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Blogs Bukubuku por Emilio de Miguel Calabia

Cartas desde Cantón (11) La ansiedad del hegemón

Emilio de Miguel Calabiael

(El Conde-Duque de Olivares, cuando los que mandábamos en el mundo éramos nosotros)

Graham Allison escribió un libro muy comentado sobre cómo el relevo entre hegemones en 12 de 16 casos históricos ha acabado en guerra. Allison basó sus ideas en la denominada “trampa de Tucídides” que alude al miedo que sintió Esparta ante el ascenso de Atenas y cómo ese miedo acabó llevando a ambos contendientes a la guerra del Peloponeso. Allison alude a la trampa de Tucídides para analizar qué derroteros podría tomar la rivalidad entre China y EEUU. En sus análisis Allison se deja fuera el elemento más obvio de esta rivalidad: jode dejar de ser hegemón.

Nosotros fuimos hegemones durante 150 años. En esos tiempos fuimos unos cabrones con pintas, que es lo que tiene que ser un hegemón si quiere que sus vasallos y sus potenciales rivales les respeten. Aprovechamos nuestra posición todo lo que pudimos, aunque el hueso de Flandes se nos atragantó y se nos empezó a poner cara de vieja gloria. El inglés tiene un término que me encanta “has been”. Pues bien a la altura del reinado de Felipe IV empezábamos a tener cara de “has been”.

Fueron los tiempos del Conde-Duque de Olivares, que quiso devolver la grandeza a España a base de por mis huevos. “En cuanto llegue la Flota de Indias, contrato cinco mil picas, las coloco en Flandes y se van a enterar estos herejes de lo que es bueno.” Dicho de otra manera, si hago lo que se hacía en los tiempos de Felipe II y lo hago a lo grande, tengo que salir triunfante. También hubo por esos años los denominados “arbitristas” que venían con recetas más sutiles para conseguir lo mismo que buscaba el Conde-Duque. Algunos eran unos iluminados, pero otros eran pensadores serios que proponían fórmulas que hubieran podido aliviar la situación. Iluminados y serios no tuvieron en cuenta de que ya no quedaban recursos para revertir la situación y, aunque los hubiera habido, la Monarquía hispánica tenía pocas ganas de innovar.

La segunda parte del libro de Shambaugh, de la que os vengo hablando, tiene aires de “vamos mal encaminados y nos hemos equivocado con China.”

A la altura de 2015 EEUU se dio cuenta de que China no se iba a liberalizar y, peor aún, de que se había convertido en un rival geopolítico formidable. Un autor, cuyo nombre no recuerdo, dijo que China era el mayor desafío geopolítico al que jamás se hubiera enfrentado EEUU. Estoy de acuerdo. La Alemania nazi fue una caterva de fanáticos que creyó que podían enfrentarse simultáneamente a dos potencias continentales, como eran EEUU y la URSS y a un imperio que todavía gobernaba medio mundo. Muchos huevos y muy poco cerebro. La URSS estaba dirigida por una burocracia gerontocrática y obtusa que no sabía cómo gestionar la economía, ni quería aprender.

Shambaugh cuenta las cinco corrientes que surgieron en la comunidad de sinólogos sobre cómo había que lidiar con China. Primero está la escuela del rival sigiloso, que afirma que el Partido Comunista Chino y el gobierno de la República Popular tienen una estrategia coherente, multifacética y conspiratoria a largo plazo para levantar el poder de China, engañar a la opinión pública norteamericana y maniobrar en la escena global para minar la posición global de EEUU. Representantes principales: Michael Pillsbury, Bill Gertz, Robert Spalding y Ian Easton.

La Escuela de la Competición Omnicomprensiva, a la que pertenece el propio Shambaugh, dice que la competición entre EEUU y China es omnicomprensiva y permea la mayor parte de la relación bilateral. Tal vez sea la escuela que tenga más seguidores y la que inspira a más centros de pensamiento. Esta escuela también influyó sobre la Estrategia Indo-pacífica que lanzó EEUU en febrero de 2022, que no ocultó que uno de sus principales objetivos era contener a China.

La Escuela de la Empatía Estratégica, que suena a terapia psicológica, afirma que EEUU debe tratar de ponerse en los zapatos de China y entender lo que la mueve y cuáles son las limitaciones bajo las que opera. El nombre de la escuela suena muy chulo y rompedor, hasta que uno cae en que propone lo que debe hacerse en cualquier caso de rivalidad acentuada: conocer al adversario. Algunos de los que han intentado leerles la mente a los chinos (consejo: si te crees que vas a poder leerle la mente a una civilización con dos mil años de historia, vas dado. Mejor ponte a estudiar la realidad andorrana) son Lucian Pye, John W. Lewis y Adam Ulam.

La Escuela de la Vuelta a la Implicación podría denominarse también la escuela de tira piedras contra tu propio tejado. Suelen ser profesores que se han pasado sus carreras practicando la implicación y a los que les cuesta superar la adicción a la misma. Debería crearse una asociación del tipo de alcohólicos anónimos para que los expertos en geopolítica que se han equivocado y no lo quieren reconocer, puedan asumir sus errores. “Hola, me llamo Stephen Orlins y llevo décadas afirmando que China se convertirá en una democracia. Tengo problemas para asumir la realidad.” Una de las líneas de argumentación más patéticas de alguno de los miembros de esta escuela es que la implicación nunca buscó que China se convirtiera en una democracia. Sólo se trataba de que China se abriera y eso ya se ha conseguido.

Finalmente está la Escuela de la gestión de la competición, que reconoce que la competición estratégica y sistémica es la característica definitoria de las relaciones chino-norteamericanas y le preocupan los riesgos que esto comporta. Esta Escuela cree que ambas partes deben trabajar conjuntamente para crear quitamiedos que eviten que las relaciones descarriles y se vayan ladera abajo. Su principal proponente ha sido Jake Sullivan, consejero de Seguridad Nacional en la Administración Biden.

Shambaugh termina el libro proponiendo ocho recetas que debería aplicar EEUU para hacer frente a China. Son parecidas a las que proponían nuestros arbitristas del siglo XVII. No os aburriré resumiéndolas. Lo que me interesa es el diagnóstico que hace Shambaugh sobre el estado de Estados Unidos. El mismo capítulo se titula “El declive relativo del poder americano y la difusión del poder global”, esto es, la multipolaridad. Shambaugh identifica algunos de los problemas más acuciantes del poder norteamericano: la necesidad de reforzar la educación a todos los niveles; la necesidad de invertir en ciencia y tecnología y priorizar la innovación; la necesidad de reconstruir las infraestructuras; la necesidad de reducir radicalmente la deuda nacional; la necesidad de formar a la mano de obra para que se adapte al mundo post-industrial; la necesidad de reparar un sistema de inmigracion que está roto; la disfuncionalidad del sistema político norteamericano; la necesidad de estrechar la brecha de ingresos… Quiero terminar con una nota de optimismo, que Shambaugh no se preocupe, que Trump ya está trabajando para resolver estos problemas.

 

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