Amnesia necesaria

Amnesia necesaria

Publicado por el Jun 23, 2014

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Caprichos es la palabra que la directora de la Fundación Arquitectura y Sociedad aplicó −durante el marco del reciente congreso «Arquitectura Necesaria» organizado por dicha fundación− a todas esas «obras llamativas y espectaculares que brotaron en España» (durante el reciente periodo de bonanza económica, se sobreentiende). El uso de tal término no tendría nada de reprochable si no fuera porque el director del congreso, Luís Fernández-Galiano, fue una de las figuras que con más intenso ahínco apoyó y difundió la construcción de dichos caprichos cuando los tiempos eran favorables a estos. Por ello, al asistir ahora a tal afirmación uno no sabe, de entrada, si se encuentra ante un sarcasmo o si bien uno se ha perdido algún acontecimiento, sucedido en el interludio, en el que se encuentre la justificación para este extremo cambio de perspectiva.

Es cuando Dominique Perrault presenta su ponencia y, sin rubor alguno, soslaya descaradamente su principal obra en España (La Caja Mágica en Madrid) y presenta un discurso que sitúa su obra dentro de la definición de lo necesario, cuando la confusión ante esa disyuntiva gradualmente se disipa.

De cualquier modo, pese a esta introducción y antes de seguir adelante en este texto, no voy a falsear cuál era en realidad la opinión con la que llegué como asistente a este congreso. No fue tanto desconcertante o sorprendente como pasmante el volver a confirmar una vez más que estaba asistiendo a un nuevo episodio o ceremonia de corroboración de un descarado caso de transfuguismo o travestismo ideológico con la figura de Luís Fernández-Galiano como eje.

No se trata de que quien esto escribe sea un necio que se obstine en no reconocer y aceptar una evolución ideológica, aunque ésta no tenga puntos de coincidencia con la propia postura sobre un determinado tema. Pero, como ya he expuesto en anteriores textos y considero tras la asistencia a este congreso volver a insistir, considero inaudito que no se asuman ni se exijan responsabilidades a quien fue de manera activa legitimador de proyectos en tan evidente cuestión como la Ciudad de la Cultura en Santiago de Compostela de Peter Eisenman, o de caprichos como el Palacio del Sur en Córdoba de Rem Koolhaas o Ciudad del Flamenco en Jerez de la Frontera de Herzog & de Meuron. O más aún, de haber sido uno de los auspiciantes de la imagen de triunfo de la arquitectura en España a través de la colaboración con el montaje On-Site en el MoMA en 2006 –sólo dos años antes de que comenzara la gran debacle económica y la razón y la intuición empezaran a hacer ver la cara oscura de todo aquella aparente grandeza.

Desde la aceptación de que todos hemos podido contribuir a la construcción de esa farsa (aunque seguramente desde una manera menor o mucho menos activa y beneficiosa para sus intereses) daría absolutamente la bienvenida a una reconversión ideológica a la búsqueda y afirmación de una arquitectura de coherencia por parte de Fernández-Galiano.

Mi cuestionamiento viene a las sucesivas puestas en práctica/escena de esta reconversión express suya en el que reconozco la imposición de una obligada amnesia colectiva y en la que la peor parte es su auto-designación en heraldo de esta reconversión, sin haber asumido los errores, sin haber llevado a cabo un replanteamiento de la propia actitud que llevara a dotar de otros sentidos a las nuevas direcciones que se emprendieran. Una reconversión urgente, de ambiciones auto-redentoras que vacía de contenido todas las posibles reivindicaciones que la envuelven y haciéndolas ser nada más que meros vacuos adornos: ¿qué significa arquitectura necesaria? ¿Qué valor acaba teniendo la aportación de conferenciantes de interés como Grafton, Peter Rich, Juan Herreros o Álvaro Siza dentro de un montaje cuyo máximo responsable no explica con claridad qué persigue afirmar? ¿Por qué recurrir a un formato estanco en el que no se promueve ningún tipo de debate con el auditorio? Sólo es posible el acuerdo tácito, impuesto, en un espacio donde no se da la palabra, donde no se hace lugar a los cuestionamientos. ¿Es que las respuestas a estos, si las hubiere, son demasiado endebles como para poder sostener verosímilmente este renovado entramado?

Y el problema no sólo incumbe a Luís Fernández-Galiano y a su estrategia para continuar en la posición de auriga de los designios ideológicos o de tendencia de la arquitectura contemporánea. Lo más inaudito del problema es comprobar al silencio público que envuelve esta tergiversación, únicamente explicable desde la presunción de que en torno a demasiadas cosas y personas se haya generado una red de clientelismos, pleitesías y connivencias que hagan preferible callar y no inquirir –ni siquiera una inquisición motivada por el deseo de una recuperación sincera de un campo sano y saneado para la práctica y pensamiento (la necesidad) de la arquitectura-. Ésa parece la única explicación posible para que esta reconversión −de la que forman parte alusiones a esas «obras absurdamente caras y los museos y los aeropuertos vacíos…» y a la afirmación de que « desde hace poco ha surgido una reacción en defensa de la dignidad de la arquitectura» por parte de quien escribía hace escaso tiempo atrás «[…] Chipperfield, Eisenman, Gehry, Koolhaas, Hadid, Herzog y de Meuron, Ito, Mayer, Mayne, MVRDV, Nouvel, Rogers, Perrault, Sejima y Nishizawa, Siza. Pocos lugares del planeta pueden jactarse de una concentración similar de brillo arquitectónico […]. Pero este desembarco de oficinas internacionales se produce en el contexto de una producción local de muy alta calidad, que puede sin duda compararse favorablemente con las arquitecturas importadas, y que cada vez tiene una mayor presencia en la escena global»−se acepte como algo naturalmente lógico, para la que una justificación que genere un puente explicatorio entre una y otra resulte necesaria; que a nadie le resulte una función teatral impostada y forzada por el cambio de coyuntura imperante, que ha obligado a nuevos discursos y moralejas que quizá poco importan en esencia al autor/director, aparentemente capaz de improvisar un nuevo guión sobre la marcha.

Porque si esta reacción es genuina y se está arremetiendo de veras contra lo innecesario, lo caprichoso, lo superfluo, lo que ha vuelto indigna a la arquitectura, ¿no sería un primer paso necesario comenzar a pensar cómo construir y redefinir un nuevo modelo de territorio de pensamiento y acción para la arquitectura a partir de la desaparición de personajes que si alguna vez ejercieron como críticos acabaron como colaboradores de intereses e interesados? Y, lo más importante, lo necesario no sería únicamente dejarlos fuera de juego sino también destruir sus inexpugnables atalayas de manera que nadie más pueda ocuparlas ni desear hacerlo, que nadie se arrogue el derecho de definir las cosas a riesgo de convertirlas en juegos (de poder).

Y más allá de esta estrategia de conveniente desmemoria me planteo qué significa «arquitectura necesaria» cuando se loa fervorosamente desde otros frentes y se considera que tiene algo que aportar respecto a este concepto a Bjarke Ingels (quien, por cierto se dio el lujo de dejar plantado al congreso), uno de los personajes-emblema del neoliberalismo de nuevo cuño. O se sitúa a la arquitecta india Anupama Kundoo frente a un auditorio donde se otorga mero papel de espectadores a arquitectos con una indudable mayor capacidad propositiva y analítica para hablar de qué es necesario en el devastado y desesperanzado panorama arquitectónico español en este momento pero carentes del efectivo exotismo de ésta.  (Aunque convenga leer esto quizá, irónicamente por supuesto, desde la misma aparente teoría sobre el valor del exotismo que anima a los jóvenes arquitectos españoles a marcharse a buscar sus oportunidades «en el África subsahariana, donde está todo por hacer».) O se otorga peso a una figura como Andres Lepik (de quien hoy claramente adopta Fernández-Galiano la línea de pensamiento) cuya esteticización del tercer mundo está calando y proporcionando respuestas complacientes para un ámbito que precisa algo muy distinto a estas miradas neocolonialistas que impiden ver los auténticos problemas de África y de los estratos más desfavorecidos en otros países con netas desigualdades sociales, y que tampoco ponen en tela de juicio la actitud de las políticas neoliberales globales y su vinculación con esta cuestión.

La lectura que resulta de este congreso es la necesidad de este transfuguismo en el que se considera válido otorgar exactamente el mismo trato a esta arquitectura de supuesta preocupación social, y por la que nunca antes pareció Luís Fernández-Galiano interesado, que la que otorgó en su momento a la de los oropeles y las estrellas (y de la que hoy, parece ser, abjura). La insistencia en esta necesidad de una nueva piel, de soltar el lastre que él mismo acumuló y simular una embestida contra su propio pasado (difícilmente creíble cuando se está, por ejemplo, acompañando a Jacques Herzog en su reciente visita a las obras de la nueva sede de BBVA, actualmente por lo visto ya no considerable edificio icónico ni excéntrico sino sostenible, mientras afirma que se puede hacer «gran arquitectura con muy poco» y readapta también su discurso con astuta corrección a lo que los tiempos demandan decir) es la confirmación de una superficialidad inconsistente y efectista, capaz de mutar para seguir estando.

Unas palabras de Francisco Mangado, patrono fundador de la Fundación Arquitectura y Sociedad, sobre el tema del congreso fueron éstas: «La arquitectura necesaria debe abordar la realidad con sentido crítico, no dando nada por supuesto, alejándose del eslogan, de lo políticamente correcto.»  ¿Por qué entonces tal contradicción? Porque nada de esto sucedió durante el congreso y, tomando las palabras de Mangado, habría que preguntarse si no hemos llegado a este punto de la situación porque confundimos qué tenía que ser la crítica, la confundimos con eslóganes («Más por menos», «Spain Mon Amour», «The Architect is Present» …), conceptos huecos que más que construir un panorama de reflexión y cambio han generado sólo más espectáculo vacío.

Si hoy, como se dice desde este congreso, es necesario acabar con el star-system también sería necesario acabar con falsas actitudes críticas que no supieron responder con ideas a los caprichos y que hoy intenta sobrevivir a base de golpes de efecto políticamente correctos, para mantener (ya desesperadamente) todo en su mismo lugar.

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