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Gibraltar, parque temático

Luis Ayllón el

El Gobierno de Gibraltar acaba de anunciar que cierra la oficina que tenía montada en la Torre Colón de Madrid para promocionar entre los españoles el turismo en la colonia británica. Al menos esa era oficialmente su intención, aunque a nadie se le ocultó que las autoridades gibraltareñas hubieran querido que les sirviera de plataforma en su política de adquirir cada vez un perfil lo más parecido posible a un territorio independiente. En fin, la crisis se ha llevado por delante esos deseos, lo mismo que se ha llevado las pretensiones de la compañía Andalus de operar una línea aérea Barcelona-Gibraltar. Pese a la comodidad del vuelo, no hay suficientes viajeros y no resulta rentable. La línea que une el Peñón con Madrid tampoco anda muy boyante. Ya se ve que una cosa son los deseos de los políticos que acordaron el uso conjunto del aeropuerto construido sobre el Istmo y otra la vida real.
Ni siquiera la oficina de promoción turística ha conseguido animar a los viajeros, así que los gibraltareños han decidido que la promoción se puede seguir haciendo desde casa, sin necesidad de asumir tanto gasto en estos tiempos difíciles.
Además, después de la visita que Moratinos hizo el pasado mes de julio al Peñón, dudo que encuentren un mejor spot publicitario que el que se pudo ver entonces en todos los medios de comunicación. Peter Caruana, el ministro principal de Gibraltar, se llevó a Moratinos a lo alto de la Roca (The top of the Rock) y le enseñó, enormemente satisfecho, las magníficas vistas que se pueden contemplar de la bahía de Algeciras y, de paso, de las aguas que los gibraltareños reclaman como suyas, a pesar de que el Tratado de Utrecht no se las reconoce.
En Gibraltar, a los turistas no les importa mucho un contencioso tan anacrónico como el que enfrente a España y el Reino Unido. En grandes oleadas, los visitantes salen de los cruceros británicos, estadounidenses o nórdicos, y su objetivo es subir a ver a los inquietos y atrevidos macacos, echar un vistazo a los “bobbies”, con su casco y su uniforme, o pasearse por las tiendas de Main Street, sintiéndose casi como en Londres, escuchando hablar en inglés, aunque trufado con un marcado acento andaluz: “Do you know what I mean, quillo”. Con permiso de Utrecht y con todos los respetos para los ciudadanos gibraltareños -entre quienes tengo buenos amigos-, tal vez la solución al eterno problema de la soberanía, fuera convertir el Peñón en un parque temático. Al menos, sería una buena oferta turística.

 

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