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Antoñitos, Pepitos y cementerios

Rosa Belmonte el


“A lo primero creí que era un gato”, decía el Hermano Pepito de la aparición del niño Antoñito. No es Cuarto Milenio (donde ayer ya anunciaban la próxima venta en quioscos de libros y deuvedés). Es El Buscador versión sabatina y vespertina (o sea, cuando Emilio Piñero no lleva los tirantes, que son para la hora del aperitivo). Se trata de un niño muerto de leucemia a los dos años que se manifiesta zascandileando por el cementerio. Y que llevó un mensaje al Hermano Pepito (un tipo tan peculiar como el hermano de José Olalla, sólo que con hábito franciscano). El mensaje, según recitó Pepito, fue el siguiente: “Me llamo Antoñito, he muerto de leucemia a los dos añitos, traedme juguetes que mi misión es hacer feliz en el cielo a los niños pequeñitos”. Todo en ito, espeluznante. Luego Pepito (seguimos con los diminutivos escalofriantes) contó que una señora que tenía un cáncer en la garganta fue en peregrinación al cementerio de Antoñito y que luego volvió al médico. Y no le encontró nada (nada malo en la garganta, se entiende).


 Lo mejor, claro, como es tradición en el programa, fue la reconstrucción de los hechos. Es sólo recordar la de Pantoja y Paquirrín cuando detuvieron a Julián Muñoz (“Hijo –decía una gorda y fea Isabel—tú a Cantora”). Se veía a un monje que ponía caras de chiflado y al supuesto espectro del niño yendo de un lado a otro con la rapidez de Speedy González. Visualmente estaba entre El jovencito Frankenstein (por el blanco y negro) y Horror Story de Los Hermanos Calatrava, por lo risible.


 O sea, que se saca a un niño de verdad y se monta este circo. Y luego va la gente y se queja por la emisión de Cementerio tv en Calle 13. Que si qué falta de respeto, que si qué interés puede tener un cementerio, que si estáis enfermos, que si han sacado la foto que había en una tumba… A mí el programa me parece fascinante, dentro de lo absurdo tirando a zen, aunque no aguanto más de cinco minutos. Como es pasadas las cinco de la mañana, la simple visión de un cementerio, aunque sea con cámaras fijas de seguridad, da bastante cague. Y más que las cámaras fijas (que tienen la misma variedad  argumental que las de Gran Hermano cuando los pollos están durmiendo) impresionan las que se llevan a cuestas, las que menos se usan pese a ser las más entretenidas. Un tío (supongo) va andando y grabando por nichos llenos o vacíos, se asoma en tumbas… También se desengrasa con información de epitafios y de cementerios extranjeros.  A veces se ven gatos. Pero nunca he visto un Antoñito.

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Rosa Belmonte el

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