Spanair y el combustible como argumento final

Publicado por el Jan 30, 2012

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Spanair paró sus aviones en los aeropuertos y dejó a sus clientes en tierra cuando la caja vacia no permite pagar el combustible. Estiró la puja hasta el final, con la esperanza de lograr más créditos o avales públicos que garantizaran la continuidad con la amenaza de un mal mayor, de un escándalo. No hubo caso, no llegaron esos nuevos créditos imprescindibles para alargar la agonía, porque ningún organismo, banco o inversor dispone de fondos o está dispuesto a poner dinero bueno sobre malo.

El argumento de “pagar el combustible” es decisivo, ocurrió en otros momentos. Por ejemplo cuando Franco asumió el Plan de Estabilización en 1958 el argumento de los ministros Ullastres y Navarro Rubio (los tecnócratas) fue semejante: “mi general, no podemos pagar el petróleo”. Y el general entendió que tenía que poner punto final a la autarquía y su anejo pensamiento militar para la economía de un régimen autoritario.

Spanair agotó un par de veces el tiempo de descuento y el punto final de una compañía inviable. Ni era una compañía regular con posibilidades, ni una de bajo coste de nueva generación. No pudieron con ella ni los fundadores, ni los siguientes, ni SAS, ni ahora un montaje artificioso auspiciado por el gobierno catalán para lograr otro objetivo: nuevas rutas internacionales para el aeropuerto de Barcelona. Al servicio de ese objetivo Spanair ha durado unos años más, ha estirado la inviabilidad y se ha llevado por delante algunos centenares de millones de euros del Gobierno Catalán, del Ayuntamiento de Barcelona, de empresas y organismo públicos catalanes, de La Caixa… en resumen, una demostración adicional de que la confusión de objetivos no suele traer nada bueno.

No van a faltar gentes que acusen del desastre al gobierno español y a esa entelequia que se llama “Madrid”. “Rusia es culpable”, pretendía la propaganda franquista frente a algún contratiempo; ahora se lleva el “Madrid o AENA o Fomento… son culpables de que El Prat no tenga más pasajeros, más frecuencias, más rutas”.

El punto final de la compañía no ha podido ser más triste, más desastroso. Dejó los aviones en tierra y a los pasajeros también sin un plan para minimizar los daños, para disimular el fracaso. Un desastre que mina la autoestima, que da argumento a los que advierten de la inminente catástrofe nacional. Y los pilotos de Iberia otra vez en huelga porque no quieren perder posición; no es que estén en el cielo, donde están es en Babia.

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