Conocido es que, al margen de las aspiraciones puramente artísticas, cuando un chaval decide ser torero
esconde un sueño en su mente: comprarse una finca. Dicen los profesionales que hay toros que llevan
un cortijo en cada pitón. Pero no todos alcanzan la divinidad para cruzar la puerta grande que conduce a una
dehesa propia.
Miguel Ángel Perera es uno de los afortunados que con sus triunfos en el ruedo ha conseguido adquirir tierra
brava. En la finca oliventina «Los Cansaos», en la frontera con Portugal, goza de 650 hectáreas que hoy son
hábitat para la agricultura y la ganadería mansa, pero que en un futuro espera poblar de reses de lidia. En
ese entorno privilegiado, donde otras figuras como El Juli también tienen su campo, desarrolla su vida y sus
entrenamientos. Un cortijo color teja es su rincón sagrado, donde disfruta de lo conseguido con la muleta
y la espada con sus más cercanos.
Al margen de su familia, entre esas personas de confianza sobresale David, su fiel escudero. Con su mozo de
espadas comparte su yo profesional y su yo más íntimo, que ambos van de la mano. Es su amigo, su hombre
de confianza absoluta. David no oculta su admiración por Perera, su torero. Tanta es la pasión que se
profesan el uno por el otro, tantas las tardes de gloria y sangre vividas, que en un acto de generosidad
Miguel Ángel ha regalado una casa a su mozo de espadas en su finca de «Los Cansaos», un entorno único
en el que se divisan aguas mitad españolas, mitad lusas.
Bromean Miguel Ángel y David… David, el único mozo de espadas con cortijo.
Otros temas Rosario Pérezel