Por Rafael Vega-Pozuelo, Rafael Garzón-García y Javier López Otero
En el imaginario colectivo, los humedales suelen asociarse a espacios naturales alejados de la actividad humana. Sin embargo, en buena parte de Europa estos ecosistemas sobreviven en territorios profundamente transformados por la agricultura. Un ejemplo claro se encuentra en las campiñas béticas del valle del Guadalquivir, uno de los paisajes agrarios más extensos y productivos del sur de Europa, donde lagunas y cultivos conviven desde hace siglos en un equilibrio tan frágil como necesario.
Paradójicamente, en este paisaje dominado por cultivos se localiza una importante red de lagunas y humedales interiores que actúan como refugios de biodiversidad. Estos espacios albergan comunidades vegetales y faunísticas de gran valor ecológico y desempeñan funciones ambientales esenciales, como la regulación hídrica, la depuración natural del agua o el soporte de rutas migratorias de aves.
La convivencia entre agricultura intensiva y conservación ambiental constituye así uno de los principales retos de la ordenación del territorio en estos paisajes rurales: ¿cómo proteger estos ecosistemas sin comprometer la actividad económica que los caracteriza?
Humedales dispersos en un “mar” agrícola
Las campiñas béticas ocupan alrededor de 1,5 millones de hectáreas en la cuenca del Guadalquivir, y se extienden fundamentalmente por las provincias de Córdoba, Sevilla, Jaén y Cádiz. Es un territorio tradicionalmente agrícola, dominado por cultivos herbáceos y olivares.
En este territorio se localizan más de 200 humedales de interior, la mayoría de hidroperiodo estacional, vinculados a la geología arcillosa y a la dinámica hidrológica regional. Estas lagunas aparecen aisladas dentro del paisaje agrario, y llegan a funcionar como auténticas “islas ecológicas” en un entorno muy humanizado.

Mapa de los humedales de las campiñas béticas y su localización en la cuenca del Guadalquivir. Fuente: elaboración propia a partir de Naranjo, Torres y Vega (2016).
La importancia de la planificación territorial
Desde la década de 1980, muchos de estos humedales fueron declarados espacios protegidos dentro de la Red de Espacios Naturales Protegidos de Andalucía (RENPA). Sin embargo, su protección no se limita únicamente a la lámina de agua.
La planificación ambiental establece normalmente dos zonas diferenciadas:
- Zona de reserva, donde se localizan las cubetas lagunares y sus márgenes inmediatos, con un régimen de protección muy estricto.
- Zona de protección periférica, que abarca los terrenos agrícolas circundantes y donde las actividades humanas deben adaptarse a criterios de sostenibilidad.
Este modelo parte de una idea clave: la conservación de los humedales no depende únicamente del hábitat en sí, sino también de cómo se gestionan los usos del suelo en su entorno.

Laguna de San Cristóbal, en el término municipal de Cabra (Córdoba). Fuente: elaboración propia (2026).
Agricultura y conservación: un equilibrio necesario
El análisis territorial muestra que los usos agrícolas siguen siendo dominantes en el entorno de los humedales protegidos. En muchos casos, más del 60 % de las zonas periféricas han experimentado transformaciones en los últimos decenios, con una intensificación de los cultivos y una reducción de la vegetación natural.
Esta presión agrícola genera varios riesgos ambientales:
- Erosión del suelo y sedimentación de las lagunas.
- Contaminación por fertilizantes y fitosanitarios.
- Pérdida de vegetación natural en las cuencas de drenaje.
Frente a ello, los planes de gestión incorporan medidas como la promoción de prácticas agrícolas sostenibles, la restauración de vegetación de ribera o la limitación de determinadas labores agrícolas en zonas sensibles.
Paisaje, gobernanza y desarrollo rural
La experiencia de las campiñas béticas pone de manifiesto una idea clave defendida por el Convenio Europeo del Paisaje: la protección del paisaje no puede entenderse únicamente como conservación ambiental, sino como un proceso de gestión integrada del territorio.
En este sentido, los agricultores y las comunidades locales desempeñan un papel esencial. Las políticas agrarias, las medidas agroambientales y la planificación territorial deben trabajar conjuntamente para compatibilizar producción agraria, conservación de la biodiversidad y desarrollo rural.
Los humedales localizados en un entorno agrícola ilustran, en definitiva, cómo los paisajes más transformados también pueden albergar valores naturales excepcionales. Su conservación no depende únicamente de la protección legal de estos espacios, sino también de la forma en que se gestionan los territorios que los rodean. Alcanzar un equilibrio entre actividad agraria y conservación ambiental será, en última instancia, uno de los principales retos para garantizar la sostenibilidad futura de estos paisajes.
Los resultados de esta investigación se pueden conocer con mayor detalle en el siguiente enlace.
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