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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Pemán

Emilio de Miguel Calabiael

Me acuerdo de la foto de un señor arrugadito, al que el rey Juan Carlos imponía el Toisón de oro. Ese señor era José María Pemán, que había tenido el acierto de no morirse para que la Transición le pudiera homenajear de alguna manera, igual que le homenajeó el franquismo. El acto fue emotivo. Tal vez demasiado emotivo para aquel hombre arrugadito, que murió dos meses después.

Durante la Guerra Civil y el primer franquismo, fue lo más parecido a un poeta oficial del régimen que pudo haber. En su ejecutoria estaba haberle puesto letra al himno nacional. Su intento fue el mejor y más exitoso de los que ha habido y desde luego supera de lejos a la intentona fallida de Marta Sánchez. La estrofa que más me gusta dice: “Gloria a la Patria/ que supo seguir,/ sobre el azul del mar/ el caminar del sol.” No sé, pero eso me gusta mucho más que: “Crece mi amor cada vez que me voy,/ pero no olvides que sin ti no sé vivir./ Rojo, amarillo, colores que brillan en mi corazón/ y no pido perdón.”

Otro de los poemas que le granjeó las gracias del régimen fue el “Poema de la Bestia y el Ángel”, un poema barroco que era un canto a la Historia de España y a la ideología del franquismo. Es un poema que hoy resulta ilegible. Botón de muestra: “Cuando hay que descubrir un Nuevo Mundo/ o hay que domar al moro,/ o hay que medir el cinturón de oro/ del Ecuador, o alzar sobre el profundo/ espanto del error negro que pesa / sobre la Cristiandad…”

La obra que le dio más nombre y que fue regularmente representada en España en los 50 y los 60 fue “El Divino impaciente”. La obra la escribió en 1933, en respuesta a la disolución de la Compañía de Jesús por la República. La obra es la biografía de San Francisco Javier. En el inicio de la obra le vemos como un joven petulante e impaciente por lograr el éxito mundano. A raíz del encuentro con San Ignacio de Loyola,- tal vez la parte más significativa de la obra-, San Francisco Javier se convierte y su impaciencia humana se convierte en una impaciencia por servir a Dios, por salvar almas.

La obra está escrita en verso, una manera de escribir que ya estaba anticuada en 1933. De hecho tiene más que ver con el teatro del Siglo de Oro que con Antonio Buero Vallejo o Alfonso Sastre, que son algo posteriores. No obstante, el verso de Pemán es ligero y aún hoy se lee con facilidad.

Transcribo unos versos de la despedida entre San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier, que es uno de los momentos culmen de la obra:

JAVIER
(Arrodillándose ante el P. Ignacio)


Sólo quiero

que me déis, por despedida,


la bendición y el consejo.

P. IGNACIO
Yo te bendigo, Javier:
que Dios bendiga tus hechos.
(Pausa. Alza los ojos un instante al cielo)
A grandes empresas vas
y no hay peligro más cierto
que este de que, arrebatado
por el afán del suceso,
se te derrame por fuera
lo que debes guardar dentro.
La vida interior importa
más que los actos externos;
no hay obra que valga nada
si no es del amor reflejo.
La rosa quiere cogollo
donde se agarren sus pétalos.
Pídele a Dios cada día
oprobios y menosprecios,
que a la gloria, aun siendo gloria
por Cristo, le tengo miedo.
No te acuestes una noche
sin tener algún momento
meditación de la muerte
y el juicio, que a lo que entiendo,
dormir sobre la esperanza
de estos hondos pensamientos
importa más que tener
por almohada, piedra o leño.
Cada mañana tendrás
con la Señora, algún tierno
coloquio, donde le digas
esos dolores secretos
que a la Madre se le dicen
de modo más desenvuelto
que no al Padre, que por ser
el Padre, da más respeto.

Si Pemán, que en su día tuvo un notable éxito, hoy está casi olvidado, ¿qué será de nosotros, que

solamente somos regulares y nos conformamos con mil seguidores?

 

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