Me preguntan que por qué no hablo de A dos metros bajo tierra (reposición desde el principio en La 2) y de El ala oeste (estreno de la quinta temporada, la ya no escrita por el gran Aaron Sorkin, también en La 2, con el terrorífico John Goodman). Me gusta el nuevo UHF (y me gusta que sigan poniendo la película mierdosa, y normalmente española, de la mañana). Supongo que no he hablado de esas series porque las doy por supuestas y por sabidas, porque he escrito tanto, quizá no en este blog, es cierto, que poco tengo ya que decir.
Desde los deslumbrantes estrenos de ambas a los cabreos cuando una desconexión territorial me privaba de El ala oeste para colarme una procesión (el cabreo no era tanto por no ver la serie sino porque se estaba emitiendo en otros sitios). Siempre he alabado ambas. Aunque es cierto que ADMBT me gustó mucho al principio y menos conforme fueron avanzando las temporadas. También que me parece que los personajes femeninos se comen a los masculinos. Ruth (Frances Conroy, el gran descubrimiento de la serie), Claire (Lauren Ambrose), Brenda (Rachel Griffiths), Margaret Chenowith, madre de Brenda (Joanna Cassidy), incluso Sarah, hermana de Ruth (Patricia Clarkson), todas dominan la representación. Los chicos me parecen poca cosa a su lado. ADMBT es una de las grandes series de comienzos de siglo XXI. Es evidente que chupaba de la tristeza de American Beauty (chupaba Alan Ball, el director y creador de ambas) pero también picaba de Los Munster (tenían un negocio funerario, aunque no dieran ni clavo) y de las familias desestructuradas de Matrimonio con hijos e Infelices para siempre. Luego llegaría Weeds, heredera de ADMBT (gente rara, una viuda, una forma de ganarse la vida peculiar).
En cuanto a El ala oeste, es para mí la gran serie, por encima de Los Soprano. Asunto que por supuesto acepta discusiones, aunque no seré yo la que discuta. No discuto sobre religión, sobre política, sobre mujeres, sobre El ala oeste o sobre los bidés. Me pasa con El ala oeste como a Desmond de Perdidos (Henry Ian Cusick), el hombre que vivía dentro del refugio, con Dickens. Me ocurre con la séptima temporada, la última, como a Desmond con Nuestro común amigo. La guardo. Una idea que los productores copiaron de John Irving, que “lo estaba guardando para el final”. Desmond llevaba el libro encima porque quería que fuese lo último que leyera antes de morir (yo no voy a encontrar una carta dentro porque ni siquiera le he quitado el celofán al DVD). Me gusta tanto El ala oeste que no quiero que se me acabe. Pero algún día no me voy a resistir. Incluso aunque no esté a punto de morir (bueno, nunca se sabe). Anda, a ver si me muero sin verla.
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