

Escribo desde la plaza de Cibeles, mientras cientos de miles de jóvenes han estado esperado durante horas la llegada del Papa, en medio de una gran algarabía. Corean: “Esta es la juventud del Papa” y cantan y escuchan canciones, pero no los típicos cantos religiosos de iglesia. Son canciones con mucha marcha y, a veces con mucho contenido. Son canciones para jóvenes, para jóvenes de todo el mundo, que sin duda tendrán problemas laborales o personales, como cualquier joven, pero que hoy dan la bienvenida a Benedicto XVI, un Papa de 85 años, que les anima a escuchar la palabra de Cristo y a tener pautas de conducta que les asemejen a El.
El Papa no habla a unas pocas monjas y a unos curas. No. Les habla también a ellos, pero sobre todo, habla a un montón de jóvenes laicos, a gente normal, que vive y estudia o trabaja como cualquiera, que se viste como los demás jóvenes, con tatuajes o con crestas, o sin ellos. Y subrayo esto porque me rebelo contra el hecho de que en los medios de comunicación se hable de manifestación laica cuando se refieren a quienes el otro día, en Madrid, insultaron y acosaron a participantes en la Jornada Mundial de la Juventud. No, aquí laícos somos todos. No sólo ellos. Aquí todos tenemos derecho a expresar nuestras ideas en la calle. Así que, por favor, dejen de utilizar ese término sólo para quienes parecen tener como seña de identidad su odio a la Iglesia.
Algunos, en lo que piensan que es un alarde de tolerancia, conceden que la Iglesia y los católicos hablen de Dios en los templos. Faltaría más. Pero la cuestión es que nadie tiene que dar permiso a los católicos para hablar en la calle, en el Parlamento, en los medios de comunicación… Así lo demuestran estas Jornadas Mundiales de la Juventud. Y posiblemente si todos escucháramos al Papa, si los planteamientos cristianos volvieran a informar las sociedades, nos ahorraríamos muchos disgustos.
Benedicto XVI