo conservan la quilla y parte de la carga desparramada por el fondo. Aquí están completos después de 2.000 o 2.500 años, y en mejor estado cuanto más antiguos son. Pacheco-Ruiz comenta que los metales se oxidan hasta desaparecer, así que los barcos de Edad Moderna que usaron clavos como unión están desmoronados porque la clavazón se ha oxidado o desintegrado, pero «los antiguos, que ensamblaban las tablas con lo que se llama el sistema de mortaja y lengüeta, están en perfectas condiciones estructurales». Y eso es inédito.

Otro pecio romano del siglo I d.C. / Foto Rodrigo Pacheco-Ruiz

«Nadie había visto barcos griegos y romanos completos, con el mástil aún apuntando a la superficie. De hecho, las primeras veces que el sónar devolvía la imagen de un mástil, lo que pensábamos era que sería un pesquero moderno, de metal, con antenas. Pero de metal no hemos hallado ni un bote», concluye. En el fondo la cuestión de hallar las cubiertas y los mástiles permite soñar con misiones en las que se pueda investigar cada barco, y tiene continuidad con los antecedentes de los castillos de proa que hemos encontrado, con los timones dobles, las cañas e incluso cordaje, porque todo está ahí, aún conservado, esperando una futura excavación. “Nos han permitido entender aspectos de la construcción naval que ningún pecio nos ha dado hasta ahora. Es lo más importante que hemos logrado”, dice el mexicano.

Julian Whitewright

El arqueólogo británico Julian Whitewright no estuvo en el Mar Negro en septiembre de 2017. Estaba en Londres, donde se levantaba a menudo en mitad de la noche por entonces para atender a su niña de un año. Y relata, entre divertido y asombrado a ABC: «Cuando se calmaba mi hija e iba a volver a la cama, veía el teléfono iluminado, y todos esos vídeos entrando, preguntándome por detalles de un pecio romano o griego recién sobrevolado por el ROV, era verdaderamente asombroso mirar las imágenes, no podía evitar desvelarme, para interpretarlas», relata a ABC. Para él es más interesante comprender que el conocimiento de los pecios antiguos cambiará mucho con tantas evidencias nuevas, “porque hasta ahora teníamos que adivinar cómo era la parte de arriba de los barcos o confiar en lo visto en las cerámicas y mosaicos. Ahora lo vemos directamente”.

Nieve de 2.500 años
Whitewright comenta que es difícil ver algunos detalles, porque durante esos 20 o 25 siglos ha estado cayendo sedimento sobre los pecios, «es como una suave nevada que ha dejado una capa de un centímetro más o menos cubriéndolo todo de limo». La definición del sónar ha permitido, sin embargo, ver algunos detalles, como flores otomanas en un barco de la época del imperio, así como la estructura superior.

Barco medieval, del siglo XIV, como los que debió usar Marco Polo, hallado a 1234 metros de profundidad / Foto Rodrigo Pacheco-Ruiz

«Uno de los barcos romanos tiene ánforas de vino que proceden del Egeo, sin duda. El griego debía hacer la ruta local entre las colonias helénicas de la época en esa zona que comerciaban con grano desde Crimea a Atenas. Pero, aunque lo más antiguo llama la atención del público, hay que decir que hay hallazgos medievales y posteriores asombrosos. Incluso una flota cosaca del siglo XVII. Tendremos una comprensión completa de la navegación en el Mar Negro, y eso incluye algunos pecios recientes de buques holandeses o británicos. Hay pecios del XIX, XVIII… ».

Lo cierto es que desde los años de George Bass, Patrice Pomey o tantos pioneros, cuando se daban los primeros pasos ciertos de la arqueología bajo el agua, se hicieron grandes avances. Whitewright considera que “aún estudiamos lo mismo, intentamos comprender la estructura, la carga y el uso de los barco, pero muchos métodos han cambiado gracias a la tecnología. En los últimos diez años, sobre todo, la capacidad de computación lo ha cambiado casi todo. La fotogrametría ha abierto una nueva manera de entender la arqueología. La tecnología nos permite hoy hacer cosas que en los tiempos de Bass o Pomey ni soñábamos. Podemos analizar y comprender todo de modo muy exacto, tomando medidas gracias a esas reconstrucciones digitales y probando que la tecnología ha cambiado la manera en la que documentamos los yacimientos, aunque las preguntas sigan siendo las mismas”.

Barco otomano / Foto Rodrigo Pacheco-Ruiz

Otro dato importante, el conocimiento acumulado. “También hemos estudiado cientos de pecios y el material permite mucho mejores hipótesis a los arqueólogos que al principio, asegura. Podemos entender toda la variación, desde los grandes mercantes a los pequeños pesqueros de la época. Para entender esa variedad deberíamos pensar las variaciones de coches y camiones y camionetas que tenemos hoy, hay cientos de modelos, y algo así ocurría entonces con los barcos”.

Johan Rönnby

El arqueólogo sueco Johan Rönnby, uno de los más brillantes del mundo, también está en el equipo. Cuenta a ABC que este proyecto le interesa especialmente por la similitud del fondo anóxico del Mar Negro con el Báltico, donde él ha realizado asombrosos hallazgos como el Mars, hundido en 1564. Rönnby sabe como pocos en el mundo lo que permite a un arqueólogo una caba de océano sin oxígeno, las maravillosas condiciones en las que se encuentran los buques que tuvieron la desgracia de naufragar y han quedado quietos, detenidos, casi nuevos, con toda la filigrana en la decoración de las maderas, con todos los elementos en perfecto estado de revista, como si el naufragio hubiera sucedido ayer.

En ambos fondos marinos la ausencia de oxígeno ha conservado la madera perfectamente. «Muchos pecios y buena conservación son parecidos. Lo más interesante es la gran cantidad de diferentes culturas alrededor de este mar interior y su evolución. Además, el Mar Negro es central en la cultura, el Báltico está en la periferia», añade. Sobre las aportaciones de este proyecto a lo que conocemos de la construcción naval antigua, muestra su entusiasmo: «Es una oportunidad única de estudiar la construcción naval de época clásica con detalles que nunca se habían visto antes». Esta frase la remacha Rodrigo Pacheco-Ruiz: “Hemos logrado la evidencia arqueológica de la estructura superior de barcos de la Antigüedad. Nosotros los arqueólogos somos muy críticos con las fuentes históricas y solemos decir que la iconografía no se acerca al original, creíamos que dibujaban solo lo que ellos creían que era una embarcación. Les hemos negado la intención científica de dibujar las cosas como son. Pero el Vaso de las Sirenas demuestra que estábamos equivocados. Que lo que vemos en piedra, madera y papel son cosas muy muy parecidas a la realidad”.

El Surveyor Interceptor, saliendo del agua

El Black Sea MAP también quiere documentar los cambios del entorno desde la última glaciación y desde los orígenes de la civilización. Rönnby afirma que se estudia «el desplazamiento costero para interpretar el impacto de los cambios climáticos en los humanos y las civilizaciones. Es, por supuesto, una gran pregunta, a la que aportaremos gran cantidad de datos empíricos. Mi opinión personal sobre este tema es que el ambiente es muy importante, pero hay que huir de explicaciones deterministas».

Sin noticias del Diluvio

En las huellas de una subida catastrófica del nivel del Mar Negro por el deshielo de la glaciación, William Ryan y Walter Pitman quisieron hallar una explicación de los relatos del Diluvio en varias culturas. «Había interés por demostrar esas teorías -dice Pacheco-Ruiz-, pero los procesos que hemos documentado son más complejos. Claro que entró agua al Mar Negro, pero hubo cambios innumerables en los últimos 25.000 años, no vemos huellas de uno único y catastrófico momento. En el Mar Negro solo está la salida del Bósforo, pero los grandes ríos de Europa desembocan allí: Danubio, Dniéper, Dniéster, Don… tuvieron mucha importancia en el volumen de agua fresca que llegó al Mar Negro. Sí hubo grandes cambios de costa. La pérdida de ese terreno implica dificultades para los pueblos que empezaban a moverse en el paisaje y su incipiente agricultura. Fueron cambios rápidos y perceptibles. La plataforma continental en el Mar Negro es muy plana y un metro en el nivel del mar afecta a muchos kilómetros de costa». La presencia de esos grandes ríos explica las capas de este mar interior. 150 metros de agua fresca y un fondo constante de agua en la que casi no existe oxígeno y que ha dejado los pecios en condiciones ideales para su conservación, sin microorganismos xilófagos.

John Adams decidió hacer un buceo 94 metros para tomar muestras de un pecio bizantino, una polea doble y trozos del cordaje de las jarcias, que también se conservaban

Volviendo al trabajo en los pecios, aparte de las pocas muestras tomadas en alguno, John Adams decidió programar un buceo a 94 metros para una toma de muestras de un pecio bizantino. De allí el robot no podía asegurar una recogida con la delicadeza precisa para recobrar objetos arqueológicos. Otros países han probado robots de última generación con controles hápticos para estos trabajos, pero aún no se ha extendido el uso. Después de la inmersión se recuperó una polea doble de madera, una de las ánforas que tenía en proa, cuyo contenido no se ha analizado, y parte del cordaje, que todavía existía, y es de lo más importante. En este proyecto han participado, además de los miembros del Centro de Arqueología Subacuática de Bulgaria, estudiantes de la Universidad de Connecticut y especialistas de otras naciones. Se han hecho también un par de documentales. 

Ejemplo para el galeón San José

A nadie se le escapa que en esta gran profundidad los proyectos arqueológicos ganan en complejidad y precisan de la última tecnología. Rodrigo Pacheco-Ruiz, mexicano de nacimiento, está sensibilizado con el destino de los galeones de origen hispánico amenazados por los cazatesoros y considera que, cuando el equipo de Black Sea MAP decida volver a estudiar alguno de los pecios del Mar Negro podremos ver la diferencia entre una intervención arqueológica y lo que se estaba preparando en Colombia. El arqueólogo afirma: “El San José está muy plano, es un sitio difícil, pero debe ser increíble. Lo más claro es que hay que hacer excavación arqueológica con calas, no es intervención para vaciarlo que era lo que se oía que iban a hacer, aunque dicen que ya no se hará, ¿verdad?”. Ojalá. 

A este respecto, Julian Whitewright añade que sin duda la tecnología es para todos, “si tienes dinero puedes hacer proyectos y así se puede ver también desde la perspectiva de los cazatesoros”. Pero el criterio está muy claro: “Como arqueólogo tengo que decir que eso está mal, no puedes utilizar patrimonio cultural para la venta, explotar el patrimonio para fines comerciales no es compatible con recobrar la información de esos restos para poder contar la historia del pasado. No hay excusa para la caza de tesoros”.

Ni excusa ni justificación a modo de ver de este especialista británico: “No puede justificarse esta actividad desde las bases de avaricia. Creo que está mal explotar el pasado y el patrimonio para comerciar. Estos buques de nuestro proyecto, por ejemplo, aunque están en aguas de Bulgaria no pertenecen siquiera al estado búlgaro sino a todos. El conocimiento que podamos extraer debe ser para la humanidad, para su desarrollo y comprensión del pasado, no para hacer caja”. Concluye con una apreciación al patrimonio de origen hispánico: “La caza de tesoros de galeones españoles es conocida en Inglaterra y no nos gusta”.

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