Cuando Ángel Nieto tiró un butacón por la ventana de un hotel y Crivillé amenazó con tirar la tele

Cuando Ángel Nieto tiró un butacón por la ventana de un hotel y Crivillé amenazó con tirar la tele

Publicado por el Aug 24, 2017

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Crivillé, Sete, Nieto, Lorenzo y Elías.TVE

Nieto ya no está. Le echo de menos. Su desparpajo, su don de gentes, que era paralelo a su don de moto, el que vio en Rossi, el que vislumbró en Márquez. ¿Por qué los grandes pilotos que se han jugado la vida durante veinte años sobre un motor se matan después de la manera más tonta? Es la ley de Murphy. Hayden murió en un cruce, en un coche. Schumacher se encuentra desde hace mucho tiempo entre la vida y la muerte por un accidente de esquí. Hailwood falleció un día al salir a comer con sus hijos. Nieto, en un quad.

Tue el privilegio de vivir mi bautizo como periodista de motociclismo con él. Dedicado primordialmente al fútbol, al Real Madrid y a la selección española, Nieto supuso mi tercera entrevista profesional, cuando apuntaba a afeitar mis primeros pelos en la barbilla.

La primera entrevista se la hice a Julián Berrendero, gran ciclista. La segunda, a Pirri, jugador del Real Madrid, en el hotel Arcipeste de Hita, donde se concentraba el equipo blanco en la pretemporada de verano, al lado de Miguel Muñoz, Amancio, Wolf, Guerini, Del Bosque, Velázquez, Camacho y Rubiñán, entre otros excelentes futbolistas. Camacho y Rubiñán montaban un espectáculo en el bar del hotel, se subían a la tarima y sacaban las carcajadas de todos nosotros con sus chistes e imitaciones. ¡Cómo imitaban a Muñoz y a Amancio! Menudo par. Del Bosque, jugador joven, destacaba que cuando dormía hacía ejercicios de abdominales sin darse cuenta. Y la tercera entrevista fue con Ángel Nieto.

Estábamos en el Jarama, a finales de los años setenta. Se corría el Gran Premio de España. El zamorano de Vallecas disputaba dos carreras, las de 50 y 125 centímetros cúbicos. Ganó el Gran Premio de 50 y el campeón corría hacia su box para cambiarse de mono, refrescarse y volver en 50 minutos para salir a ganar la prueba de 125. En esa carrera sin motor hacia su box yo le seguí a rebufo, corriendo. Le dije que quería entrevistarle. Me dijo que le fuera preguntando mientras andaba y que hablaría también mientras se cambiaba.

Yo estaba encima de Ángel, en la entrada del box, y el piloto se quitó aquel mono gordo, de piel gruesa, bajo un calor de injusticia. Bajó la cremallera desde el cuello hasta el vientre y me cayeron encima dos litros de agua. No era sudor, porque los deportistas no sudan como los demás. Era agua pura. Me bañó, se partió de risa y me dijo: “Estás bautizado, pregunta”.

Media hora después ganó también el Gran Premio de España de 125. Hicimos crónica de sus dos victorias y la entrevista al lado. Comenzamos así una relación que ha perdurado cuarenta años, hasta que un accidente tonto se lo ha llevado al podio del cielo.

Amigo de otros grandes campeones de nuestro país, siempe recordaba que en 1973 abrió una tienda llamada La Boutique de la Moto, en la que también era socio Pedro Carrasco, un mito del boxeo. Tenía que recodarle siempre que su primer triunfo en el Mundial de motociclimo se produjo en Sachsenring, entonces la Alemania Oriental, en 1969. Ángel se equivocaba con Assen.

Sus éxitos le hicieron ser querido en todo el mundo. Recuerdo cuando participó en un acto en el Guggenheim de Bilbao. Rememoró sus carreras en el circuito de Begoña y la sala prorrumpió en ovaciones.

Llegó a lo más alto desde lo más bajo. En Madrid era mecánico y probaba las motos extranjeras de los clientes pudientes. Hasta que decidió irse a Barcelona para hacerse mecánico de una marca de competición y salta a ser piloto. Bultaco le fichó y le despidió. Luego fue a Derbi, a Ducati y volvió a Derbi. Todo el mundo me pide que rememore lo que él me contó hace una década: “No viví en una frutería, sino ¡en el sótano de la fruteria, congelado! Claro que lloré, solo. Estuve a punto de tirar la toalla muchas veces. Comía cosas de la frutería. Hasta que pude ser mecánico. Hice la moto de competición y propuse probarla y ser yo el piloto. Me hicieron piloto profesional”. Había nacido una estrella.

Ángel disfrutó de sus éxitos y, como padre del motociclimo español, ayudó a todos los que vinieron después. Siempre habló bien de Pedrosa, de Márquez, de Lorenzo, de Crivillé, de todos. Les dio moral y consejos.

Voy a relatar la historia que Crivillé vivió con el zamorano cuando el catalán se proclamó campeón del mundo de 500 en 1999. Estaban en un gran salón de un hotel, donde celebraban el título. Ángel era más feliz incluso que Álex, siempre comedido, tímido, cauto. Crivillé, cansado tras un día de emociones, se marchó a su habitación pasadas unas horas de fiesta.

Transcurrido un rato, Nieto vio que Crivillé no estaba y fue a su habitación a traerle de nuevo al jaleo. Y le dijo en la fiesta: “¡Eres campeón del mundo de 500! ¿Sabes lo que es eso? ¿Lo más grande del mundo!”. Acto seguido, Ángel cogió un butacón del salón y lo lanzó por una ventana, a varios pisos de altura, a veinte metros del agua. El butacón cayó en la piscina, menos mal, de madrugada. Menos mal que no había nadie abajo. Estaba loco de alegría.

La adrenalina feliz de piloto que Ángel demostró en ese momento se inyectó en Crivillé,  que cogió un televisor para lanzarlo también por la ventana. Le detuvieron en el último instante. El propio Nieto le agarró. Con un loco era suficiente. Nieto fue uno de esos locos bajitos de la moto que era muy grande. Una estrella. La carrera de aquel butacón es inolvidable. Hizo vuelta rápida y récord del hotel. Carmelo Ezpeleta, el jefe del negocio, debería registrarla.

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