Un explorador español en el descubrimiento del Pacífico

Un explorador español en el descubrimiento del Pacífico

Publicado por el sep15, 2016

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En 1511, Menezes, un navegante portugués que se dirigía a las Molucas, fue empujado por una tormenta hasta unas islas que denominó Las Papúas, por el pelo rizado de sus habitantes, donde hubo de permanecer hasta que pasó el monzón, sin que figuren en parte alguna detalles de su estancia. Estas islas, que aparecen en mapas de la época bajo el nombre de Gilolo, se encuentran sobre la península de la Cabeza de Pájaro y parecen haber sido las primeras del gran archipiélago de Papúa en ser descubiertas por Occidente. Sin embargo, fue el español  Álvaro de Saavedra, primo de Hernán Cortés, quien primero exploró la gran isla de Papúa, en 1528, cuando, en un vano intento de regresar a Nueva España, recorrió su costa septentrional a lo largo de no menos de 250 leguas, llamándola, primero, Isla del Oro,  por las trazas de este metal que encontró en sus ríos, y Nueva Guinea, después, al comprobar que sus habitantes, negros y con el pelo rizado “como la lana de las ovejas”, eran muy semejantes a los que poblaban la Guinea africana.

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Costas de Nueva Guinea, seguramente idénticas a las que vio Saavedra por primera vez/ Foto: F. López-Seivane

En un segundo intento, en 1529, de regresar a México, Saavedra exploró de nuevo más de 500 leguas de la costa septentrional antes de tomar rumbo noreste, donde se encontró con una isla que denominó Los Pintados, a causa de las pinturas y tatuajes que cubrían la cara y el cuerpo de los indígenas que la habitaban (Saavedra había topado, sin saberlo, con un grupo de 18 islas, hoy parte del Archipiélago de las Bismark, a las que más tarde se bautizó como Islas del Almirantazgo. Hoy pertenecen a PNG y son también conocidas como Islas Manus. La más importante de ellas y, sin duda, en la que recaló el explorador español, es Manus, capital de la provincia insular del mismo nombre). Los pintados eran una tribu agresiva que recibió a la expedición española con una lluvia de piedras lanzadas con hondas desde sus pequeñas canoas y que invitó a Saavedra a levar anclas prestamente.

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Una de las innumerables islas que rodean Papúa Nueva Guinea y que los navegantes españoles descubrían con asombro/ F. López-Seivane

Siguiendo rumbo norte-noreste, Saavedra dio más adelante con un grupo de islas y atolones muy poco poblados, pero tan hermosos y acogedores que no dudó en llamarlos Los Buenos Jardines (Con toda seguridad, las Islas Marshall, que la Corona de España entregaría a Estados Unidos, tras perder la Guerra de Cuba, junto a las Filipinas y otras posesiones del Pacífico). Allí, los españoles fueron recibidos por una alegre procesión de nativos de cuerpo menudo y tatuado. Las mujeres, muy hermosas, tenían los cabellos largos y se cubrían con faldas de fibra vegetal. Cuando desembarcaron, los hombres de Saavedra, los primeros blancos en poner pie en aquella remota tierra de negros, fueron aclamados al son de canciones y tambores y agasajados con cocos, frutas y vegetales. Saavedra moriría poco después y lo que quedó de su expedición no llegaría a España hasta siete años más tarde, tras desistir de regresar a México e intentarlo por la ruta del cabo de Buena Esperanza. Ese mismo año,  1536, una nueva expedición enviada desde México por Hernán Cortés y comandada por Grijalva visitó numerosas islas en la costa norte de Nueva Guinea, particularmente la Isla de los Crespos, en la entrada de Geelvinck Bay, donde se produjo el motín que le costaría la vida al comandante.

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Las acutales indígenas de Papúa siguen vistiendo faldas vegetales como las que describieron los navegantes españoles/ Foto: F. López-Seivane

España llegó al Pacífico buscando disputar las florecientes especierías a Portugal y con la obsesión de encontrar la famosa e incógnita Terra Australis que nadie había visto jamás ni figuraba en mapa alguno pero de cuya existencia nadie parecía dudar en Castilla. Ya sin ánimo conquistador, tras el enorme esfuerzo y desgaste que había supuesto la empresa americana, las sucesivas expediciones españolas se limitaron a bautizar las numerosas islas que encontraban. Muchos de estos descubrimientos tuvieron lugar cuando las naves hispanas se aventuraban en busca de nuevos rumbos con vientos favorables que les permitiera el casi imposible retorno a Nueva España. Así pues, fueron los holandeses, ya en el siglo XIX, quienes primero se establecieron en la mitad occidental de Nueva Guinea, para comerciar con las especias. Posteriormente, ingleses y alemanes se repartirían la mitad oriental, quedándose los germanos con las tierras al norte de la cordillera central y las islas del Mar de Bismark, y los ingleses todo el territorio meridional  que se extiende desde la cordillera central hasta el Mar de Coral. Esta mitad oriental de la gran isla de Nueva Guinea y las islas periféricas de los mares de Bismark, Solomon y Coral, es lo que hoy constituye el territorio de PNG (Papua Nueva Guinea), país independiente desde 1975, mientras la mitad occidental de la isla, la antigua colonia holandesa, es ahora la provincia indonesia de Irian Jaya.

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Típica cabaña en las tierras altas de Papúa/ Foto: F. López-Seivane

Nueva Guinea es, tras Groenlandia, la mayor isla del planeta, un inmenso pedazo de tierra desprendido del continente australiano. A diferencia de Australia, plana en casi toda su extensión, en Nueva Guinea el choque de dos gigantescas placas tectónicas levantó una cordillera de montañas que recorre la isla longitudinalmente en toda su extensión como si fuera la aleta dorsal de un gigantesco dinosaurio volador, que es lo que parece cuando se mira en los mapas. La cabeza, la constituye una península apropiadamente denominada Cabeza de Pájaro, que parece querer comerse las Islas Molucas y se encuentra en el extremo noroccidental. Está bañada por el Mar de Seram y el Pacífico, mientras el vientre lo lamen las melosas, superficiales y cálidas aguas del Mar de Arafura que también se adentran en el continente australiano formando el golfo de Carpentaria. La cola es una larga península que se extiende entre el Mar de Coral, al sur, y el de Solomon, en el extremo nororiental. A la larguísima costa septentrional, que Saavedra recorriera por primera vez en 1528, la bañan las aguas del Pacífico y las del Mar de Bismark.

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Una elaborada escultura en madera de arte papúa./ Foto: F. López-Seivane

En sucesivas entregas te iré contando cómo es la vida hoy en esa desconocida, inmensa y poco explorada isla.

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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