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Sed de mal

Sed de mal
Oti Marchante el
Marlene Dietrich entra por sorpresa en la historia

Ahora que el fútbol liguero no tiene interés, se puede dedicar el domingo a algo más prosaico que el larguero deportivo, y a mí se me ocurre que el próximo lo dedicaré a ver y a hablar de “Sed de mal”, una película que hizo (y deshizo a) Orson Welles. Solo tiene sesenta años, pero todavía es difícil ver algo tan moderno, avanzado y sorprendente en una pantalla de cine. “Sed de mal” cierra el cine negro puro, aunque tal vez en realidad lo que hace es inaugurar el “neonoir”, pero sobre todo cierra las esperanzas de Orson Welles de instalarse en la “incomodidad” de un Estudio de Hollywood para hacer su obra, pues acabó tarifando, como era de prever, con los dueños del cotarro… Las curiosidades del rodaje, la impresionante inventiva visual, el surrealismo del relato y el neorrealismo de la atmósfera, el personaje increíble de Quinlan, el olor a frontera  en la zona angelina de Venice, los problemas de montar todo aquello, de desmontarlo y de volverlo a montar… Una de las películas más raras y hermosas de la historia del cine, y de las más sórdidas y amorales de toda la filmografía de Welles. Nos proponemos entrar en el mundo de Welles este domingo a las seis de la tarde, en el Espacio Cultural Martínez, de Gracia (Barcelona), aunque quizá no pasemos ni de la primera escena, ese larguísimo y retorcido plano (casi secuencia) que por muchas veces que se vea no agota el asombro de esa cámara que sigue sin respirar, sin un tranquilizador corte, una acción llena de gente, movimiento, intriga y tic-tac. Además de Welles y Heston, que se buscan como un perro un árbol, hay otras figuras supremas, como la de Dietrich jugando a devorar la cámara en plano corto y la de Janet Leigh anticipándose a su papel de víctima de un chalado en un motel de carretera.

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