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Blogs Barrio de las letras por Pedro Víllora

Ignacio Amestoy, una pasión española

Ignacio Amestoy
Pedro Víllorael

Con el título de «Ignacio Amestoy, una pasión española», la Fundación Universitaria Española ha publicado un volumen que homenajea la trayectoria artística y la bonhomía del escritor y periodista nacido en Bilbao en 1947. Con edición conjunta de Javier Huerta, Fernando Doménech y Julio Vélez, y coordinación de Izan García Baumbach, el libro recoge semblanzas escritas por amigos y colaboradores del autor, como es el caso del Presidente de Honor de la Asociación de Autores de Teatro, Jesús Campos; el director del teatro de la Abadía, Juan Mayorga; el jurista Antonio Garrigues Walker o los profesores Vicente León, Luciano García Lorenzo o César Oliva, además de su hija, la directora Ainhoa Amestoy, y los artistas escénicos Ernesto Arias o Juan Pastor, entre otros.

No obstante, el grueso del libro no es ese sino la recopilación de casi una treintena de glosas dedicadas a otras tantas obras largas de Amestoy, y algunas breves. Los autores de estos comentarios son algunos de los mejores críticos teatrales españoles, como Juan Ignacio García Garzón o José Gabriel López Antuñano, un relevante conjunto de estudiosos y catedráticos como Eduardo Pérez Rasilla o Francisco Gutiérrez Carbajo, y una selección de colegas dramaturgos de diversas generaciones, desde el magisterio de Jerónimo López Mozo a la juventud de Daniel Migueláñez, pasando por la veteranía de Julio Escalada, Ignacio García May, Julieta Soria o Diana I. Luque.

No puedo sino considerar un regalo la oportunidad de que me han brindado Ainhoa Amestoy y Javier Huerta de colaborar en este libro que celebra a uno de mis principales maestros. Me han propuesto hacerlo escribiendo a propósito de «La confesión de Loyola», una obra mucho menos conocida de lo que debería y que está repleta de valores literarios y espirituales.

Por origen, por educación, por sentido del deber y hasta por nombre; por todo tipo de afinidades era lógico que en algún momento Ignacio Amestoy expusiese literariamente el fruto de su acercamiento a la vida y obra de San Ignacio de Loyola (1491-1556). Lo ha hecho en un texto cuyo título completo es «La confesión de Loyola. Montserrat, 1522», dedicado a Íñigo López de Uralde Garmendia, que el actor Manuel Hernández representó el 11 de abril de 2015 en la iglesia de San Ignacio de Madrid, de la Real Congregación de San Ignacio, con motivo del tricentenario de su constitución. La obra fue revisada para su representación el 3 de junio de 2022 en el mismo espacio y también a cargo de Hernández, acompañado esta vez por los músicos Fernando Guimarães, Elsa Ferrer, Jon Wasserman y Canco López. Este acto fue promovido por la Delegación en Corte de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País con motivo de cumplirse quinientos años de la confesión de Ignacio de Loyola, también llamado Íñigo López de Loyola, el 25 de marzo de 1522 en Montserrat; y cuatrocientos años de su canonización por el papa Gregorio XV, que tuvo lugar el 12 de marzo de 1622 junto a las de San Francisco de Javier, Santa Teresa de Jesús, San Felipe Neri y San Isidro.

La propia Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País editó el texto en 2022 con un pórtico escrito por el sacerdote jesuita Pedro Miguel Lamet, quien señala cómo Amestoy aborda el desafío de «trazar un autorretrato del primer Ignacio de Loyola, su infancia, su juventud y su airada vida de gentilhombre hasta su conversión». El arranque de la obra se sitúa en los últimos momentos del santo en Roma («Soy un peregrino en el último tramo de su andadura», dice el personaje en su «postrera romería»), para enseguida recordar la confesión sacramental al benedictino dom Juan Chanón, prior del monasterio de Montserrat, lugar o más bien «refugio de la Madre de Dios» al que había llegado en 1522 como peregrino «para hallar paz en el ánima y consuelo en la carne por mis errores de hombre de Corte», según afirma en el inicio de su recuerdo. Para Lamet, limitar «en coordenadas de espacio y tiempo su relato a esa hora concreta» es todo un reto escénico: el de «circunscribir a dicho periodo la vida del futuro santo, que llegaría a fundar la orden religiosa más influyente, numerosa y polémica de la Iglesia católica, que conseguiría unir “virtud con letras” y revolucionar la vida religiosa de su tiempo».

Ciertamente, el reto se soluciona potenciando los aspecto narrativos y descriptivos, por cuanto que el personaje nos va a dar en el inicio una imagen rica y verosímil de los lugares y gentes con quienes se educa, de sus circunstancias familiares, de sus costumbres y gustos, pero también, y no es menos importante, de la vida política, cultural y administrativa de la época: «reconozco que he vivido una Castilla que sorprende por su modernidad y coraje a propios y extraños» comentará justo antes de recordar que, con su matrimonio, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón «ya llamaron España a la coyunda de sus reinos».

Loyola nos hablará también de sus aventuras soldadescas, que lo llevan a acogerse a San Pedro para curar una herida de combate, así como de cierto gusto (quijotesco para espíritus actuales) por la lectura de libros de caballerías que iba alternando, cuando no tenía otra cosa, con una vida de Cristo y un libro sobre la vida de los santos. El recuerdo de haberse imaginado como una suerte de Amadís al servicio de alguna dama abre las puertas al comentario sobre su gusto juvenil por las mujeres. Hay algo de picardía amable al evocar andanzas galantes junto a su hermano Pedro, cuya vocación sacerdotal no era incompatible con su devoción por la carne, pero es Ignacio el que tendrá una hija natural: María de Loyola.

Una sucesión de burlas, enredos, desmanes y lances taurinos, contiendas militares y hasta amoríos más o menos reales (en ambos sentidos de la palabra), dan lugar a la convalecencia donde esas lecturas piadosas le hacen pensar en San Francisco de Asís («siendo él de familia ilustre como la mía, no me costó ponerme en su piel») y Santo Domingo de Guzmán («un hombre cultivado primero en su noble casa, y luego en Palencia, donde estudió filosofía y teología»), si bien al principio de manera competitiva («Santo Domingo hizo esto, pues yo lo tengo de hacer»). Más desconcertado queda con la herejía de Lutero y el consecuente rechazo del hasta entonces bien valorado en Castilla Erasmo de Rotterdam. Y nace en él el deseo de participar militarmente en alguna posible cruzada: «Yo he de ir a esa Jerusalén en la que Cristo fue crucificado»).

Piensa en Jesús, San Francisco, Santo Domingo y sus respectivos discípulos, pero alterna sus reflexiones religiosas con las de las «aquellas hazañas mundanas que deseaba hacer» hasta que el debate interno se decanta hacia los «santos deseos». Ello se confirma con la visitación nocturna de Nuestra Señora y del santo Niño Jesús, tras la cual se llena de asco hacia sus pasadas «cosas de la carne». Comienza ahí su conversión en «caballero del Cristo crucificado» y aprovecha sus conocimientos de caligrafía para apuntar «reflexiones con mucha diligencia sobre cómo doblegar el ánima, la mente y hasta el cuerpo en la imitación de Cristo» que serán el origen de los «Ejercicios espirituales». Así irá a Montserrat en busca de confesión antes de partir «entre las sombras por no ser conocido» rumbo a Roma y Jerusalén, y, sin señalarlo aún, camino de fundar muchos años después, en 1534, la Compañía de Jesús.

El contexto de celebración en que se ha escrito, representado y publicado «La confesión de Loyola. Montserrat, 1522» quizá haya dificultado su conocimiento por otro tipo de públicos y posiblemente sea una de las obras más desconocidas de Ignacio Amestoy. No obstante, ese problema puede ser también una virtud, porque quizá estemos aquí ante el germen de una novela breve (o no tan germen, porque tal como está ya se podría leer así) y, de la misma manera que San Ignacio creyó ser caballero mundano antes de serlo cristiano, también este texto tiene la condición de ser de una doble naturaleza a la vez: narrativo sin dejar de ser dramático.

@Pedro_Villora

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