Europa está perdida

Europa está perdida

Publicado por el May 3, 2013

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Puesto que éste es un blog dedicado a la arquitectura y sus alrededores, el propósito de este artículo no es analizar la triste situación económica en que se encuentra Europa en este momento; ni cómo la troika está fagocitando los bolsillos, la confianza y la autoestima de muchos de los países del continente, sino del naufragio ideológico al que también se está condenando a la arquitectura dentro de este contexto.

La última edición del premio Mies van der Rohe de Arquitectura Contemporánea es, con toda seguridad, una constatación más de cómo se está orquestando este naufragio. Del empeño en afianzar el anclaje en modelos del pasado reciente que no funcionan en el momento presente y que, según vamos confirmando, tampoco tenían la menor validez en su momento o, más aún, fueron síntoma y causa importante de este periodo que nos condujo a la ruina actual.

Una ruina que desde lo económico ha impregnado lo ético, convirtiéndose así también en una crisis ideológica; una situación que, al parecer, estos premios desean ignorar o continuar cimentando.

De otro modo, ¿bajo qué criterio se justifica que figure entre los cinco finalistas a este premio el Metropol Parasol de Jürgen H. Mayer?  Con toda certeza uno de los más vergonzosos y vergonzantes emprendimientos de los últimos tiempos, no ya sólo por su ridícula materialización sino por el obscenísimo despilfarro que conllevó su construcción, tanto por la chapucera irresponsabilidad de Mayer como por los toscos intereses e ineptitud de los gestores que, subidos al carro de la fiesta neoliberal, toleraron.

Las setas sevillanas deben leerse como visión de una arquitectura condenable: el derroche, las desviaciones presupuestarias, falsas arquitecturas avanzadas…

No podemos seguir (ahora ya es demasiado tarde para proclamar que nunca debió hacerse) juzgando la arquitectura sin observar también sus circunstancias, que en realidad son parte fundamental de ésta. Por ello, ante la concesión de un galardón, ante la elección de un proyecto paradigmático y ejemplar , ¿no debería esperarse de la inteligencia y criterio de los jurados el que no sólo tengan en cuenta aspectos formales o constructivos sino también otros factores cruciales que definen el valor y sentido del proyecto?

Ante la lista de finalistas a este premio Mies se tiene la sensación de que la resolución del jurado transmite una cierta frivolidad, una ausencia de auténtica responsabilidad y sentido del compromiso que implican sus decisiones. En ellas no leemos la imperante necesidad de dejar atrás los espejismos y las baratijas de colores; y, asimismo, cuando se observa la lista de sus integrantes, se intuye la subliminal sensación de colegueo del grupo de individuos que se saben escogidos y bien incrustados por el sistema para hacerlo perdurar, perfectamente cómodos en una situación de elitismo, de “poder intelectual”, y como ajenos a la quiebra del sistema y sus consecuencias.

¿Cómo explicar sino la presencia y voto de autoridad de figuras como Anton García-Abril, cuyo crédito quedó en serio entredicho tras su fallido comisariado del pabellón de España en la última Bienal de Arquitectura de Venecia?

Otra de las cuestiones que no pueden saltarse por alto es el de la reiterada presencia de determinados nombres en cualquier jurado. En el caso concreto de esta edición del premio Mies, resulta llamativo ver a Wiel Arets como presidente cuando hace escaso tiempo también presidía el jurado de la Bienal de Arquitectura de Venecia.

Esta casual (o quizá no tanto) coincidencia es seguramente una evidencia del estado de inconsistencia y oportunismo en que se vive hoy la élite de la arquitectura; ya que ante este doblete de Arets surge la demanda de respuesta a la pregunta de cómo es posible premiar, por un lado, el obsceno populismo que delata la concesión del León de Oro a la Torre David (esa mísera favela vertical) y, por otro, este galardón a un edificio cargado de oropeles y brillo en la capital de Islandia, símbolo de la Europa pantagruélica que hizo del neorriquismo (presuntamente) cultural uno de sus buques insignia, causa de esa ruina que hemos terminado pagando entre todos. Máxime cuando Islandia ha vivido en sus propias carnes esa ruina y hoy, tras esa mitificada pero falsa –como han delatado sus últimos resultados electorales- recuperación moral, parece desear recuperar aquella vida (¿e ideales?) anteriores a la recesión.

No tengo la intención de ensañarme con el edificio premiado, el Centro de Conciertos y Conferencias Harpa en Reykjavik de Batteríid architects, Henning Larsen Architects y Studio Olafur Eliasson , uno más en el repertorio de pomposos edificios basados en grandes presupuestos que cubrieron el planeta confundiendo sofisticación con vanguardia y despilfarro con tecnología. Grandes presupuestos, gestos formales, opulencia…que nos conducen a una sensación de dejà vu.

Creo por eso que es seguramente más provechoso llevar la reflexión hacia la cuestión de por qué las decisiones de los jurados de los diferentes premios, lauros y galardones que pueblan el universo de la arquitectura siguen optando por estos modelos que no hablan de presente sino del pasado, del fracaso de una arquitectura que encandila pero que no sirve. ¿Por qué el jurado toma la decisión de mantener esta postura? ¿Por qué esta obsesión por seguir manteniendo como ejemplarizantes estos modelos neorriquistas que nos hablan de más fastos con otros nombres, con los mismos nombres, con arquitectos, con artistas?

De igual manera, si el premio al edificio Harpa se empeña en sostener lo ya insostenible, no debe pasársenos por alto la mención especial  arquitecto emergente que el premio Mies efectúa, otorgado a la transformación de una nave de Matadero Madrid como sede temporal de la Red Bull Music Academy de Langarita-Navarro Arquitectos.

Es probablemente ahí donde la trampa queda más al descubierto. Quizá con la prevención de enmascarar o atajar las críticas sobre las dudas que puede suscitar el primer premio, se opta por galardonar una estructura efímera que, en teoría, nos está hablando de otro modelo, de otra forma de hacer, más pedestre, más cotidiana, más arquitectura povera . Y, en realidad, se trata de unas instalaciones para la multinacional Red Bull.

Así pues, ¿qué cambio se está pretendiendo simular? Si en realidad, a pesar de las diferencias en las formas, se está sirviendo siempre al mismo objetivo. ¿Dónde se encuentra la verdadera apuesta por una arquitectura que atienda y dé valor real a las necesidades actuales europeas o globales más allá de los narcisismos a los que la arquitectura ya ha estado sirviendo demasiado tiempo?

La Fundación Mies van der Rohe ha tomado una deriva cuanto menos extraña, intentando por un lado mantener un ya insostenible statu quo y, por otro lado, queriendo abrir tímidas ventanas hacia ciertos conceptos que supuestamente conducirán su mensaje hacia lugares de mayor contemporaneidad y coherencia con la realidad.

El problema no sólo estriba en esta posición de nadar entre dos aguas sino en la falta de convencimiento sobre la necesidad de dar un giro, oscilando entre montajes que rozan lo esperpéntico en el pabellón barcelonés o ese reconocimiento simultáneo al Centro Harpa y el montaje de Red Bull, aparentemente incongruente salvo que se interprete como el intento de sostener un sistema caduco, sin nada más que proponer que la sustentación de esas ruinas europeas, cada día más frágiles.

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