“Cazadores de piratas”: ¿los cazatesoros cuentan más de lo que deben?

“Cazadores de piratas”: ¿los cazatesoros cuentan más de lo que deben?

Publicado por el ago 29, 2016

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(NOTA LIMINAR DE LA REDACCIÓN)

Publicamos en Espejo de Navegantes un comentario de Yago Abilleira Crespo sobre “Cazadores de piratas”, el último libro de Robert Kurson publicado por Ariel en España. Y lo hacemos porque en sus páginas, además de una vibrante narración, queda reflejada buena parte de una realidad dañina con el patrimonio subacuático de origen hispánico: la de los cazatesoros. Son demasiados detalles los que rezuma el libro como para no imaginarse que está basado en hechos reales, como lo estuvo su anterior libro. Antes de publicar esta reseña Espejo de Navegantes se puso en contacto con el autor y le pidió que respondiera a unas sencillas preguntas, para poder explicar bien las referencias que hace en su libro.

Como se cuenta que John Mattera entró en el Archivo de Indias, se identificó como cazatesoros y aun así recibió un trato especial, le preguntamos si era una licencia narrativa o si Mattera cuenta que sucedió así en realidad. También le preguntamos quién pagó los trabajos de conservación de los objetos extraídos del ”Golden Fleece” y del “Sugar wreck”.

Pero la pregunta más importante que le hicimos llegar fue la siguiente: “No podemos entender cómo es posible que Chatterton respetara los cuerpos de los soldados alemanes en el caso del libro sobre el U-boat, pero no los de los marinos españoles en el galeón San Bartolomé, que naufragó con una enorme tripulación. Chatterton no quiere ni tocar al marino alemán para recuperar un reloj o una cigarrera que asegure la identidad del pecio, pero parece no tener problema en arrancar anillos, medallas y cadenas de los restos de españoles para venderlos al mejor postor. Es algo que nos hiere. ¿Por qué cree es así? ¿Cree que la Convención de Unesco 2001 es mala, buena…?

 Hay que decir que, desgraciadamente, Robert Kurson se apresuró a decir que no respondería nuestras preguntas…

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“CAZADORES DE PIRATAS” Y LA REALIDAD DEL PATRIMONIO SUMERGIDO ESPAÑOL

Por YAGO ABILLEIRA CRESPO

Cuando me enteré de que Robert Kurson había lanzado un nuevo libro ya quise comprarlo. Había tenido la suerte de poder hacerme con un ejemplar de su superventas “Tras la sombra de un submarino” y deseaba que el nuevo título estuviera a la altura. Su anterior obra narraba la aventura de unos buceadores de naufragios profundos que se encuentran un submarino alemán frente a la costa de EEUU, su complicada investigación para ponerle nombre al sumergible y de cómo encuentran la prueba definitiva. Pero, lo mejor de todo, es que era una historia totalmente real que Kurson contaba en forma de novela, pero sin inventarse nada. La primera edición se agotó rápidamente y aún no hubo una segunda, no entiendo por qué.

Dibujo de Chatterton del submarino que protagoniza la anerior novela del autor

Dibujo de Chatterton del submarino que protagoniza la anerior novela del autor

Cazadores de piratas” va un poco de lo mismo: Una historia real de buceo y barcos hundidos. En esta ocasión John Chatterton, sin Richie Kohler, pero con John Mattera se lanzan a la búsqueda del Golden Fleece, el barco del pirata Joseph Bannister, hundido tras épico combate contra la Royal Navy en la actual República Dominicana. El libro engancha, mete al lector en la búsqueda y está bien documentado. Kurson lo vuelve a lograr y, pese al gran éxito que obtuvo, demuestra que no se ha dormido en los laureles.

 Imagen 1 Portada libro

En mi opinión, uno de los mayores logros del autor, aunque seguramente sin pretenderlo, es mostrar la realidad de los cazatesoros, y el tratamiento que se le da al Patrimonio Español Sumergido. La realidad es tan abrumadora que, en alguna ocasión, tuve que dejar de leer y sosegarme antes de reemprender la lectura.

 Empezaré con el Patrimonio Español: Los cazatesoros sólo ven dólares en los pecios españoles. La historia que pueda tener tal o cual naufragio, también la tasan económicamente. Antes de buscar el barco pirata, los protagonistas iban tras el San Bartolomé, un galeón naufragado por un huracán en 1556 al Sur de la República Dominicana sin que nadie viviera para contarlo. Éste país, no signatario de la Convención UNESCO no tiene ningún problema en negociar con cazatesoros. De hecho, tras buscar el barco pirata, se lanzan a la búsqueda del San Miguel, hundido en 1551, que encuentran, pero que excava una empresa relacionada con Tracy Bodwen (a quien están asociados). Sorprende la actuación de John Chatterton pues, cuando encontró el submarino, no quería remover ni saquear los cadáveres alemanes que hay en su interior para encontrar la prueba que identificara al sumergible. Sin embargo, no tiene ningún problema en extraer la carga de un galeón español del que no hubo supervivientes. ¿Por qué ese cambio de actitud?, no lo sabemos, pero la idea es clara: los muertos españoles no merecen respeto. Es como si el (supuesto) tesoro anulase cualquier limitación moral. Tampoco se ve algún interés en entender cómo se construían los buques españoles o qué mercancías perecederas transportaban… solo importa cuánto vale, cuál sería el precio del tesoro y qué artículos podrán vender.

John Chatterton

John Chatterton

También se explica cómo funciona el mundillo de los cazatesoros. La conclusión que se saca a las primeras de cambio, es que no son gente de fiar. Traicionan a la gente que trabaja con ellos y no les reconocen ningún mérito a sus ayudantes. Los mismos protagonistas lo saborean en sus propias carnes, pese a las buenas palabras y promesas del comienzo. Igualmente usan técnicas mafiosas contra sus rivales, aunque sin llegar a los extremos de las películas. Pero tampoco son honrados con los gobiernos que les autorizan a actuar en sus aguas: Buscan donde les da la gana, incluso en tierra firme, extraen lo que quieren e informan de lo que les apetece. Incluso, como se indica al final del libro, se montan expediciones ilegales con sus amigos. Por último, aunque resulta obvio, desprecian a los arqueólogos y consideran que con las migajas que les ofrecen ya les están ayudando mucho. La arqueología va muy lenta para ellos así que sacan los objetos sin ningún registro. Y no hay ningún problema en usar la bañera de casa como laboratorio para restaurar monedas españolas de plata, en serio.

Queda claro que ningún naufragio está a salvo de ésta gente. De hecho, durante la narración, hablan de un barco hundido del Siglo XVII. Dicho pecio no tenía nada de interesante, pues afortunadamente no llevaba tesoro alguno. Sin embargo, descubren que tiene una historia interesante, por lo que extraen todo su cargamento de cerámica y demás… para venderlo al mejor postor.

Otro aspecto que me llamó la atención, relacionado con la poca sinceridad que tienen con los gobiernos, es el de las colecciones particulares de los veteranos cazatesoros. Así pues, nos hablan de que Robert Marx tiene la friolera de 13 viejos astrolabios de bronce, así como antigüedades orientales, carísimas esculturas extraídas de un naufragio portugués y diversos objetos fenicios. En cuanto a Tracy Bodwen nos habla también de astrolabios de bronce, valiosa porcelana de Delft del Siglo XVII y muchos objetos más. Eso sí, la cerámica sin valor económico la tienen amontonada en montones. Esto choca frontalmente con el repetido argumento de que ellos sólo quieren las piezas repetidas y sin valor histórico (léase monedas y lingotes) y que les darán a los gobiernos las piezas de gran valor histórico. Es mentira, se van a quedar con todo lo que puedan y más, cuanto más raro y escaso, mejor.

John Mattera

John Mattera

Y luego también está el tema de los archivos. Son una excelente herramienta para los cazatesoros, pues les indican dónde buscar y qué buscar. Se repasan casos ya conocidos como el del Atocha, donde el Archivo de Indias fue clave para su hallazgo. Uno de los protagonistas, John Mattera, viene a Sevilla, a buscar datos sobre el barco pirata y repasar datos de otros naufragios en la zona. Supongo que aquí Kurson se toma su única licencia literaria, pues dice que, tras identificarse como cazatesoros recibe un trato de favor y es llevado a una sala especial donde le dejan solo con varios legajos. Es sabido que en el Archivo de Indias sólo se pueden consultar los legajos de uno en uno, y todo ello en la Sala de Investigadores, dudar de la profesionalidad de los archiveros me parece muy fuerte, aunque en el libro quede bien. Sin embargo, la cuestión de fondo sigue abierta, ¿es preciso restringir el acceso a los archivos?… en cierta medida se está siendo cómplice en la destrucción del Patrimonio Español Sumergido.

Parece que aún falta mucho, muchísimo, por hacer.

En fin, lo dicho. “Cazadores de piratas” no dejará indiferente a nadie.

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