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Blogs Barrio de las letras por Pedro Víllora

Recuerdo de Fernando Esteso y “Los bingueros”

Pedro Víllorael

Masacrada en su día por la crítica, pero convertida en una de las películas más taquilleras del cine español, vale la pena acercarse a «Los bingueros» (1979), de Mariano Ozores, aunque solo sea en recuerdo del gran Fernando Esteso.

Contra la crisis, el bingo. Amadeo Saboya (Andrés Pajares) y Fermín Cejuela (Fernando Esteso) no son amigos, ni siquiera se conocían antes de coincidir en la cola para entrar en el Bingo Victoria, pero ambos tienen un objetivo común: conseguir que la fortuna de los juegos de azar les ayude a salir de la crisis económica y personal en la que ambos se encuentran.

Amadeo es un padre de familia, casado con Amparo (Norma Duval), con dos hijos y suegra. La película se inicia en la cocina de su casa, mientras los niños hacen trabajos escolares y Amadeo reclama a su suegra que salga del baño:
AMPARO: Amadeito, acábate el desayuno que estará para salir papá.
HIJO: Es que me faltan unos datos del imperio carolingio.
AMPARO: Pregúntaselo a papá cuando venga.
HIJA: ¿Del imperio carolingio a papá?
AMPARO: Los papás lo saben todo.
HIJA: Eso era antiguamente. Ahora los papás no saben de qué va el rollo.

En cierto modo, una de las claves de la película está aquí: el rollo ha cambiado, la modernidad irrumpe y pilla desprevenida a una generación a la que le cuesta adaptarse. Los nacidos en los años 40 han sido criados en un planteamiento patriarcal, de respeto, temor y obediencia a una autoridad que lo ha podido casi todo, pero sus hijos forman parte de un mundo que prefiere ensalzar la autonomía del individuo.

La incomodidad de los padres queda manifiesta en la resolución de esta escena inicial. Dado que la suegra no sale, Amadeo aprovecha para lavarse los dientes en la cocina. Su hijo comienza una disertación acerca del imperio carolingio y las luchas contra Roma que incomoda a Amadeo y Amparo. «¿En qué año subió al trono Clodoveo?», pregunta Amadeíto, y su padre, en vez de reconocer su ignorancia y buscar el dato en una enciclopedia, improvisa una mentira absurda: «Fue cuando aquello de… cuando Machín cantaba aquello de “Angelitos negros”. ¿Te acuerdas –le dice a Amparo-, que lo bailábamos tú y yo?». Y su esposa asiente.

Se diría que el hijo desiste: «Bueno, no importa». Y Amadeo se alegra de ello: «Mejor». Pero para Amadeíto sólo ha sido el cierre de un paréntesis, porque continúa: «Estas tribus eran de los francos, ¿y los francos eran alemanes?» Es el momento para que Amadeo pronuncie lo que se supone que el espectador debe entender como un chiste: «Pero ¿por qué meterán a los niños en política? ¡Los francos eran de Galicia, niño! ¡De El Ferrol!. Y a ver si en tu colegio te enseñan la lista de los reyes godos, que es lo decente.»

Este es el ambiente de mediocridad intelectual que caracteriza a Amadeo en su vida personal, y que casa a la perfección con su mundo profesional, pues pronto lo veremos como grisáceo oficinista en una sucursal bancaria dirigida por don Obdulio (Rafael Alonso). Su sueldo es escaso, su incapacidad para disponer de comodidades burguesas también, y al saber que un compañero de trabajo y un socio juegan al bingo, se le ocurre que ahí puede encontrar la salida para sus problemas. No obstante, el ejemplo del compañero debería haberle puesto sobre aviso, puesto que es alguien tan obsesionado que vende un grifo usado para conseguir dinero con que comprar cartones.

A Fermín lo vemos por primera vez en la cola de la Oficina de Empleo. Un hombre a su espalda le empuja sin querer y le pide perdón: «Es que estoy nervioso porque es la primera vez que vengo». «Yo ya tengo experiencia –presume Fermín-. Tres años llevo en esto del paro». «¡Tres años! ¡Hombre, no me desanime!». Fermín se explica: «Bueno, es que lo mío tiene tomate. ¿Cuál es su profesión?» «Contable». «Eso es fácil. Yo es que soy sexador», dice Fermín. «¿Sexador? ¿Algo erótico?», pregunta el contable. «No, yo soy de esos que miran al trasluz un huevo de gallina y dicen si del huevo va a salir un pollito o si sólo sirve para tortilla. ¿Lo entiende?»

La cola dura tanto que se oye una voz: «¡A ver si nos damos prisa, que vamos a llegar tarde al trabajo!». Cuando a Fermín le llega su turno, se saluda con el empleado de la oficina como viejos conocidos y, como parece ser lo habitual, no hay nada para él. Las opciones pasan por aceptar ser enterrador o embalador en una fábrica de pelotas de tenis, lo que le sirve a Fermín para precisar que lo suyo no son las pelotas, sino los huevos.

Fermín va a una piscina a recoger a su novia Amparo (Isabel Luque), lo que sirve para que se sorprenda del “despelote” que hay allí. «Es normal, vienen pocos hombres», justifica ella. Amparo, que trabaja como acupuntora, está disgustada porque lleva catorce años de noviazgo: «A este paso, ¿cuándo vamos a casarnos?». «Cuando podamos comprar un piso, ya lo sabes», responde Fermín.

El contraste que presenta esta escena es evidente. En 1979, España es un país que ha iniciado una apertura política que lleva consigo un cambio social. Las mujeres pueden desnudarse porque la moralidad es otra y el individuo tiende hacia el control de su propio cuerpo. Pero no es una verdadera revolución sino un proceso evolutivo, y hay aspectos del pasado que no se han extinguido. La respuesta de Fermín, por ejemplo, nos devuelve a veinte años atrás, cuando Rafael Azcona y Marco Ferreri escribieron «El pisito» (1959), dirigida por el italiano.

La conversación con la novia añade otra información: Fermín no es sólo sexador, sino vendedor de libros a domicilio y agente de seguros de entierro. Eso no le priva de cobrar el paro, con lo que se entiende que Fermín es un pluriempleado de la economía sumergida. Un comentario escuchado al azar le pone sobre la pista del bingo, y, lo mismo que Amadeo, intuye que allí puede estar el fin de sus males.

La pareja se encuentra en la cola. Ambos presumen de conocer a la perfección el lugar y sus costumbres, pero pronto asumen que es su primera vez. Esa complicidad en la condición bisoña les hace confraternizar y sentarse juntos en la mesa que les indica la repartidora Margarita (Africa Pratt), y en la que ya está don Ramón (Antonio Ozores), un hombre especialmente afortunado que no parará de ganar, sumiendo a Fermín y Amadeo en la frustración.

El mundo del bingo se va a convertir en una doble vida para Fermín y Amadeo. Caerán en manos de Gerarda (Florinda Chico), una limpiadora de los baños del bingo que en realidad es prestamista cuyos altísimos intereses son cobrados a la fuerza por su corpulento hijo y sus amigos. Margarita y su compañera (Roxana Dupre) los invitarán a su apartamento y retozarán con ellos completamente desnudas, antes de interrumpirlos la llegada de una supuesta parturienta y su marido, que en resultan ser un transexual y un homosexual compinchados con las jóvenes para intentar abusar sexualmente de los dos hombres. Amadeo engañará a su jefe para obtener dinero y Fermín hará lo propio con un cliente de Amparo haciéndose pasar por acupuntor y quedándose con el dinero que debía cobrar su novia después de haber convertido en acerico al pobre enfermo, quien no es otro que don Obdulio, el director de la sucursal donde trabaja Amadeo. Cuando la suegra de Amadeo gane –ella sí- en el bingo, planearán robarle la caja donde guarda los billetes, pero Fermín se llevará por error una reliquia de San Nepomuceno perteneciente a la parroquia. Incluso usarán un bingo de juguete para amenizar un velatorio.

Todas estas situaciones están trufadas de comentarios que en ocasiones son simplemente coyunturales y en otras podrían ser escandalosos a generaciones posteriores. Una y otra vez se desprende desapego de la política. Ni funcionarios ni políticos son considerados trabajadores honrados. La homosexualidad es utilizada como insulto, hay chistes a costa de la piel negra de Roxana Dupre y al transexual se le arroja un balde de agua hirviendo en sus partes pudendas. No hay sentido de la fidelidad conyugal y también la Iglesia resulta malparada, puesto que se descubre que don Ramón usa la reliquia de San Nepomuceno para ganarse los favores de la Fortuna y, en lugar de revertir las ganancias sobre la parroquia, las utiliza para comprarse coches magníficos y llevar un alto tren de vida.

El escepticismo hacia la sociedad española de la época que transmite «Los bingueros» ha convertido esta película en un referente sociológico. Por supuesto, abundan tanto los rechazos hacia una expresión del cine español considerado casposo y denigrante, como las expresiones de entusiasmo por parte de amantes del estilo bizarro. Lo cierto es que aquí hay un reflejo humorístico y distorsionado, pero no irreal, de un país en tránsito, y es significativo que «Los bingueros» se convirtiese en la película más taquillera de su temporada y en el primero de una serie de nueve títulos que continuaron la misma tónica de mezclar el destape con el esperpento: «Los energéticos» (1979), «Yo hice a Roque III» (1980), «Los chulos» (1981), «Todos al suelo» (1981), «Los liantes» (1981), «Padre no hay más que dos» (1982), «Agítese antes de usarla» (1983), «La Lola nos lleva al huerto» (1983). Estas son las películas en las que actuaron Pajares y Esteso en compañía -a lo que hay que añadir que en 1987 protagonizaron en el teatro Calderón de Madrid «La extraña pareja», de Neil Simon, con dirección de José Osuna-, pero aparte hay otras del mismo estilo que protagonizaron por separado. Entre las protagonizadas por Andrés Pajares se encuentran «El liguero mágico» (1980), «¡Qué gozada de divorcio!» (1981), «Brujas mágicas» (1981) y «Cristóbal Colón, de oficio… descubridor» (1982), todas ellas dirigidas por Mariano Ozores, así como «El currante» (1983), en la que hay una fugaz intervención de Esteso. En cuanto a las películas de Fernando Esteso con dirección de Ozores, pueden citarse «El erótico enmascarado» (1980), «El soplagaitas» (1980), «El hijo del cura» (1982) –con cameo de Pajares como Padre Redford-, «Al este del Oeste» (1984), «El cura ya tiene hijo» (1984) o «¡Qué tía la C.I.A!» (1985).

Tras dirigir una película directamente destinada al mercado del vídeo -«Viva la risa» (1987)-, Fernando Esteso parecía culminar su carrera cinematográfica con «El amor sí tiene cura» (1991), de Javier Aguirre, pero fue recuperado por Santiago Segura en «Torrente 4: Lethal Crisis» (2011) y «Torrente 5: Operación Eurovegas» (2014), en un periodo final en el que también sería dirigido por Tirso Calero en «Blockbuster» (2013), Óscar Parra de Carrizosa en «Re-Emigrantes» (2016), Martín Garrido en «Una función para olvidar» (2017), Fernando Colomo en «Cuidado con lo que deseas» (2021) y Agustí Villaronga en «Incierta gloria» (2017) y «Loli Tormenta» (2023). En cuanto a Andrés Pajares, pudo mostrar otros registros interpretativos bajo la dirección de algunos de los mejores directores del cine español: «Moros y cristianos» (1987), de Luis García Berlanga; «¡Ay, Carmela!» (1990), de Carlos Saura, adaptación de la obra de José Sanchis Sinisterra por la que recibe el premio del Festival de Montreal y el Goya como mejor actor protagonista; «Bwana» (1996), en la que Imanol Uribe adapta la obra teatral de Ignacio del Moral «La mirada del hombre oscuro»; «Grandes ocasiones» (1998), de Felipe Vega; «El oro de Moscú» (2003) y «La daga de Rasputín» (2011), del también actor Jesús Bonilla; o «Tiovivo, c. 1950» (2004), de José Luis Garci.

@Pedro_Villora

 

 

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