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El mito de la democracia ateniense: leyendo la letra pequeña…

El mito de la democracia ateniense: leyendo la letra pequeña…
César Cervera Moreno el

Hace dos años durante una visita al Máster de ABC, el filósofo y escritor Javier Gomá lanzó una sentencia que despertó un confuso murmullo: «Vivimos un éxito colectivo sin precedentes en la historia. En ninguna otra época se había vivido tan bien». Uno de los masterópodos (el nombre cariñoso con que el coordinador Luis Prados bautiza a los alumnos) increpó al filósofo: «No creo que éste sea el mejor momento de la Humanidad; estamos en una crisis. En la Antigua Grecia, en cambio…». Como la coletilla de la caída del Imperio Austrohúngaro en las películas de Berlanga, la invocación de la Democracia griega, o en su defecto de la romana, a modo de ejemplo de excelencia se ha convertido en algo que se argumenta sin prestar mucha atención a lo que realmente se está diciendo. Se ha convertido en una frase hecha.

Cuando se habla del referéndum de la pasada semana en Grecia, no en vano, siempre se saca a relucir la antigua democracia griega como una prueba de la ancestral disposición helena por acudir a las urnas. Nada más lejos de la realidad. Los atenienses inventaron el concepto de Democracia (aunque la investigación antropológica sugiere que las formas democráticas probablemente eran común en las sociedades sin estado antes del surgimiento de Atenas) e incluso intentaron exportarlo a otras ciudades durante su edad dorada, pero las singularidades e imperfecciones de este precario sistema político hacen que hoy en día sea imposible considerarlo una democracia plena. Lo de Grecia era, en realidad, una oligarquía que marginaba de la toma de decisiones a la gran mayoría de la población.

Si bien la palabra griega «democracia» significa literalmente «el gobierno del pueblo», este gobierno era una asamblea de unos pocos ciudadanos. Quedaban excluidos las mujeres, los esclavos, los menores y los extranjeros (considerándose un extranjero, sin ir más lejos, a alguien procedente de otra ciudad-estado griego). Y dado que la mayor parte de la población estaba formada por esclavos y mujeres, la democracia ateniense guardaba pocas similitudes con la democracia moderna, íntimamente vinculada a la abolición de la esclavitud y a la lucha por lograr la igualdad de todos los ciudadanos. Pero incluso asumiendo que se trataban de unos pocos quienes tenía derecho a asistir a esta asamblea del pueblo, la Ekklesía, la inmensa mayoría de éstos no tomaba la palabra jamás o directamente no asistía. Como en cualquier reunión multitudinaria, una minoría hiperparticipativa era finalmente quien determinaba la agenda y el rumbo del proceso político. Creer, además, que los ciudadanos atenienses hablaban y votaban pensando en el bien común, en lugar de defender intereses personales o grupales como sus modernos equivalentes, pertenece al terreno de la ingenuidad más absoluta.

Vista general del Partenón, en Atenas

Otra de las peculiaridades de la democracia ateniense, que puede resultar especialmente chocante hoy en día, es que la selección de representantes públicos se tomaba por sorteo. No obstante, la capacidad de decidir de estos líderes electos, organizados en una especie de senado o consejo, era muy limitada, dado que los atenienses consideraban que dar el poder a los representantes era retirárselo al pueblo. Asimismo, existían pocos mecanismos de control del poder sobre esta asamblea, con la notable excepción de un recurso legal llamado «graphe paranomon» (también votado por la asamblea), que hacía ilegal aprobar una ley que era contraria a otra.

Posteriormente, la República Romana también adoptó algunos de los elementos típicos de una democracia. Elegía a sus dirigentes y aprobaba leyes mediante asambleas populares. Sin embargo, el sistema estaba manipulado de base para que las grandes familias de la aristocracia romana se repartieran los puestos de poder y las ventajas políticas.

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