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Blogs La viga en el ojo por Fredy Massad

Mirar en particular

Denise Scott Brown. Ciudad, calle, casa

Fredy Massadel

Denise Scott-Brown nació en Nkana (Zambia) en 1931 con el apellido Lakofski. Lo cambió  al contraer matrimonio con su primer marido, Robert Scott Brown, quien fallecería en 1959. Inició su formación como arquitecta en Sudáfrica para, posteriormente, proseguir sus estudios en Londres y Filadelfia, donde conoció a Robert Venturi, con quien se casaría en 1967.  La dupla que ambos formaron fue fundamental para el desarrollo intelectual de la arquitectura de la segunda mitad del siglo XX. Su trabajo conjunto, inmerso en el posmodernismo y el pop, adentrándose en lo kitsch, sacó a la arquitectura del enclaustramiento al que los dogmas racionalistas y funcionalistas la habían condenado. No es exagerado considerar que la impronta de Aprendiendo de Las Vegas (escrito junto a Steven Izenour) o la casa Vanna Venturi, como un manifiesto construido, llega posiblemente hasta la actualidad, por eso debe recalcarse la importancia de esta exposición que presenta el Museo de Bellas Artes de Bilbao, bajo la dirección curatorial de Gilermo Zuaznabar y el comisariado de Maria Pia Fontana y Miguel Mayorga.

 

Hay una secuencia en el documental 21 Structures on Wissahickon Lane, realizado por Pablo García Canga y Manuel Asín y parte de esta exposición, en la que Scott Brown rememora cómo, estando en París en los años cincuenta, comenzó a debatir en un café con un grupo de arquitectos empleados en el despacho de Le Corbusier que se refirieron insistentemente a ella como “una esnob llamada Denise”. Una anécdota aparentemente intrascendente pero en la que quizá se halle una definición bastante precisa de ella. Piénsese también en ese bien conocido retrato donde posa con los brazos en jarras ante el skyline de Las Vegas. En la exposición hay otro retrato suyo, realizado por Lynn Gilbert, sentada ante seis grabados de Giovanni Battista Piranesi y un retrato de Lenin con el siguiente texto en ruso al pie: “Nuestra república socialista de los soviets se mantendrá firme, como una antorcha del socialismo internacional y como un ejemplo ante todas las masas trabajadoras”. Una imagen con la que se pone en evidencia la frivolidad con que se perciben estos temas dentro de los ámbitos culturales y académicos progresistas en los Estados Unidos.

 

Presentar o construir la figura individual de Scott Brown conlleva el peligro de fomentar un personaje – que quizá ella misma haya tenido siempre interés en crear- sobre el legado intelectual de la pareja. Fontana y Mayorga no incurren en ningún momento de esta exposición en esa frivolización, pero es importante tener presente el riesgo de que, en un contexto cultural propenso a las victimizaciones y las reivindicaciones impulsadas (o forzadas) por una reescritura de la historia dirigida por las consignas feministas actuales, esta exposición pueda ser malentendida y generar un efecto contrario al perseguido, que es el de poner el foco sobre la aportación particular de Scott Brown en la gestación y desarrollo de ese trabajo intelectual bicéfalo.

Para comprender los riesgos potenciales de esa singularización hay que remontarse a 1991, año en que se concedió el premio Pritzker a Venturi a título individual, un gesto que rompía ese binomio. Lo que se hizo con Scott Brown puede haber sido una injusticia, pero también podría haber sido relativizado inteligentemente con el tiempo por ella misma, poniendo en duda el valor de este premio que le había sido negado. Al fin y al cabo, tampoco han recibido este galardón figuras fundamentales como Alison y Peter Smithson, y sí arquitectos mediocres como Alejandro Aravena. Y, si de cuestionar este premio se trata, a fecha de hoy, Tom Pritzker, director de la fundación que otorga el premio es uno de los incluidos en los documentos de Jeffrey Epstein.

En 2013, al albur de movimiento woke, surgió un movimiento de reivindicación exigiendo subsanar ese agravio y distorsionando al gusto de los tiempos el contenido del discurso de aceptación del premio leído por Venturi, asegurando falsamente que este había ninguneado en él el papel de Scott Brown. No fue así. Venturi reconoció con insistencia la importancia de esta en todo el trabajo intelectual que desarrollaron durante décadas. Valga este extracto de ese discurso como muestra de ello: “Toda mi experiencia (…) habría sido la mitad de rica de no haber sido por mi asociación con mi colega artista, Denise Scott Brown”. Es por ello indispensable tener conciencia de evitar cometer un mismo error pero en sentido contrario, debido al aire de los tiempos y en obediencia inconsciente a esa posible vanidad de la figura en análisis.

Fontana, Mayorga y Zuaznabar parten de una investigación exhaustiva y rigurosa, que aspira a ofrecer conclusiones y reflexiones de igual carácter. Presentan materiales documentales inéditos con los que articulan un panorama del contexto social y cultural de los años clave de la actividad intelectual de Scott Brown y Venturi, adentrándose también en el interior de su vida doméstica, a través de piezas de mobiliario y obras artísticas de su colección particular, como un modo de poner de manifiesto sus reflexiones sobre el espíritu contemporáneo y el acto de habitar sobre el que fue literalmente “su terreno” y de proporcionar un contacto directo con sus materiales biográficos.

 

Aunque quizá haya un consciente o inconsciente intento por parte del ego de Denise Scott Brown de cierto ajuste de cuentas con la historia, esta exposición y su catálogo trascienden ese propósito estrictamente individualizador para convertirse en un excelente análisis del legado dejado por ella y Robert Venturi.

 

(Este texto es una versión ampliada del artículo que se publicó el 21 de febrero de 2026 en el suplemento cultural de ABC.)

Fotografía encabezado: Retrato de Denise Scott Brown en su casa de Filadelfia en 1977 realizado por Lynn Gilbert.

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