ZOZOBRA

La serenidad es lo que brilla por su ausencia en este endiablado momento de la historia de España, donde Cataluña sangra con especial inquietud. Hasta ahora creíamos que, en cuestiones tan esenciales como defender la vida y el orden democrático, las distintas fuerzas políticas mantendrían una unidad elemental. Pero no está siendo así. La tentación de instrumentalizar cualquier detalle, por nimio que sea, está presente en esta zozobra agosteña, que amenaza con agravarse en los próximos meses. En primer plano están el yihadismo y su último golpe a la civilización en el corazón de Barcelona. En segundo lugar, pero muy cerca, la impostura moral y legal de unos independentistas decididos a empujar por la senda del abismo a todo un país, y me refiero a España en su conjunto. Tenemos derecho a un orden jurídico y político que nos debe garantizar una democracia como la nuestra. No se puede, por tanto, ponerla en peligro por un proceso absolutamente atrabiliario como el de los secesionistas, ni tampoco por esa especie de renuncia a gobernar, cuya estrategia reside en artimañas logísticas, tales como que no habrá urnas ni se imprimirán las papeletas.