Calatrava como coartada

Calatrava como coartada

Publicado por el Dec 14, 2016

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Este artículo iba a ser inicialmente sólo una reseña del libro Queríamos un Calatrava. Viajes arquitectónicos por la seducción y el repudio de Llàtzer Moix.

Durante la lectura  de éste, y consiguiente relectura de su predecesor, Arquitectura Milagrosa. Hazañas de los arquitectos estrella en la España del Guggenheim, fueron surgiéndome dudas acerca de cuáles eran las intenciones de poner en el disparadero a Santiago Calatrava.

Este nuevo libro me suscitaba la impresión de que linchar a Calatrava ha sido la forma elegida por Moix para agradar al establishment antes que querer buscar la máxima verdad posible sobre los hechos y hacer un análisis potente, e incómodo, tanto sobre Calatrava como de los otros personajes de la historia.

Usar a Calatrava como chivo expiatorio es una de las coartadas más socorridas hoy para tapar los males de un tiempo y una sociedad construida sobre trampas, vanidades… Que el foco se ponga solamente sobre Calatrava y su efectista trayectoria es una forma de camuflar una situación mucho más grave y compleja, y de liberar de responsabilidad y sospechas a muchos otros arquitectos.

Resulta cada vez más evidente que muchas conciencias bien acomodadas fueron zarandeadas por el terremoto financiero que sacudió al mundo el 15 de septiembre de 2008 y sus efectos. Había que resituarse a toda prisa en ese nuevo y trastocado escenario que las encontraba a contrapié y, para ello, fue necesario cambiar rápidamente de chaqueta. Ir poniendo en escena las acciones y gestos que permitieran sobrevivir y seguir en el poder, o cuanto menos en la primera línea del prestigio.

Como incipiente señal de un cambio de tendencia económica, estamos comenzando ya a escuchar argumentaciones bajo las que subyacen defensas y disculpas a los despilfarros o sobrecostos de edificios estrella − tal y como era previsible−.  De ello parece dar prueba clara, por ejemplo, un reciente artículo de Oliver Wainwright en The Guardian celebrando el auditorio Elbphilharmonie Hamburg, en el podría entenderse que el resultado final justificaría el importantísimo desfasaje entre el coste estimado y el final y todas las diversas controversias que el proyecto ha afrontado. El artículo se complementa con una lista de diez mega-proyectos «masivamente retrasados» (la mayor parte de ellos, gestados en la época icónica), apuntando con brevedad los problemas que causaron o aún afrontan.  Una brevedad quizá debida a motivos editoriales, pero que no sólo confunde  sobre la exacta magnitud y complejidad de esos problemas sino que, además −en el contexto particular de este artículo−,  se arriesga a reducirlos a la categoría de lamentables anécdotas sobre males necesarios cuando se trata de este tipo de proyectos y estos arquitectos. Yuxtaponer eso a una exaltación del edificio de Herzog & de Meuron, parece estar invitando a que a suspiremos resignadamente, creyéndonos que ese tiempo y sus equivocaciones ya han quedado atrás, y miremos adelante.

Una actitud similar es la que reconozco en las afirmaciones frívolas y al dictado de Iñaqui Carnicero, uno de los dos comisarios del pabellón español de la edición de la Bienal de Arquitectura de Venecia de este año, cuya posición sobre el fracaso de la época de fastos  y espectáculo arquitectónico en España es la de  envolver el discurso en narrativas de interesado optimismo, en lugar de afrontar una autocrítica rigurosa y feroz :«Veíamos que el tema de las arquitecturas inacabadas como un tema que no queríamos criticar ni sobre el que queríamos buscar culpables, sino como algo de lo que queríamos aprender. A través de estas series, lo que queremos poner de relieve es cómo estos edificios inacabados nos muestran una oportunidad para presentar soluciones quizá muy distintas a las que se ofrecían en España hace unos años.»

La forzada impostura de la crítica contra el sistema de los arquitectos-estrella que ha estado vigente en los últimos años persiste. Hace unos meses, Luís Fernández-Galiano ponía la rúbrica en esa huida hacia adelante fingiendo mirar atrás con estas palabras: «El impacto de la crisis económica iniciada en 2008 se hizo sentir especialmente en la construcción, un sector que había contribuido a la prosperidad del país y al bienestar de sus  ciudadanos a través de la mejora de viviendas y ciudades; pero un sector también sobredimensionado y cuyos efectos sobre el paisaje y el patrimonio han sido a menudo irreversibles. El desplome de la actividad constructora provocó un saludable examen de conciencia en todas las profesiones relacionadas con ella, y en la arquitectura de forma singular, como han puesto de manifiesto los congresos internacionales organizados en Pamplona desde 2010 por la Fundación Arquitectura y Sociedad».

Cabe suponer que, en esta era de la posverdad, el mero hecho de certificar con énfasis que ésa es la realidad, hace innecesario exigir preguntarse cuáles son los hechos que avalan esa afirmación, en qué y cómo podemos comprobar que los arquitectos y todas las profesiones relacionadas con la arquitectura (medios de información sobre arquitectura inclusive) han lavado sus espíritus mediante ese «saludable examen de conciencia».

Tal vez se entienda por examen de conciencia el haber buscado y encontrado a un chivo expiatorio y, mediante su sacrificio, allanar el camino de regreso hacia aquel mundo en que tantos se sentían cómodos volviera a ser lo que fue.  Y los mismos siguieran sentados en sus poltronas.

Santiago Calatrava se erigió hace tres décadas en el objeto del deseo de una sociedad decadente, que confundía grandeza con grandilocuencia. Visionar el documental El socialista, el arquitecto y la Turning Torso de Fredrik Gertten (2005), en el que se retrata el proceso de encargo, diseño y construcción de este rascacielos que albergaría viviendas para miembros de la cooperativa HSB, permite descubrir a un hombre soberbio y turbulento, un arquitecto al que le desagrada profundamente sentirse cuestionado. Este docu-reality muestra las circunstancias en las que transcurrió la gestación y construcción de la Torre y sus consecuencias: la fascinación de Johnny Örbäck por la idea de contar con un ícono y cómo esa ilusión se torna profundamente amarga, la tensa relación entre Calatrava y el equipo de constructores, los constantes problemas y el desorbitado encarecimiento del proyecto, el triunfalismo de Calatrava al ver la maqueta de su proyecto incluida en la exposición Tall Buildings que se celebró en el MoMA en 2004.  Mostrado todo, el gran interrogante que abre este filme era por qué ese hombre y su arquitectura se habían llegado a convertir en semejante objeto de veneración y deseo.

Calatrava es un personaje antipático. El retrato que deja de sí en el documental de Gertten lo ajusta al tipo de individuo que, como sintetiza el pensador Aaron James en su definición de imbécil (término que no usa peyorativamente sino como descripción de un modelo de comportamiento), «vive afianzado en el convencimiento de que está en su derecho y de que, por lo tanto, puede hacer oídos sordos. […] Actúa impulsado por la firme convicción de ser especial y no estar sujeto a las normas de conducta comunes a todos los demás. […] Es inmune a cualquier opinión, pues está convencido de no tener que responder a preguntas relativas a lo justo o aceptable de las ventajas que se otorga a sí mismo. De hecho, no es raro que muestre indignación cuando se cuestiona su comportamiento, pues lo entiende como una señal de que no se le está otorgando el respeto que se le merece.»

Ese mismo patrón, no obstante, podría aplicarse a muchas otras figuras contemporáneas, incluyendo cualquier otro de los arquitectos-estrella. Por ese motivo, ¿en qué radica la diferencia entre Calatrava y cualquier otro ego-arquitecto contemporáneo? ¿Por qué se está tratando de erigirlo ahora en el gran villano de la era de la arquitectura del espectáculo?

Seguramente por el hecho de que, aun constituyendo uno de los casos más extremos de star-architect, es, de alguna forma, un outsider dentro de ese Olimpo. No quiero decir con esto que Calatrava no haya gozado de casi omnipotencia, que no haya contado con el máximo favor y pleitesía de los medios. (En su momento de auge, fue sujeto de dos de las cuidadosísimas monografías de El Croquis (núms. 38 y 57). Hace un año El País Semanal le dedicó el año pasado una de sus portada y el artículo «Polémico Calatrava» (14 octubre 2015).)  De igual modo, su fama le ha hecho receptor de gran número de galardones, incluyendo el Premio Príncipe de Asturias de las Artes en 1999.  Cuando le defino como outsider es porque estoy casi convencido de que nadie, nadie con poder en el establishment de la arquitectura, lo apoyará ni saltará en su defensa.

Por los constatados defectos de su praxis, las muy cuestionables situaciones con que se ha visto ligada su arquitectura y sus declaraciones públicas, no cabe duda de que el propio Calatrava es el principal responsable del declive o puesta en entredicho de su propia figura; y eso le ha convertido en la víctima fácil sobre la que descargar toda la responsabilidad de un estado de las cosas del que él no era el único culpable.  Un arquitecto que en su época de gloria mediática jamás fue puesto en duda por quienes hoy lo conducen al cadalso. El derribo de Calatrava parece haberse convertido en el exorcismo perfecto para alardear de virtud y examen de conciencia.

Cuando digo que el día de la quiebra de Lehman Brothers muchos se despertaron de su letargo pienso también en muchos críticos de arquitectura, que de repente entonces alzaban la voz para condenar con celo las fanfarrias y el despilfarro como si acabaran de descubrirlas, como si jamás hubieran tenido constancia de que esos delirios faraónicos se levantaron.

Llàtzer Moix fue, en mi opinión uno de ellos. Contemplado retrospectivamente, resulta significativo que el autor de Queríamos un Calatrava aguardara hasta 2008 para publicar su primer artículo sobre los desastres de la arquitectura icónica, «De las estrellas al suelo» donde proclamara: «Hay pues que buscar nuevos caminos. El arquitecto estrella no es ya el modelo a imitar.»  Me resulta llamativo que a un periodista experimentado, de dilatada trayectoria, y que firmaría en 2010 el libro Arquitectura milagrosa −enumerando los estragos de los arquitectos estrella en España− no le hubiera parecido necesario denunciar antes de ese año los que ya eran patentes efectos negativos de aquel fenómeno.

En su momento, Moix reseñó La arquitectura del poder de Deyan Sudjic, volumen que describió como «una sucesión de ensayos entrelazados, en los que combina el conocimiento de las obras sobre el terreno y un generoso bagaje teórico e histórico, salpicando el conjunto con anécdotas y chismorreos muy elocuentes. Su propósito es en todo momento exponer y documentar las ambiciones, los impulsos y los delirios que palpitan tras las construcciones promovidas por los poderosos, así como el modo en que los arquitectos participan de ellos, en tanto que colaboradores necesarios y, a menudo, entusiastas».

Deduzco que este libro fue una referencia conceptual clave para Arquitectura Milagrosa. Y creo también que Moix asimiló de Sudjic−quien no pareció ver incompatibilidad alguna entre el hecho de firmar un ensayo presentado como una «indagación valiente y demoledora de la obsesión arquitectónica de […] personajes poderosos y del endiosamiento de los arquitectos que se han puesto a su servicio» (1) y firmar poco después una hagiografía de Norman Foster−, ese papel de individuo que simula discutir al poder y, desde ese rol, afianza su prestigio y vigencia.

Es por ello por lo que Queríamos un Calatrava, bajo su apariencia de severo escrutinio a la gestación y construcción de los edificios más representativos y envueltos en controversia del arquitecto valenciano, es una conveniente utilización de Santiago Calatrava como cabeza de turco para simular una crítica objetiva y cruda a un tiempo y a un modelo de arquitecto. Simulación, porque no se atreve a nada: no actúa poniendo valientemente en la picota a un personaje intocable e incuestionado, haciendo así que el andamio del establishment zozobre seriamente. Sólo subraya la acusación contra alguien cuya condena ya se ha aprobado.

Un historiador de la arquitectura o un crítico académico precisan de una distancia retrospectiva para efectuar un análisis y valoración sobre un determinado momento, pero al periodista compete brindar la información y datos a tiempo real. Por eso, llama poderosamente la atención que Moix, director de cultura de La Vanguardia hasta el año 2009 (ejerció este cargo durante veinte años) y periodista especialmente atento a temas de arquitectura, no abordase con esa misma severidad y exhaustividad informativa tan polémicos edificios mientras estaban construyéndose.

Sí es cierto que Moix había hablado de Calatrava en algunos artículos con cierto tono de sarcasmo. Buscando en la hemeroteca de dicho periódico bajo los términos «Llatzer Moix Santiago Calatrava» se encuentra una entrevista realizada en 1999 (2), una columna de opinión sobre el Obelisco de Madrid publicada en 2004 (3) en la que deslizaba algunas consideraciones finales acerca de la paradoja que constituía que una caja de ahorros desembolsase el ingente precio que costaría el edificio de Calatrava y la ambición de poder de políticos y banqueros.

Se encuentra también una columna de análisis en 2008 acompañando una información sobre los problemas de la construcción de la estación de tren y metro en el World Trade Center de Nueva York y el controvertido puente en Venecia (4). En ella señala las recurrentes problemáticas que afrontan los proyectos de este arquitecto, describiéndolo como un hábil seductor que sabe engatusar bien a sus potenciales clientes. Pero él mismo dejaba escapar en su conclusión a este análisis el quid de la cuestión: la exigencia de responsabilidad política en los fracasos y despilfarros causados por la construcción de aquellas veleidades. Aquel era el momento en que estaba produciéndose el despilfarro en la construcción de la Ciudad de las Artes y las Ciencias como parte de un complejo entramado de corrupción política, hecho que se resume en ese artículo con estas palabras: «Algunos políticos no temen esas salidas de tono presupuestarias. Es lo que ocurre en Valencia, donde el arquitecto sigue construyendo su espectacular Ciudad de las Artes y las Ciencias. Pero en otras latitudes, los clientes son más estrictos a la hora de manejar recursos públicos.»  Si expresar la situación en los términos «Algunos políticos no temen esas salidas de tono presupuestarias» era hacerlo eufemísticamente, ese eufemismo era quizá demasiado tibio.

En octubre de 2008 publica «El monocultivo Calatrava» un reportaje de dos páginas y menos tibio. Seguramente porque la veda contra la arquitectura estrella ya estaba legalmente levantada. (5)

Pese a estas observaciones negativamente críticas sobre Calatrava, no aparece sin embargo ningún artículo en el que se hable directamente y sin veladas ironías sobre las cuestiones que afectaron en su momento al polémico auditorio de Tenerife (1991-2003) ni al catastrófico Complejo Buenavista (2001-2011).

En el prólogo a Queríamos un Calatrava, que antecede a dieciséis capítulos y un epílogo, Moix asegura haberse enfundado en el traje de la objetividad y que en absoluto es su intención derribar a Calatrava. Extraña por eso que se dé por zanjado en un solo párrafo un asunto tan crucial como que el libro, que surge con voluntad de independencia y de no ser otra de las hagiografías al uso controladas por el arquitecto, no cuente con las palabras de su protagonista. Moix informa al lector de que contactó a Calatrava «para conversar sobre su trayectoria» pero que no obtuvo respuesta. Pero, habida cuenta de la visceralidad con que Calatrava ha reaccionado a la publicación de informaciones u opiniones negativas hacia él, desconcierta que,  teniendo conocimiento de que se le quería entrevistar para documentar un libro que no pretendía ser necesariamente complaciente con su trabajo, no haya dado respuesta de algún modo.

Moix plantea asimismo en su prólogo que Calatrava no es el único responsable, señala también a la responsabilidad de las autoridades públicas. Esto es incuestionablemente cierto, pero pienso en que habría sido también indispensable señalar a la de críticos y periodistas.  Al no hacerlo, se libera a sí mismo y al resto del colectivo que prefirió mantener silencio mientras lo que va a ser denunciado estaba sucediendo, o se vendía un discurso enaltecedor sobre el arquitecto y su obra.

Pese a señalar la responsabilidad de los políticos, esto parece quedar contradicho tras la lectura del capítulo «Polémico auditorio de Tenerife (1991-2003)», tras el que queda la sensación de que la víctima fue la inepta y quejicosa clase política. Según el relato ofrecido, fue como que el demonio pasó por la isla y hubiera actuado  sin la aquiescencia de los poderosos al mando.  Las declaraciones de Dulce Xerach (Pérez) que reproduce Moix concentran enteramente en la figura de Calatrava toda la responsabilidad por el daño causado.

«Luchamos como jabatos para contenerle −evoca (Dulce) Xerach (Pérez), que fue consejera de Cultura del Cabildo de Tenerife y estrecha colaboradora de Adán Martín−. Calatrava nos propuso una carísima modificación de su proyecto, redefiniendo sus formas para dar cabida a la nueva caja escénica, sin renunciar, claro está, a su repertorio de curvas. Ahí se nos podían haber ido tres o cuatro mil millones de pesetas más.

»Insistimos mucho, y al fin aceptó una especie de ligera joroba en forma ‘nuez’ [la primera cubierta de la sala], que nos evitó construirla de nuevo. Dibujó esta solución alternativa en una servilleta de hotel, donde se acordó el apaño.

»Cuando aparecía por la obra con su lápiz azul, que era el de las rectificaciones, nos echábamos a temblar  −recuerda Xerach−. Decía ‘esto no es así, habrá que tirado y hacerlo asá’. De esos ‘así’ y ‘asá’ siempre se derivaban sobrecostes. No digo yo que las correcciones no mejoraran el resultado final. Pero me parece que cuando un arquitecto es tan aficionado al lápiz azul tiene la obligación de visitar la obra a menudo. De este modo las correcciones son menos onerosas.»

La investigación acaba resultando parcial. No están todas las voces, ni todas las opiniones necesarias; y quienes hablan, como ejemplifica la cita de arriba, lo hacen para exculparse, y sin que parezca que se les esté pidiendo cuentas  aquí de sus propias implicaciones y acciones.

O bien interesa plantear una narración conveniente.

Recuerdo aquí cómo se pasa por alto la figura Luís Fernández-Galiano en el capítulo que dedica en Arquitectura milagrosa  a la Ciudad de la Cultura de Santiago de Compostela. A lo largo de las treinta páginas del capítulo ‘Choque de trenes’, Moix no hace una sola mención a la figura de Fernández-Galiano, quien era uno de los miembros fundamentales del jurado, y tampoco aclara que éste fue a quien Wilfried Wang, otro de los miembros, acusó de favoritismo hacia el proyecto de Eisenman. No es casualidad que Luis Fernández- Galiano sea director de los congresos organizados por la fundación ‘Arquitectura y Sociedad’, de los que Moix es participante habitual. Como tampoco lo es que fuera uno de los citados en la lista de agradecimientos de  ese libro. La omisión de éste en el caso de la Ciudad de la Cultura es gravísima. Se oculta así un dato importante, se da una información incompleta y se preserva la imagen de uno de los protagonistas.

Queríamos un Calatrava no acaba resultando un libro de denuncia ya que incide más en la anécdota que en revisar los porqués detrás del fenómeno Calatrava. Termina cayendo en un ejercicio de pseudo-prensa rosa, en ser una biografía que abunda en datos pero que sin embargo indaga más en lo personal que en la figura pública, que se diluye en las anécdotas y no ahonda en los datos objetivos que proporciona. Como ejemplo de esto, obsérvese en particular el capítulo dedicado a la rivalidad entre Norman Foster y Santiago Calatrava durante el concurso del Reichstag y en el que, en lugar de reflexionar acerca de la dimensión política y cultural de la arquitectura, se termina incurriendo en lo sensacionalista.. Surge en el lector la duda de si Moix quiere crear un antagonismo maniqueo, presentando a Calatrava como una especie de Salieri y a Foster como el verdadero genio. «’¿Qué tiene Foster que no tenga yo?’ Santiago Calatrava ha repetido esta pregunta retórica ante sus colaboradores con cierta frecuencia. En algunas épocas, con mucha. El destino ha querido que ambos arquitectos lucharan repetidas veces por un mismo edificio. Y que los principales los ganara Sir Norman Foster. Esto acumuló en Calatrava un poso de animadversión hacia el británico.»

Sin duda una lectura menos santificadora de Foster pondría en evidencia sus propias contradicciones y puntos grises en su trayectoria y relaciones con el poder; pero que esta contraposición Calatrava-Foster ya la haya planteado en algunos de sus artículos Vicente Verdú, también miembro de ‘Arquitectura y Sociedad’,  lleva a suponer que no sea casual el énfasis que da a ésta Moix en su libro y refuerza mi impresión de que hay un interés por erigir a Calatrava en la cabeza de turco necesitada por un establishment que precisa estrategias de salvación.  Así destacaba hace un tiempo el arquitecto José Ramón Hernández Correa en su artículo «¿Algún voluntario para defender a Calatrava?»  lo flagrante de esa actitud: «[…] en un ruborizante artículo de Vicente Verdú en el que se elogia a Foster hasta la vergüenza ajena −se menciona incluso lo bien que folla−, se aprovecha de paso, sin ton ni son, para decir que Calatrava es ‘un gran masturbador’. Y así todo.»

Igualmente, la afirmación que da título al libro, Queríamos un Calatrava, lleva implícito el tendencioso mensaje que gran parte de la crítica ha tomado tras el crack económico, generalizando la culpa, vendiendo la idea de que el deseo era uno, colectivo y compartido, cuando esto se está demostrando como una gran falacia. La arquitectura-estrella fue una imposición que se vendió hábilmente para seducir a la sociedad. ¿Quién era en realidad ese nosotros que quería un calatrava? No todo el mundo ha sido responsable en la misma medida; no todos  siguieron la moda y las consignas que difundían los medios de arquitectura como si ésta fuera un producto descartable, pasajero e inocuo que, pasada la moda, podría remplazarse por otro. Hacer que la culpa por haber deseado un calatrava sea común evita en gran manera que los verdaderos responsables sean puestos en su lugar. Se pasa página y se da aire fresco al sistema.

El libro de Llàtzer Moix no convence como crítica sino que se transforma en otra pieza más de esa estrategia de simular que se hace denuncia para evitar que ésta realmente se haga. El pensamiento crítico se encuentra estancado por el deseo y la necesidad de algunos.  Parece existir un acuerdo para tapar, enmascarar o evitar cualquier posibilidad de crítica que vaya más allá de lo superficial, lo obvio, lo conveniente, lo interesado.

Llàtzer Moix, Queríamos un Calatrava. Viajes Arquitectónicos por la seducción y el repudio, Anagrama, Barcelona, 2016.

Imagen: Fotograma del documental El Socialista, El Arquitecto y La Turning Torso de Fredrik Gertten

(1)  Texto de contratapa de la edición de La arquitectura del poder publicada en 2010.

(2)  Llàtzer Moix, «Entrevista a Santiago Calatrava: ‘Las obras que construí en Barcelona fueron capitales para hacerme camino.», La Vanguardia, 27 mayo 1999.

(3)  Llàtzer Moix, «El obelisco»,  La Vanguardia, Barcelona, 24 octubre 2004.

(4)  Llàtzer Moix, «El precio de la seducción», La Vanguardia, Barcelona, 12 septiembre 2008.

(5)   Llatzer Moix, «El monocultivo Calatrava», La Vanguardia, 22 octubre 2008.

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