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Wu Yulu, el campesino más robótico de China
10 Noviembre 2009, 10:54Si no fuera un campesino que dejó de ir a la escuela con 14 años porque era muy mal estudiante, Wu Yulu estaría hoy trabajando para la Agencia Espacial China y hasta es probable que hubiera diseñado algún cohete lunar o un satélite. Y es que, sin conocimientos técnicos y valiéndose sólo de una pericia innata, Wu Yulu ha fabricado ya 36 robots que le han reportado la fama en China al ganar alguno de esos concursos de televisión que premian a excéntricos inventores autodidactas.
"Era distinto a los demás niños, que estaban siempre jugando. A mí me gustaba observar los movimientos de las personas y animales y luego reproducirlos en las máquinas", explica Wu Yulu, que tiene ya 48 años y fabricó su primer robot en 1979.
Dicho artilugio, que le llevó una década terminarlo, era un rudimentario "Mecano" de 26 centímetros adornado con la cabeza de un muñeco y montado con alambres, engranajes de hierro y cables sacados de la basura, pero podía andar y mantener la estabilidad gracias a un par de pilas. "No había visto películas de ciencia-ficción ni leído libros fantásticos porque en aquella época no teníamos nada de eso en los pueblos chinos", se sincera el hombre en el taller de su casa, ubicada a 40 kilómetros de Pekín en el pueblo de Tongzhou.
Su segundo robot, que le costó fabricarlo medio año en 1980, era otra pequeña máquina herrumbrosa de cuatro patas dotadas con imanes para poder escalar por las puertas de hierro. Desde entonces, y utilizando sólo piezas sencillas como ruedecillas de metal, manguitos de plástico, tornillos, tubos, chapas o madera, Wu Yulu ha perfeccionado sus creaciones y hasta ha desarrollado robots con el mismo tamaño de un humano capaces de arrastrar un palanquín y pronunciar pequeños mensajes que, previamente, ha grabado en un megáfono.
Es el caso de Wu número 32, un colorista artefacto de 1,6 metros formado con un cuerpo de latón que pesa 100 kilos y está enganchado a una silla de hierro con ruedas. "Buenos días. Soy el robot porteador y llevo de paseo a Wu Yulu, que es mi padre", dice moviendo los ojos y los labios de gomaespuma mientras avanza pasito a pasito gracias a una batería eléctrica y varios alternadores que le permiten tirar del carrito en el que viaja su creador.
Un modelo similar a éste, capaz de cargar con 300 kilos, fue expuesto en la feria científica de Shijiazhuang, en la provincia de Hebei, junto al último cohete espacial chino. Por 10.000 yuanes (1.000 euros), Wu Yulu lo alquiló luego durante tres meses a una televisión japonesa y después lo vendió a una empresa de Nanjing, cuyo dueño pagó 50.000 yuanes (5.000 euros) por tan original juguete.
"Compro todas las piezas a las compañías de reciclaje a 30 yuanes (30 céntimos de euro) el kilo y yo mismo moldeo el hierro para que las cabezas, las piernas y los brazos tengan un aspecto más humano", explica el inventor en la puerta de su casa, la típica vivienda de campesinos chinos con varias destartaladas estancias y un patio central donde sus robots se mezclan con sus perros bajo la ropa colgada a secar.
Al principio, a la mujer de Wu Yulu no le hacía ni pizca de gracia que estuviera todo el día trasteando entre hierros y cables en lugar de atender su campo de maíz y trigo, pero cambió de idea en cuanto su marido empezó en 2002 a aparecer en televisión, donde ganó la fortuna de 10.000 yuanes (1.000 euros) en un programa sobre inventores caseros.
"Mi próximo proyecto es un robot que pueda desarrollar movimientos más complicados, como bailar o coger un cigarrillo", concluye ilusionado Wu Yulu, quien trabaja en sus inventos 16 horas al día. Pero no está solo. En lo que supone un auténtico relevo generacional, su hijo pequeño, de 21 años, ha recogido el testigo y, gracias a sus estudios en la Universidad Tecnológica de Pekín, ya colabora con él instalando sencillos programas informáticos a sus nuevos robots. Entre ellos destaca un juego de damas contra el que juega en sus ratos libres Wu Yulu, el campesino más robótico de China. -
Un crucero por el Yangtsé
05 Abril 2009, 23:53En esta China que aún presume de comunista, pero que se ha arrojado en brazos del capitalismo, hasta una obra de ingeniería puede convertirse en un lucrativo negocio turístico. Claro, que si dicha construcción es la presa de las Tres Gargantas, el faraónico embalse levantado en el río Yangtsé, y si, encima, se ubica en un paraje de incomparable belleza natural como los desfiladeros por los que fluye su cauce, su éxito se explica fácilmente.

Desde que, en noviembre de 2003, comenzó a almacenar sus 39.300 millones de metros cúbicos de agua, este monumental enclave recibe cada año la visita de cientos de miles de turistas, por lo que ya se ha convertido en uno de los motores económicos del interior del gigante asiático. No en vano, dicho embalse genera ya un tercio de los 23.000 millones de yuanes (2.357 millones de euros) que el turismo se deja anualmente en la cercana ciudad de Chongqing.

A 600 kilómetros de distancia y dos días en barco de la presa, esta impresionante megalópolis de 30 millones de habitantes, que se extiende por 82.400 kilómetros cuadrados y alberga 15 distritos y 25 condados, es el punto de partida de los 100 cruceros, 40 de ellos de gran lujo, que surcan el Yangtsé en dirección a Yichang, la ciudad de la vecina provincia de Hubei donde se alza majestuoso el embalse.
Una de esas embarcaciones es el Victoria VII, un navío de 87 metros de eslora y con capacidad para 163 pasajeros en el que realicé esta espectacular travesía, cuyo precio oscila entre los 300 euros de los camarotes más sencillos y los más de 500 que cuestan sus diez suites y habitaciones de alto nivel. Tras zarpar del embarcadero de Chaotianmen, donde han proliferado los rascacielos que configuran el particular y caótico “skyline” de Chongqing, el Victoria VII se adentra en el Yangtsé justo en su confluencia con el río Jianling.
En la oscuridad de la noche, las luces de neón de los edificios se reflejan sobre el agua, donde los más elitistas yates con restaurantes conviven con desvencijados cargueros de mercancías que circulan por el río desde la populosa ciudad de Chengdu, en la provincia de Sichuan, hasta su desembocadura en el Océano Pacífico a la altura de Shangai.
No en vano, el Yangtsé, el tercer río más largo del mundo tras el Nilo y el Amazonas, es navegable en buena parte de sus 6.340 kilómetros, entre los que destacan su paso por las Tres Gargantas. Tras nacer en el altiplano del Qinghai-Tíbet a 6.621 metros de altitud, el “Chiang Jiang” o “Río Grande” de China alcanza su máxima expresión en este tramo de casi 200 kilómetros en el que se estrecha entre abruptos barrancos de entre 80 y 100 metros de altura cortados a cuchillo.
Ése es, precisamente, el sensacional paisaje que aguarda al viajero después de pasar la primera noche en el barco. A la mañana siguiente, la nave se ha plantado con su ritmo parsimonioso en la Puerta de Kui, donde comienzan los ocho kilómetros del recorrido por la primera garganta, Qutang.

Antes de penetrar en la misma, el Victoria VII hace una pequeña parada en el templo de Baidicheng (Ciudad del Emperador Blanco), que data de finales de la dinastía Han (206, a.C.-220) y donde los poetas clásicos chinos, como Li Bai, Bai Juyi y Lu You, escribieron sus más inspirados versos sobre la belleza de las Tres Gargantas. Conocida también como la Ciudad de los Poemas, Baidicheng conserva aún muchas de estas obras inmortales, por lo que el santuario se salvará de ser engullido por la subida de las aguas y se convertirá en una isla.

En este sentido, la construcción de la presa ya ha provocado que el río se eleve hasta los 140 metros sobre el nivel del mar, por lo que seguirá ascendiendo hasta los 175 metros. En dicha crecida, el agua ha inundado ciudades como el vecino municipio de Feng Jie, que permanece en el fondo del Yangtsé desde junio de 2003. En el mismo lugar de la orilla que ocupaba, pero varias decenas de metros más arriba, ha sido construida la nueva ciudad, mucho más moderna y funcional que la anterior y donde viven 120.000 personas.

Una vez dejada atrás Feng Jie, el cauce se encoge peligrosamente hasta los 100 metros de anchura, dificultando una navegación que atraviesa cumbres de más de 1.000 metros de altura. En muchas de ellas, como el Monte de la Sal Blanca, se pueden apreciar aún las inscripciones realizadas en la roca durante la Dinastía Song (960-1279) y hasta tumbas incrustadas en la pared que proceden del Paleolítico.
Antes de pasar a la segunda garganta, denominada Wu, el Victoria VII atraca en Wushan, otro núcleo de población que fue anegado hace tres años y cuya nueva urbe fue levantada entre 1994 y 2002. Tras hacer noche en dicha ciudad, que ha aumentado su población desde los 40.000 hasta los 70.000 habitantes, los pasajeros abandonan el barco para recorrer en pequeñas lanchas las Tres Gargantas Menores.
Así se conoce al conjunto de estrechísimos y bucólicos corredores de agua por los que discurre el río Daling, uno de los afluentes del Yangtsé, entre Wushan y Wuxi, donde el cauce se reduce aún más en las Tres Gargantas Diminutas.
Con el recuerdo de este sobrecogedor paisaje aún vivo, el buque reemprende el camino y atraviesa los 45 kilómetros de Wu, la segunda garganta. Dividida en dos secciones, en ella resaltan los picos de 12 montañas que se divisan entre la bruma que envuelve al desfiladero y que preceden a Xiling, la tercera garganta.
Con 76 kilómetros, éste es el tramo más largo y uno de los más ricos, puesto que alberga la reserva de Shennongja, donde se localiza la cima más alta del interior de China con 3.052 metros, y el templo de Huangling, el más antiguo de la región.
Al final del camino, en Yichang, aguarda el embalse de Sandouping, una mastodóntica mole de cemento que estrangula al Yangtsé en sus 2,3 kilómetros de largo y que provoca una caída del agua de 185 metros. Con dicho desnivel, sus 26 turbinas generan 84.700 millones de kilovatios por hora al año. Tal producción representa el 11 por ciento de la acuciante necesidad de energía eléctrica que requiere el extraordinario desarrollo del coloso oriental.
Además, el embalse, que formará un lago de 663 kilómetros hasta Chongqing, servirá para controlar los desbordamientos del río Yangtsé, cuyo cauce debe salvar en este punto un desnivel de 113 metros. Para ello, la presa cuenta con cinco esclusas con capacidad para ocho barcos de hasta 4.000 toneladas.

En definitiva, una maravilla de la ingeniería en la que han participado 250.000 trabajadores y que, en principio, tenía un presupuesto de 20.771 millones de euros, pero en el que las autoridades han asegurado ahorrar hasta 2.362 millones.
Aunque, teniendo en cuenta la manipulación propagandística del régimen chino, numerosos expertos occidentales calculan que lo más probable es que el presupuesto se haya disparado a la friolera de entre 31.000 y 38.000 millones de euros.
Ya de regreso a Chongqing, la travesía incluye durante el tercer día una visita al templo de Zhang Fei, que honra la memoria de un noble general que vivió durante el Periodo de los Tres Reinos y donde se guardan cientos de valiosas inscripciones en tablas de piedra realizadas por famosos escritores de varias épocas.
Por último, la coqueta pagoda de madera roja de Shibao Zhi, cuyos 12 pisos fueron levantados en el siglo XVII, despide a los viajeros del Yangtsé antes de que, a finales de año, el agua suba de 135 a 175 metros y la convierta en una isla en medio del río más largo y, sin duda, más bello de China.
La última escala de este espectacular recorrido por el Yangtsé es Feng Du, donde se alza un curioso templo dedicado a los espíritus del más allá y conocido en toda China como la “Ciudad Fantasma”.

Cuando realicé esta travesía, en la falda del santuario permanecía aún en pie el viejo pueblo de Feng Du, otra ciudad fantasma en la que un millar de vecinos seguía viviendo y trabajando en medio de edificios en ruinas o a punto de ser demolidos.

Uno de ellos era Fu Jingling, un joven de 23 años que regentaba un destartalado puesto de refrescos junto a su mujer, embarazada de ocho meses a sus 21 años. Ambos forman parte de los 1,2 millones de habitantes de la ribera del Yangtsé realojados por la subida de las aguas debido a la construcción de la presa de las Tres Gargantas. Tras la inundación de 19 ciudades, 326 pueblos, 1.600 industrias y 1.300 restos arqueológicos, más del 80 por ciento de los afectados se ha trasladado a las nuevas ciudades que pueblan las orillas del Chiang Jiang.

Para ello, el Gobierno ha invertido 4.420 millones de euros en uno de los mayores movimientos de población de la Historia. Aunque no han faltado las protestas por las bajas indemnizaciones percibidas, muchos propietarios han mejorado su situación accediendo a viviendas más modernas y otros, sobre todo los granjeros con tierras, han tenido que marcharse a otras provincias.

Después de 13 años de obras, esta otra “Gran Muralla” de China quedó finalizada cuando, el 20 de junio de 2006, se cerró completamente el dique levantado en el río Yangtsé. Barajada por el primer padre de la República, el doctor Sun Yat-sen, hace ya siete décadas, y por el mismísimo Mao Zedong, este faraónico proyecto no fue aprobado hasta el 3 de abril de 1992.

En medio de una gran polémica por sus perjuicios medioambientales, y con el inusual rechazo de un tercio de sus diputados, la Asamblea Nacional Popular dio luz verde a un embalse que controlaría al indomable río Yangtsé, pero que también modificaría notablemente el bello paraje natural de las Tres Gargantas.
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