“Las grasas saturadas afectan también a la memoria”

“Las grasas saturadas afectan también a la memoria”

Publicado por el ene 28, 2017

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Por Santiago Guerra Cantera

Julie Chowen estudia la obesidad desde una perspectiva en la que las células gliales tienen un papel protagonista. “Inicialmente se consideraba eran células de sostén. Poco a poco se descubrió que tenían más y más funciones, y se sabe que son muy importantes en el control del cerebro”, explica. Hallazgos de su laboratorio demuestran que algunos tipos de grasas tienen efectos tóxicos en el cerebro, y que la respuesta es diferente según el sexo. La doctora Chowen explicó estas y otras ideas en el congreso “Nuevas fronteras en la Investigación en Obesidad” (New Frontiers in Obesity Research) en noviembre de 2016, en Córdoba,  organizado por el CIBER de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición del Instituto de Salud Carlos III y la Sociedad Europea de Endocrinología.

Nos recibe en su despacho del laboratorio de Endocrinología del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús, que dirige conjuntamente con el doctor Jesús Argente. Natural de Michigan, Estados Unidos, a la doctora Chowen la respalda una prolífica carrera investigadora tanto en su país de origen como en España, donde ha desarrollado gran parte de su vida profesional..

Uno de los culpables del incremento de la obesidad en países occidentales es la dieta rica en grasa, especialmente saturadas. ¿Qué consecuencias tiene esto para el organismo?

Las grasas saturadas no aportan únicamente un exceso de calorías, sino que, además pueden tener un efecto tóxico para las células. Esto es algo que estamos estudiando actualmente. No todas las grasas son iguales. Mientras que algunas de ellas, como las insaturadas, son beneficiosas para el organismo a dosis controladas, otras, como las saturadas, en dosis elevadas representan una toxina para las células. El organismo no solo percibe las grasas saturadas como nutrientes, sino también como tóxicos.

¿Y para el cerebro?

En el laboratorio sometemos a animales de experimentación, principalmente ratas, a este tipo de dieta. En el cerebro, tanto las neuronas como las células gliales (en especial los “astrocitos” y la “microglía”) responden a este exceso de grasas saturadas desencadenando la inflamación. El cerebro activa este proceso para protegerse, pero de forma prolongada puede ser perjudicial. Además, este proceso no solo ocurre en el hipotálamo, que regula el hambre, sino en el cerebro entero. A altas dosis, las grasas saturadas pueden dañar a las neuronas y afectar a procesos cognitivos. Por ejemplo, en regiones como el hipocampo, responsable de la formación de la memoria, se deteriora la producción de nuevas neuronas en roedores.

 La dieta rica en grasa no solo tiene consecuencias sobre el sistema circulatorio, sino también en el cerebro. ¿Nos olvidamos de esa parte del problema?

En efecto. Hay acumulación de grasa en las arterias y además el cerebro está detectando un problema. Esto afecta a cómo percibe los demás nutrientes: hasta el metabolismo de la glucosa presenta cambios por esta causa. Por eso es muy importante tener en cuenta el nivel central, o cerebral. Además, hay datos que indican que el primer lugar afectado por este tipo de dietas es el central, antes que el periférico.

 Un enfoque muy interesante de su laboratorio es el estudio de las diferencias sexuales en la respuesta cerebral a la dieta grasa. ¿Podría explicarlo?

Por lo menos en algunos modelos animales, las hembras son más resistentes a la dieta grasa. Sometemos a ratas durante una larga temporada a este tipo de dieta, y los machos empiezan a tener problemas en el cerebro y en todo el organismo antes que las hembras. Esto es debido en parte a las diferencias hormonales que tenemos. Sabemos que el estradiol, un tipo de estrógeno, es protector frente a procesos como la obesidad o los daños cerebrales causados por los ácidos grasos.

 ¿Y todo esto lo podemos trasladar al ser humano?

Sin duda. Hay datos objetivos que muestran que esto ocurre también en humanos. Obviamente, ambos sexos somos diferentes desde muy jóvenes, y parte de estas diferencias son causadas por las hormonas sexuales. El cerebro de hombres y mujeres responde de forma diferente a la dieta rica en grasa.

Centrándonos en las mujeres, a lo largo del ciclo menstrual las ganas de comer no siempre son las mismas. ¿Depende de los estrógenos circulantes?

Exactamente. A lo largo del ciclo menstrual, los niveles de estrógenos varían. Aalrededor de la ovulación, cuando hay un pico en los niveles de estrógenos, el apetito disminuye. En cambio, en la fase menstrual, cuando sus niveles caen, aumenta. Esto es debido a que los estrógenos tienen un efecto saciante en el organismo. Lo mismo ocurre en mujeres tras la menopausia: al caer sus niveles de estrógenos, pierden esta protección y ganan peso más fácilmente.

¿La obesidad se puede considerar una enfermedad?

La obesidad es una enfermedad, y generalmente causada por varios genes y factores. En realidad hay que hablar de obesidades, porque no todos tenemos el mismo conjunto genético ni tenemos por qué presentar el mismo tipo de obesidad. Es cierto que hay algunas formas de obesidad que son causadas por un único gen, pero en la mayoría de los casos es por varios genes. Una cosa es el metabolismo y otra la dieta que ingerimos, ya que no todos respondemos a la misma dieta de la misma manera. Esta es la parte genética. Y después tenemos el componente epigenético, es decir, las modificaciones en nuestro ADN que adquirimos a lo largo de la vida por el ambiente en el que vivimos. Hasta en el desarrollo uterino, o desde muy jóvenes, factores como el ambiente o el estrés materno pueden determinar la respuesta a esta dieta. Hay por tanto muchos elementos que actúan a este nivel. Hay que tener esto en cuenta dado nuestro estilo de vida actual, ya que todo esto puede causar problemas en el desarrollo del niño a largo plazo.

¿El objetivo sería encontrar estrategias personalizadas frente a la obesidad?

Que no le quepa la menor duda. Los estudios para desarrollar medicamentos van por ese camino. A lo mejor no para cada persona, pero sí para cada grupo de personas que tienen un tipo de obesidad parecida. No serán tratamientos para todo el mundo, sino que serán específicos.

¿Cómo se controla el apetito en el cerebro?

En el laboratorio estudiamos principalmente una región del cerebro, llamada el hipotálamo, que se encarga del control metabólico y hormonal del organismo. Aquí hay una serie de neuronas que inducen las ganas de comer, y otras que tienen el efecto contrario. Ambos grupos actúan en balance, teniendo como resultado que tengamos hambre o no. Estas neuronas reciben señales del resto del organismo: hormonas como la leptina o la insulina, pero también nutrientes como glucosa o ácidos grasos. Estas neuronas después conectan con otras distintas. Este sistema de control es el de que se denomina el “circuito de la melanocortina”, que es una diana habitual para estudios de obesidad. No obstante, éste no representa el único sistema. Así, aunque eliminásemos las neuronas que provocan el hambre, también se induciría el apetito administrando una dieta rica en grasa. Este hecho curioso se debe a que interviene el sistema de recompensa del cerebro. Frecuentemente no comemos porque tenemos hambre, sino porque nos gusta comer, por la recompensa que recibimos

Usted comenzó su carrera investigadora en Estados Unidos. Realizó su tesis doctoral allí y se vino a España para realizar una estancia postdoctoral. Desde entonces ha desarrollado su carrera científica en nuestro país. ¿Podría comparar el papel de la investigación entre ambos países?

Hay una diferencia fundamental que todo el mundo conoce, y es el presupuesto del que disponemos. Es mucho mayor en Estados Unidos que aquí, pero eso no significa que aquí no hagamos buena ciencia. Creo que en España la gente es más colaboradora para utilizar los recursos que se tiene. Sin embargo, allí hay mucho más apoyo social e institucional y no político. La investigación en EEUU está vista como algo muy importante para la sociedad, y muy valorada para el futuro del país. Se asume que la investigación es esencial para el progreso, entendiendo que el desarrollo de medicamentos y patentes genera riqueza para el país. En España aún no somos muy conscientes de ello. 

 Santiago Guerra Cantera – Alumno del Máster en Neurociencia de la UAM

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