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Blogs El blog de Federico Ysart por Federico Ysart

Indecentes

Armengol, presidenta de las Cortes y Sánchez, del Gobierno.
Federico Ysartel

La decencia, además de cuantos conceptos adornan su definición -recato, honestidad, compostura, dignidad, etc.- es algo más: empatía y respeto a los demás, principios básicos para la convivencia de las personas en una sociedad libre.

No resulta hoy la decencia moneda valorada en el mundo político. Por el contrario, está quebrada tras la nueva política con que unos aventureros pretendían la conquista del sol desde la acampada que levantaron en el kilómetro cero de nuestra vieja piel de toro.

Los “Indignados” del 15M, año 2011, llegaron a lo más alto del escalafón político parasitando a un partido socialista que, víctima de su ocupación por el sanchismo, fue incapaz de ganar mayorías suficientes para gobernar.

Y así el profesor Iglesias que quitaba el sueño al doctor Sánchez, en horas veinticuatro fue instalado como vicepresidente segundo del Gobierno de la Nación, donde le acompañó su propia esposa, Irene Montero. En aquel llamado gobierno Frankenstein figuraban personalidades de la talla de Ábalos y Marichús Montero.
El caso es que la decencia se evaporó.

En tan altas esferas sus protagonistas hicieron de su capa un sayo; es decir, lo que les salió de las narices sin tener en cuenta dónde, por qué, ni con quién estaban. Y la arena política comenzó a llanarse de indecentes.

No creo necesario hacer un recuento exhaustivo de sinvergüenzas tales; son demasiados, pululan por allá y por aquí, sobre todo por aquí. En unos deslumbra la grosería, la impudicia, la procacidad y la deshonestidad; en otros, a aparentemente más finos, el abuso, la falacia, el desprecio por las normas y leyes de obligado cumplimiento.

Están en todos los poderes públicos, desde las presidencias del ejecutivo y del legislativo, hasta las escalas inferiores donde tienen acogida hermanos y “sobrinas” interesantes por los servicios prestados.

En esas estamos. Y seguiremos asombrándonos día tras día de lo que el polvo del camino descubra. Manos mal que la sociedad tiene perfectamente objetivadas las penas y sanciones que ameritan los delincuentes.

Pero restaurar la decencia depende de nosotros mismos, y frente a los indecentes sólo contamos con una fuerza: nuestro desprecio.

Política

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