Por Josep-Maria Arauzo-Carod, IU-RESCAT & ECO-SOS, Universitat Rovira i Virgili – @IND_LOC @ind-loc.bsky.social
Las comunidades energéticas se han convertido en una de las apuestas más prometedoras de la transición energética en Europa. Su lógica es sencilla pero transformadora: producir, gestionar y consumir energía a escala local, con participación directa de la ciudadanía. Sin embargo, su desarrollo no está siendo homogéneo en el territorio, ni responde únicamente a factores tecnológicos o regulatorios. La dimensión espacial resulta clave en los procesos de aceptación por parte de la ciudadanía.
Un análisis reciente basado en datos de Cataluña (ver aquí el artículo “An unrealized desire: what slows the implementation of energy communities in Catalonia?” publicado en Utilities Policy) permite profundizar en esta cuestión, mostrando cómo la aceptación y la participación en las comunidades energéticas dependen, en gran medida, del contexto territorial en el que éstas se insertan.
Más que una cuestión urbana-rural
Uno de los debates habituales en la literatura es si las comunidades energéticas tienen más potencial en áreas rurales o urbanas. A priori, podría pensarse que el medio rural, con mayor disponibilidad de suelo y mayor proximidad social, ofrece mejores condiciones. Sin embargo, los resultados muestran una realidad más matizada. Cuando se analizan conjuntamente diferentes factores, la distinción urbano-rural pierde peso explicativo. Es decir, no es tanto el tipo de territorio lo que determina la participación, sino otros elementos vinculados a la experiencia local y al contexto institucional.
Municipios incluidos en la encuesta

Nota: los municipios se diferencian en función de si son urbanos o rurales y de si tienen o no comunidades energéticas.
Fuente: Elaboración propia.
La proximidad importa: el efecto “vecindario energético”
El factor territorial más relevante no es si el municipio es rural o urbano, sino si existe ya una comunidad energética en el entorno. La presencia de una comunidad energética en el municipio aumenta la predisposición a participar, especialmente en el futuro. Este resultado apunta a la existencia de un efecto de proximidad o “vecindario energético”: ver funcionar una comunidad energética cercana genera confianza, reduce incertidumbres y facilita el aprendizaje social. En términos de ciencia regional, estamos ante un claro ejemplo de difusión territorial de innovaciones, donde la proximidad geográfica favorece la adopción. Sin embargo, este efecto no es inmediato. La proximidad influye más en la intención futura que en la decisión presente, lo que sugiere que los procesos de aprendizaje y confianza requieren tiempo.
Territorio y desigualdades en la transición energética
Otro aspecto clave es la relación entre territorio y desigualdades en el sistema energético. La literatura ha señalado que, con frecuencia, las áreas rurales asumen los costes de la producción energética mientras que las áreas urbanas concentran el consumo. Las comunidades energéticas tienen el potencial de corregir parcialmente este desequilibrio, al permitir que los territorios participen activamente en la producción y gestión de la energía. No obstante, para que este potencial se materialice, es necesario que exista aceptación social y capacidad organizativa a escala local. Los resultados muestran que esta aceptación no es automática y depende de factores como la información, la experiencia previa y la percepción de beneficios.
Capital social y dinámicas locales
Aunque el artículo no mide directamente el capital social, los resultados son coherentes con la idea de que las dinámicas locales importan. La mayor predisposición observada en municipios con comunidades energéticas sugiere que las redes sociales, la interacción entre actores y la confianza comunitaria juegan un papel relevante. Desde la perspectiva regional, esto refuerza la idea de que la transición energética no puede diseñarse únicamente desde arriba (top-down), sino que requiere procesos de construcción local (bottom-up), donde los actores territoriales tienen un papel central.
El papel del conocimiento: entre lo local y lo institucional
El conocimiento también presenta una dimensión territorial interesante. Por un lado, la información práctica derivada de la proximidad a una comunidad energética parece clave para la aceptación. Por otro, el conocimiento de la regulación climática influye solo en la predisposición futura. Esto sugiere una dualidad: el conocimiento local (experiencial) impulsa decisiones más inmediatas, mientras que el conocimiento institucional (normativo) actúa a medio plazo. Integrar ambas dimensiones es fundamental para acelerar la transición.
Una advertencia desde el territorio: la experiencia de los participantes
Uno de los resultados más preocupantes es que las personas que ya participan en comunidades energéticas muestran menor predisposición a seguir haciéndolo en el futuro. Este patrón puede interpretarse como un problema de funcionamiento a escala local. Desde una perspectiva territorial, esto es especialmente relevante: si las experiencias locales no son satisfactorias, el efecto de difusión puede invertirse, generando desconfianza en lugar de imitación.
Implicaciones para la política regional
Los resultados sugieren que las políticas públicas deben incorporar explícitamente la dimensión territorial:
- Fomentar proyectos piloto locales, especialmente en territorios donde aún no existen comunidades energéticas.
- Aprovechar efectos de proximidad, promoviendo redes de intercambio entre municipios.
- Adaptar las políticas a los contextos locales, evitando enfoques uniformes.
- Reforzar la gobernanza local, mejorando el funcionamiento de las comunidades existentes.
- Reducir desigualdades territoriales, asegurando que los beneficios de la transición se distribuyan de forma equilibrada.
Conclusión: la transición energética es, también, una transición territorial
Las comunidades energéticas no son solo una innovación tecnológica o institucional; son, sobre todo, una innovación territorial. Su éxito depende de cómo se integran en los contextos locales, de las dinámicas sociales que generan y de su capacidad para construir confianza en el territorio. En este sentido, entender la geografía de la aceptación —quién participa, dónde y por qué— es esencial para diseñar políticas eficaces. Porque, en última instancia, la transición energética no ocurrirá en abstracto, sino en lugares concretos.
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