The Architect is Present: Inventando un nuevo Panteón

The Architect is Present: Inventando un nuevo Panteón

Publicado por el abr 24, 2014

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Bajo la premisa «la austeridad como concepto ético y estético», Luís Fernández-Galiano presenta la exposición The Architect is Present en Museo ICO, abierta hasta el 18 de mayo. Explica que ésta supone una continuación de Spain, mon amour (la muestra que presentó en esa misma sala el pasado año) y que debe su título a The Artist is Present,  la retrospectiva dedicada a Marina Abramović celebrada en el MoMA hace cuatro años.

Ambiguos y efectistas títulos al margen (porque es difícil hallar claramente alguna vinculación subyacente posible entre la perfomance de Abramović y el planteamiento y contenidos de esta muestra), lo que parece quedar claro es que esta nueva exposición permite a su comisario proseguir con su personal cruzada para remozar su imagen, cuyo inicio lo marcó la puesta en marcha del congreso Más por menos en 2010, donde hizo convivir a estrellas pritzkerianas con otras en ciernes o en ascenso bajo el paraguas de la responsabilidad y el acercamiento de la arquitectura a la sociedad. Una especie de conversión santificadora después de los excesos de edificios icónicos y figuras estrella, que prosiguió, intensificando esta supuesta reivindicación de nuevos rumbos para lo arquitectónico,  en la edición de 2012 del congreso bajo el título de Lo común.

Fernández-Galiano actúa aquí, una vez más, como presentador de unas arquitecturas que no son nuevas pero que no parecen haber suscitado su interés con anterioridad (a la crisis), y exalta palabras como cerámica, bambú o adobe como si representaran la panacea para una arquitectura redentora o, en sus propias palabras, «de renovación y optimismo». E impertérrito, tras haber sido el sumo valedor de fanfarrias arquitectónicas en aquellas eras de despilfarros y triunfalismos, sostiene ahora: «la arquitectura no es sólo una actividad glamurosa, hecha para soportar narcisismos, hay que apostar por la arquitectura cotidiana: la que pertenece a la vida cotidiana de la gente y no a los edificios escultóricos y a los íconos.»  Agregando afirmaciones tales como ésta, pronunciada en la presentación de Francis Kéré en la ETSAM: «El barro cada vez se usa más. Estamos recuperando la sabiduría de lo vernáculo, usando materiales que se han despreciado a causa de la industrialización de la construcción», que remata aseverando: «Tenemos que aprender de nuestros abuelos».

El asunto es no sólo la cuestionable credibilidad que suscitan tales palabras al proceder de una figura que, años atrás contribuyó activa y decisivamente a consolidar la arquitectura-estrella, sus personalismos y egos…  Sino sobre todo porque esta reconversión hacia la reivindicación del discurso de la humildad (tal y como piden los tiempos), esta subrepticia caída del caballo, se funda en argumentos de los que cabría creerle no enteramente convencido y que parece más bien una recopilación de vanas consignas sobre lo pobre impostadamente articuladas como una idea de arquitectura que, ahora mismo, sirve para seguir en la cúspide. Por ello, lo problemático de The Architect is Present no estriba en lo expuesto sino en por qué se expone y cómo se expone.

 

00. IMAGEN EXPOSICION

 

Sin perder de vista el hecho de que esta exposición viene a la zaga de Small Scale, Big Change comisariada por Andres Lepik para el MoMA a finales de 2010 (con una selección de equipos realizada por Urban Think Tank),  Design for the other 90% en Cooper Hewitt Museum  en 2011 y curada por Cynthia Smith o la más reciente Think Global, Build Social inaugurada en ArchitekturZentrum el pasado mes de marzo y comisariada también por Lepik – con la remarcable diferencia de que el catálogo de esta última propone diferentes reflexiones teóricas desde diversos puntos de vista que dilucidan temas y cuestiones que se reconocen fundamentales para poder construir con consistencia una lectura sobre estas arquitecturas, tanto desde la perspectiva de su aplicación en contextos locales en desarrollo como para una adaptación (que debería proponerse mayormente desde lo conceptual e ideológico) a otros, como los de un primer mundo en recesión. Señalar hechos como la necesidad de alentar un desarrollo del estudio histórico de las soluciones arquitectónicas de carácter social –que no sólo permitiría la mejora y evolución de éstas sino que también evitaría que se generaran situaciones de fascinación con ‘innovaciones’ cuyos autores, en ocasiones, conscientemente han podido ocultar los precedentes de los que derivan; o, de manera más arriesgada y también más necesaria, traer a la palestra conceptos y factores indispensables para reconocer y abrir el terreno para examinar las implicaciones políticas que hay tras estas arquitecturas y comprenderlas como un fenómeno de trascendencia más compleja como reflejo de un entorno global sumido en una necesidad de renovaciones ideológicas que actúen como garantes hacia la consecución de mayores condiciones de igualdad.

The Architect is Present muestra trabajos de Diébédo Francis Kéré en Mali y Burkina Faso; de los noruegos TYIN Tegnestue Architects en Tailandia e Indonesia; de Anupama Kundoo en India; de Solano Benítez en Paraguay y de la alemana Anna Heringer en Bangladesh, Marruecos y China. Cinco estudios internacionales «cuyos proyectos persiguen el objetivo de cubrir las necesidades de la sociedad a la que se destinan, aprovechando al máximo los escasos recursos disponibles», se explica, pero que al ser presentados sin que se articule entre ellos una conexión subyacente que no sea esa cierta impuesta construcción de una superficial noción ética y estética de austeridad y que de ninguna manera basta para otorgar consistencia conceptual a lo que quiere explicarse  termina siendo meramente una reunión de nombres que hoy están en alza, sin que se advierta el esfuerzo de haber tratado de articular una relación reconocible entre los participantes. En contraste con esta voluntad que se detecta en Think Global, Build Social de señalar estas complejidades −con objeto de apuntalar los conceptos que «esta nueva ola de arquitectura socialmente comprometida» como Lepik la denomina proponen puesto que, añade éste,  «pese a la atención que están generando se encuentran a riesgo de no lograr alcanzar el impacto del que podrían ser capaces»−, The Architect is Present compensa su exigua propuesta teórica con como un compendio de sentimentalismos, voluntariedad e historias de superación.

 

 

Aunque Fernández-Galiano trata de afirmar la convicción de su posicionamiento por todos los medios, su implicación y argumentos acaban siendo percibidos como endebles faltos de toda consistencia. ¿De qué habla cuando proclama ese retorno a los materiales esenciales? ¿Al tratar de persuadir sobre el valor de estos modelos localistas en una romántica cruzada para universalizarlos, no se está omitiendo adrede la evolución material y conceptual de la arquitectura y que no hay sentido en satanizar la industrialización, el desarrollo de los materiales, la prefabricación, la estandarización y la tecnología digital cuando estos factores (a menos que esta relación se vincule exclusivamente con una arquitectura desorbitada, de presupuestos desaforados, arquitectura inservible y ficticia) son perfectamente compatibles con una idea de arquitectura humana y esos principios de ética y excelencia estética, que hoy quieren adscribirse de manera preeminente a estas arquitecturas? ¿Para qué se quiere fascinar con la afirmación de lo artesanal como la nueva suma panacea (máxime cuando lo artesanal está directamente relacionado con disponibilidad de mano de obra barata en los países pobres y a una cuestión de caprichosa sofisticación en los países ricos, mientras que la apuesta por una industrialización inteligente puede proporcionar a la arquitectura (y a la sociedad) posibilidades más beneficiosas)?

No parece haber para Fernández-Galiano una necesidad de reflexionar seriamente y a fondo sobre las necesidades de ese nuevo panorama que con tanto ahínco se empeña en presentarnos y al que aferrarnos. Es decir: no parece haber obligación de reflexionar sobre las estructuras y personajes que llevaron al fracaso al modelo anterior. Por eso, hoy, es alguien capaz de ir de la arquitectura del superconsumo a estas arquitecturas vernáculas, primitivas:  hacer una laudatoria a Bjarke Ingels (ese «autor cuya actitud es aún más fascinante que sus obras (…); que reúne una curiosdiad inquisitiva y una franqueza que desarma; al que ningún desafío arredra y que se mueve en bicicleta por la Gran Manzana mientras concibe obras colosales») y, simultáneamente, estar haciendo germinar un nuevo star-system de la austeridad sin aparentes contradicciones, creando un llano sentido de continuidad. No querer entender ni reconocer que una de las asignaturas pendientes más urgentes para la arquitectura es acabar de una vez por todas con el personalismo, los personajes deslumbradores, y las fascinaciones y que la ahora sacralizada austeridad no debe entenderse como un valor en sí mismo sino como un factor más que puede contribuir a determinar la arquitectura presente pero no desde una comprensión tendenciosa, impostadamente ética.

La principal falacia sobre la que se basa el modus operandi de Fernández-Galiano es el descontextualizar para sublimar (como ocurrió con las pequeñas maquetas blancas, como pequeñas obras de arte sin ninguna referencia, de Spain, mon amour reduciendo a la mínima expresión y a su conveniencia la compleja situación del contexto español actual). O, en el caso de esta exposición, la presentación de estos arquitectos como singularidades, como efigies, como héroes de nuevo cuño, aislándolos de sus contextos sociales, sus influencias, creando así productos acertados al gusto del consumo rápido. De la banalidad que va del Bjarke Ingels a la idealista bondad de Solano Benitez, personajes creados y que subidos a ese pedestal pierden toda su fuerza. Los destiñe, los confunde y los transforma en productos perecederos, a-ideológicos: un juego peligroso en el que perecerán aquellos que realmente tienen algo que aportar y en el que triunfarán los astutos, dejando al fabricante de estrellas en la posición indemne que siempre tuvo.

Sería injusto y un menosprecio paternalista obviar la capacidad crítica que los participantes de esta exposición puedan tener. Puede participarse en este montaje, desligándolo de cualquier ulterior intencionalidad, alegando que se trata de una buena oportunidad para dialogar, darse a conocer y proponer una reflexión sobre otros modelos posibles de arquitectura, o aduciendo quizá el desconocimiento sobre la trayectoria del comisario y sobre por qué hoy le interesa difundir estos modelos en los que no parece que crea en el sentido en que sería necesario creer. Pero aducir estas excusas daría pie a tomar a los participantes como cándidas víctimas de la manipulación de un juego interesado, a querer creer ilusamente en su supuesto desconocimiento del funcionamiento de las estructuras de poder en la trastienda de la arquitectura. Y, en este contexto, es preciso inquirir a estos arquitectos si se conforman con ser agrupados y presentados como encarnadores de una nueva posición modélica para la profesión. Inquirir si situaciones como esta exposición no deberían ser activadas desde su propia intervención, y desde los puntos de confluencia y de especificidad de cada una de sus prácticas, para definir en colectivo una verdadera base ética que prevenga que esta concepción de la arquitectura no acabe siendo susceptible caer en espectáculos y banalizaciones que repitan paso a paso todos los errores de la fase precedente – en lugar de contentarse en estar presentes en ellas para hacer genuflexiones y agradecimientos desmedidos a la persona del curador.

Si antes se anestesió a la crítica con autoritarismo, vanidades y cinismo hoy ese modelo se subvierte remplazando la construcción de un cuerpo teórico intelectual por solidaridad de salón que se convierte de nuevo en una forma de controlar, de instrumentalizar, de dirigir al arquitecto y a la arquitectura.

Puesto que no reaccionar a este tipo de instrumentalizaciones puede actuar para esta arquitectura, que realmente sí puede tener conceptos renovadores que aportar, actuar como una perversa arma de doble filo, que les encasillará, que les cohibirá a hacer otro tipo de arquitectura; que transigir respecto a ese engañoso concepto de austeridad y renovación puede acabar siendo una losa muy pesada sobre sus carreras llevándolos a acabar etiquetados como – denominación que destacaba hace poco días un blog− «star-architect de verdad» (en una lista en la que figuraban los cinco escogidos por Fernández-Galiano ; llamaba la atención en ella, al igual que en la exposición, la ausencia del otrora indispensable Alejandro Aravena, abriendo la pregunta de qué puede haber sucedido con su discurso sobre brindar equidad social por la vía del capitalismo), sin entender la necesidad de tachar definitivamente de peyorativa esa denominación, y que los sitúa en una posición que juega en su contra, ejerciendo un efecto reduccionista sobre su labor.

Tal vez los dos ejemplos más significativos del conjunto los representan Francis Kéré – quien, sin ninguna duda es un arquitecto destacado y destacable cuya obra sobresaldría sin necesidad de ir agregar una descripción de su vida como un relato de superación, puesto que el valor de su arquitectura habla por sí mismo –aunque quizá lo que ello demuestre es que haya tenido que modelar su discurso para agradar a un público que espera ser emocionado y que, de otro modo, habría ignorado lo que plantea y logra su práctica.  Por otro lado, el trabajo interesante de Anna Heringer pone de manifiesto una yuxtaposición demasiado marcada entre su trabajo construido en Bangladesh y los resultados de sus proyectos en China.

En definitiva, si la performance que era Spain, mon amour inconscientemente delataba un desprecio hacia los jóvenes, transformándolos en peanas que sostenían como piezas preciosas los edificios de la generación del boom, en The Architect is Present la delación se advierte en la instalación de recortables de fotografías a tamaño natural, de diferentes individuos anónimos y algunos de los arquitectos participantes, formulando frases, insertas en bocadillos de cómic, dejando entrever a las claras la intención sentimentaloide de una exposición paternalista y oportunista que quiere jugar a ser humana. Un mero escaparate, donde cualquier una lectura crítica está ausente, en la que el intento de teorización y de introducir una cierta rabia que aliente a las transformaciones han sido reemplazadas por historias de superación, un buenismo voluntarioso. No pone en cuestión, ni analiza ni profundiza en cuestiones que debería analizar, crea únicamente espejismos de fascinación que engañosamente prometen falsas expectativas en lugar de propiciar la crítica y entroniza a unos arquitectos con una etiqueta, de nuevo efímera y triunfalista.

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