“El cerebro no determina lo que somos, es solo un mediador”

“El cerebro no determina lo que somos, es solo un mediador”

Publicado por el Jan 10, 2017

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Por Inés Abalo Rodríguez

Marino Pérez Álvarez es catedrático de Psicología de la Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la Universidad de Oviedo. Conocido por su prolífica labor de divulgador, ha escrito, entre otros libros, La invención de los trastornos mentales o Volviendo a la normalidad: la invención del TDAH y del trastorno bipolar. En su libro El mito del cerebro creador, se posiciona en contra de la tendencia actual a reducir la conducta humana al cerebro y critica especialmente las corrientes que sitúan en el mismo la causa de actividades puramente humanas.

Su libro se titula El mito del cerebro creador, ¿a qué se debe ese título?

“El mito del cerebro creador” se refiere a que se atribuye al cerebro la causa y la creación de las actividades humanas, de las conductas de la gente… Actividades que hasta ahora se entendían como propias de la persona dentro de un contexto histórico y social. La atribución de todo ello al cerebro es lo que denomino “mito”, por ser una explicación que no se sostiene científicamente ni de ninguna manera.

Entonces, ¿no somos nuestro cerebro?

Sí y no. Desde luego el cerebro es constitutivo del cuerpo humano, de lo que somos… de hecho sin cerebro no habría ni vida. Pero el cerebro no es el causante de que los humanos seamos como somos, sino que es nuestra historia acumulada a lo largo de los siglos y los diversos contextos sociales en los que crecemos lo que hace que seamos así, en este momento. El cerebro humano actual es exactamente igual desde hace veinte, treinta o incluso cuarenta mil años, según algunos autores. Y sin embargo, actividades como el lenguaje, la escritura, la geometría o la ciencia han aparecido cronológicamente después; actividades cuya causa se atribuye en muchas ocasiones y de forma engañosa al cerebro. Todas estas actividades, incluyendo el lenguaje y la escritura, tienen una historia social y colectiva, no generada por un cerebro, sino por individuos, que tienen un cerebro, sí, pero que viven en una sociedad, en un contexto, que tienen sus circunstancias y unas posibilidades de vida. Y son esos contextos los que han permitido que el propio cerebro evolucione. El cerebro no crea estas actividades, sino que las media, las permite. El cerebro es un órgano mediador, no causador, de las actividades humanas. El cerebro forma parte de un andamiaje (como se dice en términos evolutivos y psicológicos) histórico y cultural gracias al cual media las actividades humanas, pero no las crea. Por eso hablo del “mito del cerebro creador”; porque el cerebro no crea, sino que media y permite la existencia de las actividades que se le atribuyen, pero estas actividades son históricas y sociales, colectivas, antes que generadas por ningún cerebro.

¿Es esto a lo que usted se refiere como “cerebrocentrismo“? ¿Podría explicar exactamente qué es?

Sí, efectivamente. El cerebrocentrismo se refiere a una tendencia actual en nuestra época por la cual se atribuyen al cerebro actividades que dependen de nuestro organismo como un todo, sin tener en cuenta que el cerebro es parte del organismo y que dicho organismo vive inmerso en un contexto social e histórico.

¿Por qué se ha convertido el cerebro en una moda durante los últimos años?

La década de 1990 fue denominada la “década del cerebro”. Se invirtió mucho dinero en estudiar el cerebro y éste pasó a ser casi el tema de referencia de la investigación. A partir de ahí el cerebro se convirtió en una moda. Se hizo popular, se llegó a las revistas de quiosco para situar en el cerebro las cosas que les pasan a los humanos, a la gente, en especial todo aquello que tiene que ver con problemas, con enfermedades, con trastornos… Todos los trastornos psicológicos o psiquiátricos se han atribuido al cerebro. Y eso a la gente le resulta muy cómodo, porque les excusa de la responsabilidad que uno tiene de las cosas, así como excusa también a la sociedad de los problemas y las contradicciones que tiene que dan lugar a los problemas de la gente… Atribuyendo al cerebro estos problemas, el individuo y la sociedad quedan “a salvo”, como si dijéramos. Esto ha contribuido a la fama del cerebro como agente causal de los problemas. Por no hablar, además, de que esta serie de atribuciones es muy aprovechada por ciertas profesiones como la psiquiatría o la industria farmacéutica, que explican que los problemas de la gente tienen una causa cerebral y, por tanto, un remedio en los fármacos. Ha servido entonces para aunar distintos intereses.

¿Buscar en el cerebro conceptos como “la consciencia”, “el amor” o “la empatía” es un error?

Es un error si intentamos encontrarlos en estructuras del cerebro, como si fueran actividades que se redujeran o se explicaran por circuitos neuronales y procesos neuroquímicos, sin lugar a dudas. Eso es un reduccionismo que no se sostiene y no tiene nada que ver con las acciones y las experiencias que realizan los humanos, cuyas actividades se relacionan siempre con otras personas en un contexto histórico y social. La empatía, por ejemplo, no depende de un circuito neuronal, sino de las pautas de crianza de los seres humanos, desde el nacimiento en relación con otras personas, con los cuidadores, etc. Por otra parte, todo lo que tenga que ver con el amor está ligado irremediablemente con las prácticas sociales, con el modo en que se entiende en una época y en una sociedad concreta. El amor cortés, por ejemplo, que se dio en una época muy determinada del siglo XIII y que a día de hoy apenas se lleva, no es algo que dependa del cerebro, sino de unas prácticas sociales. Eso es a lo que yo llamo cerebrocentrismo, atribuir actividades muy característicamente humanas como si fueran un producto del cerebro, cuando éste es un órgano mediador porque media estas relaciones, no el que las causa o las crea.

Si el cerebro no es el centro de nuestra conducta, ¿tiene sentido estudiar Neurociencia?

La Neurociencia es una disciplina muy importante, y estudiar el cerebro es, amén de muy complicado, importantísimo para entender muchísimas cosas: el desarrollo del organismo, del individuo, de nuestra vida… El problema está en convertir a la Neurociencia en la ciencia básica y reducir a ella todas las disciplinas y todos los conocimientos que son importantes. La Neurociencia se ha propagado o exagerado en sus dimensiones y esto ha ido en retraimiento de las ciencias sociales y humanidades que se han acomplejado y rendido ante la Neurociencia. La Filosofía es un ejemplo a pesar de que los principales problemas que trata la Neurociencia son problemas filosóficos. El reduccionismo (reducir todo al cerebro), reducir todo a la química, concebir que todo es materia… todo esto son problemas filosóficos, no empíricos.

¿Cómo cree que debería enfocarse el estudio de la Neurociencia?

El estudio de la Neurociencia debe enfocarse sin perder de vista los problemas filosóficos que ella misma plantea. Por ejemplo, el debate de si todo se reduce a la química, al cerebro, o si por el contrario el cerebro es un órgano del cuerpo humano, y éste es a su vez un organismo que depende de un medio social, dependiendo de otras personas, históricamente construido… Hay que entender que el funcionamiento humano en su complejidad no es algo que dependa de conocer el cerebro exclusivamente. En realidad es algo que ni los propios neurocientíficos hacen; son únicamente esas versiones populares y las malas divulgaciones tipo Punset las que contribuyen a estos malentendidos de la misma Neurociencia. Los neurocientíficos, cuando escriben en las revistas científicas, son muchísimo más cautos y humildes a la hora de entender el papel del cerebro que los divulgadores o los mismos científicos cuando escriben libros de divulgación en los cuales a veces se excede en atribuir al cerebro cosas que en realidad no se explican por el cerebro.

Su libro se centra mucho en tener en cuenta un enfoque filosófico que enmarque la investigación en Neurociencia. ¿Considera necesario que los científicos sepan de filosofía?

Así es. Es absolutamente fundamental que los científicos sepan de filosofía. Todo científico, al margen de la opinión que tenga de la filosofía, aun pensando que la filosofía no es relevante para él o que ésta está superada por la ciencia, tiene una filosofía espontánea. Todo científico tiene unas concepciones espontáneas de la propia ciencia. De este modo, cuando dice que todo se reduce al cerebro o a la neuroquímica, está planteando un concepto filosófico y no propiamente científico. En ese sentido los científicos deberían tener una mayor conciencia y formación filosófica, para evitar seguir esa filosofía espontánea, a menudo ridícula e infantil, que no llega seguramente ni a la época de los presocráticos, que reducían todo al agua, al fuego, al aire… Muy a menudo los neurocientíficos actuales reducen todo a la química y en ese sentido están siendo presocráticos. Así que la formación filosófica de los científicos es fundamental, pues muchos de sus problemas son filosóficos y conceptuales y no meramente técnicos. Hay un gran error, yo lo escucho muy a menudo, que consiste en que las ciencias derivan de la filosofía, y que por tanto la filosofía perdió su sentido porque ha derivado en las distintas ciencias (la química, la física, la psicología, la sociología…). Eso no es cierto; las ciencias no derivan de la filosofía, sino que derivan de las prácticas históricas de los distintos campos de las ciencias, y la filosofía surge precisamente por las contradicciones y complejidades que generan las propias ciencias al entrar en contacto, en contradicción, unas con otras. De modo que la filosofía no está excusada por las ciencias, sino que las ciencias necesitan de la filosofía. La filosofía brota de las ciencias. Así que por concluir, sí, considero que los científicos debieran tener más conciencia y formación filosófica, para evitar quedar a disposición de esa filosofía espontánea sin saber si quiera que la tienen.

 Inés Abalo Rodríguez – Alumna del Máster en Neurociencia de la UAM

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Marino Pérez Foto: Ernesto Agudo

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