Minero por un día (sólo para intrépidos)

Minero por un día (sólo para intrépidos)

Publicado por el Jul20, 2017

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Nací en un pueblo minero de la montaña palentina, Barruelo de Santullán. Desde muy niño veía todos los días a los mineros caminando en fila india por el monte, en invierno con la nieve hasta la cintura, para llegar al pozo El Calero antes de que sonara el turullo de las siete. Entonces, los mineros se apiñaban en “la jaula”, una especie de ascensor de hierro que los introducía a plomo casi medio kilómetro en las entrañas de la tierra. Después, todavía tenían que andar un buen trecho por un laberinto de galerías antes de meterse al corte por un coladero y empezar a picar sin otra luz que una lámpara de carburo.

Esta foto retro muestra un grupo de mineros con los atuendos que usaban en los años 50./ Foto: Pozo Sotón

Viene esto a cuento de que acabo de recorrer una mina de carbón en Asturias. El Pozo Sotón se alza en un angosto valle en la margen derecha del Nalón. Es un complejo minero ajardinado y adecentado hasta casi parecer un Parque Temático, pero es la mina más profunda de España, con sus casi setecientos metros. Cerrada, como tantas otras, por la crisis del carbón, tiene algo que la asemeja al cementerio de Arlington: en la explanada central, sobre una alfombra de cuidado césped, se alinean casi quinientas lápidas en memoria de los caídos en sus entrañas. Quinientos muertos en acto de servicio. No pude por menos de pararme un momento y dedicarles un pensamiento de solidaridad y respeto. A ellos y a su familias, que suelen ser quienes más sufren la pérdida.

Vista panorámica del complejo Pozo Sotón, encastrado entre el río Nalón y una boscosa colina/ Foto Pozo Sotón

Casi quinientas lápidas recuerdan a otros tantos mineros fallecidos en los últimos años en el pozo Sotón/ Foto: F. López-Seivane

El pozo Sotón se encuentra en un entorno idílico/ Foto: F. López-Seivane

Entre las escenas más impactantes de mi infancia ocupan un lugar de honor los entierros. Cuando la mina se cobraba alguna víctima, lo que ocurría con harta frecuencia, el pueblo entero se volcaba en el sepelio. Los compañeros de asueto acudían a la iglesia endomingados, arropados en silencio por un pueblo sin fisuras. Era estremecedor ver a hombres tan fuertes y valientes llorando a lágrima viva, mientras llevaban a hombros, monte arriba, el ataúd con el cuerpo de su compañero.

Hay otra cosa en el Pozo Sotón que lo distingue de las demás minas. Aquí puede entrar cualquiera que tenga los arrestos suficientes para recrear el trabajo del guaje, del picador, del barrenista, del entibador…. En una jornada de cinco horas, y guiados por expertos mineros, los visitantes viven en primera persona la dureza de esos trabajos tan poco reconocidos y valorados por la sociedad en general.

Cualquier labor dentro de la mina es de una dureza extraordinaria/ Foto Pozo Sotón

Esta fantástica visita al Pozo Sotón me ha despertado muchos recuerdos y ha puesto en valor la calidad humana de esos héroes de las profundidades. Durante mi estancia en la mina subí gateando a un corte guiado por Pedro Sánchez, un antiguo vigilante. Esto se dice muy pronto, pero acceder a la capa implica gatear por un precario entramado de traviesas y tablones cubiertos de hollín con una inclinación próxima a los 45 grados. Una vez en la veta, con el carbón brillando en la negrura y en precario equilibrio sobre la madera entibada, rehusé picar con el martillo que se me ofrecía. Preferí hablar con Pedro como lo hacen los mineros: con pocas palabras y mucho corazón. Ambos provenimos de extractos culturales y sociales muy distintos, pero enseguida nos quedó claro a los dos que compartíamos los mismos valores. Pedro me contó que su padre falleció en un accidente en el Pozo María Luisa cuando le quedaban sólo tres meses para jubilarse. “El día más triste de la vida de mi madre no fue ese, sin embargo, sino cuando le dije, a los dieciséis años, que había decidido meterme en la mina. Lo hice, en parte, para ayudar a sacar adelante a mi familia, pero, sobre todo, inspirado por el recuerdo de mi padre que nunca me ha abandonado. Siempre he dedicado a su memoria todos mis logros y ascensos en la mina, aunque se que nunca podré compararme con él. Mis manos, comparadas con las suyas, parecen de pianista”. Mirándole a los ojos, le pregunté entonces qué pensaba del tal Villa, ese responsable sindical de la minería asturiana que, según ha trascendido, se repartía en un bar los dineros de las subvenciones con sus secuaces. Sin pestañear ni apartar la vista me dijo: “Nos ha hecho mucho daño y aunque presume de haber trabajado en la mina, nosotros, los mineros de Asturias, no le consideramos uno de los nuestros. Sencillamente, ha traicionado nuestros valores”. Eso, en boca de un minero, es muy fuerte, créanme.

Especialmente los picadores trabajan en unas condiciones extremas/ Foto Pozo Sotón

En mi larga vida no he encontrado gente mejor, ni mas solidaria, valiente y generosa que los mineros. Su trabajo es muy peligroso. Imagínense estar enterrados a setecientos metros bajo el suelo, en un entramado de gusaneras llenas de polvo negro. De vez en cuando, sin previo aviso, una chispa del martillo hace explotar una bolsa de grisú. Entonces, se desprenden cientos de toneladas de carbón, aplastando a todo el que se encuentre por allí. Pero, sorprendentemente, los mineros no huyen, sólo se alejan del peligro. Una vez a salvo, lo primero es el recuento y, si falta alguno, vuelven de inmediato a por él, como sabe muy bien Pedro, quien, en una ocasión, detectó una fuga de grisú y antes de poder gritar “¡gas!” ya estaba inconsciente en el suelo. Su compañero, que también se había percatado de la fuga, en lugar de huir para salvar su vida, le arrastró como pudo por el coladero hasta llevarlo a un sitio seguro. “De no haber sido por su coraje y compañerismo yo no estaría vivo hoy”. Los auténticos mineros son como los marines, no abandonan la mina jamás hasta recuperar a todos los compañeros, o sus cuerpos. Es bien sabido que el valor de los mineros no tiene parangón. Pero, para un minero,  por encima del valor están los valores, sus valores, un puñado de virtudes (cooperación, generosidad, sencillez, honestidad, compañerismo, solidaridad…) que, aprendidos en la mina, rigen su vida y su comportamiento y van a contramano de los valores predominantes en nuestra sociedad. En la mina, la gente competitiva, despiadada, egoísta, trepa, ventajista, etc… que puebla el tejido social no sobreviviría ni una semana. Por eso los mineros son tan especiales.

Una explosión de grisú siempre es una amenaza potencial en cualquier mina de carbón/ Foto: Pozo Sotón

Quizá se pregunten si sentí miedo en algún momento durante mi estancia en las entrañas de la tierra. Jamás he sentido miedo al lado de un minero y ustedes tampoco lo sentirán. Si quieren vivir una de las experiencias más extraordinarias de su vida, no dejen de llegarse al Pozo Sotón, en San Martín del Rey Aurelio, en plena cuenca del Nalón. Allí les facilitarán todo el equipo necesario, incluyendo lámpara, botas, guantes, buzo, casco, camiseta y calzoncillos. Y la guía de un minero experimentado. Casi nada. Vivirán una experiencia que les enriquecerá y que contarán algún día con orgullo a sus hijos y nietos. Atrévanse a ser mineros por un día y no se arrepentirán. Encontrarán los detalles aquí.

Aquí me tienen, tan tranquilo, disfrazado de minero y dispuesto a recorrer la mina

Pedro Sánchez, vigilante, y Sergio Martínez, ambos hijos de mineros que dejaron su vida en la mina, ante la jaula que nos llevaría a las entrañas de la tierra. Ambos fueron mis ángeles de la guarda/ Foto: F. López-Seivane

No faltan los avisos y advertencias eantes de iniciar el descenso/ Foto: F. López-Seivane

Cada día se forman grupos de visitantes, a quienes se invita a realizar las mismas faenas que los mineros. Pedro y Sergio les guían e instruyen/ Foto Pozo Sotón

Ahí los tienen explorando una chimenea como auténticos mineros…/ Foto Pozo Sotón

… o con el martillo en las manos como auténticos picadores/ Foto Pozo Sotón

Hombres y mujeres, hoy día todos son iguales en la mina/ Foto: Pozo Sotón

Para dimes y diretes: seivane@seivane.net 

Mis fotos han sido tomadas con una cámara Fujifilm serie X T-1o

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2017

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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