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  • El lama "rojo" de Pekín

    03 Marzo 2010, 13:30

    El régimen chino continúa vampirizando al movimiento tibetano, dividido entre la jerarquía que dirige el Dalai Lama desde su exilio en la India y los devotos sometidos bajo la bota de Pekín. Para reafirmar su control, hoy ha entrado a formar parte del comité nacional de la Conferencia Político-Consultiva del Pueblo Chino el Panchen Lama, la segunda figura más venerada del budismo tibetano tras el Dalai.

    El Panchen Lama, colgando su correspondiente credencial, durante una de las reuniones de la Conferencia Político-Consultiva del Pueblo Chino. AP

    Dicho órgano, que está formado por 2.000 miembros entre los que figuran empresarios, intelectuales, académicos y otros personajes públicos, asesora a la Asamblea Nacional Popular, el máximo órgano legislativo del régimen chino que celebra su reunión anual a partir de este viernes.

    La inclusión en dicho grupo de Gyaencaen Norbu, un monje de 20 años cuyo nombre religioso es Baingen Erdini Qogyijabu, es una bofetada al Dalai Lama, acusado de independentista, y un claro ejemplo del control que mantiene el Gobierno chino sobre los cultos religiosos y espirituales, ya que los tibetanos consideran a este Panchen Lama un títere de Pekín.

    Nacido en el condado de Lhari, al norte del Tíbet, Norbu se convirtió en el XI Panchen Lama el 29 de noviembre de 1995, cuando el régimen chino lo reconoció como la reencarnación del X Panchen Lama tras una búsqueda que había comenzado al fallecer éste en 1989. Tal y como manda la tradición, su nombre fue extraído en una urna de oro situada junto a la estatua de Sakyamuni en el emblemático templo de Jokhang, en Lhasa.

    A pesar de seguir estas costumbres y de los buenos augurios que, según la propaganda del régimen comunista, trajo

    al nacer, como una letra tibetana bajo la lengua que representaba la reencarnación de Buda, la mayoría de los monjes no creen en este Panchen Lama y lo acusan de ser una marioneta de Pekín.

    El motivo es que el Dalai Lama, que lleva exiliado en la ciudad india de Dharamsala desde 1959, había elegido a otro niño de siete años, Gedhun Choekyi Nyima, en mayo de 1995. Pero, debido a la enemistad manifiesta entre el Dalai Lama y el Gobierno chino, los agentes del régimen se llevaron al pequeño del monasterio de Tashilhunpo, donde se supone que vivía y en el que no queda ni una foto suya.

    Desde entonces no se ha sabido nada de él y se sospecha que es el preso de conciencia más joven al hallarse bajo arresto domiciliario junto a su familia, pero las autoridades chinas lo niegan y aseguran que Gedhun es un chico normal y corriente sin ninguna autoridad religiosa que acude a sus clases y no quiere ser molestado.

    En su lugar, e intentando provocar una especie de cisma entre los seguidores del Dalai Lama, han entronizado a Gyaencaen Norbu, a quien los medios chinos suelen retratar acompañado de las principales figuras del régimen comunista, como el presidente Hu Jintao.

    Durante la revuelta tibetana de 2008, que condenó duramente, hasta se habló de que el Panchen Lama "rojo" podría ser nombrado diputado de la Asamblea Nacional Popular. Su entrada en la Conferencia Político-Consultiva es un peldaño más en su posición dentro del régimen.

    Al margen de sus declaraciones y de su utilización propagandística por parte del Gobierno para dividir a los monjes budistas, el Panchen Lama vive en la lamasería de Zhaxi Lhunbo en Xigaze, la segunda mayor ciudad del Tíbet y donde residió también su encarnación.

    Según los medios chinos, el joven ha estudiado inglés en Pekín y combina los principios básicos del budismo con su afición por los ordenadores y la comida tradicional tibetana, como la “tsanba”, el té de mantequilla de yak y los “dumplings” de carne. Pero ni por ésas puede ganarse el aprecio de los monjes, que siguen adorando en secreto al Dalai Lama y al verdadero Panchen Lama, donde quiera que esté.

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  • El Tíbet, según la propaganda china

    02 Abril 2009, 11:39

    Coincidiendo con el 50 aniversario del exilio del Dalai Lama, una propagandística exposición organizada por el régimen de Pekín se vanagloria de haber llevado la democracia al “techo del mundo” al acabar con el sistema feudal, teocrático y esclavista de los monjes budistas.

    En una imagen trucada de la muestra, campesinos tibetanos portan en procesión el retrato de Mao para darle las gracias por las buenas cosechas

    Mientras el Tíbet sigue cerrado a cal y canto por motivos de seguridad a la espera de que se abra a los turistas el domingo, en Pekín se celebra una exposición que no tiene desperdicio. Bajo el, como mínimo curioso, título “50 años de reformas democráticas en Tíbet”, el Museo de las Minorías Étnicas ofrece la visión del Gobierno chino del medio siglo de ocupación – liberación, según la propaganda – de esa conflictiva región del Himalaya que lucha por su independencia.
    La muestra ha sido organizada para coincidir con el 50 aniversario del exilio del Dalai Lama, quien huyó a la India atravesando a pie las montañas del Himalaya tras la fallida rebelión que empezó el 10 de marzo de 1959.
    Como suele ser habitual en los regímenes totalitarios, la exposición arranca con los retratos de las cuatro generaciones de líderes históricos del Partido Comunista (Mao Zedong, Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao) reunidos con tibetanos o en sus visitas a la región.
    A continuación, la exhibición se divide en tres grandes salas que realizan un recorrido cronológico desde que el Tíbet empezó a estar bajo el control de la Administración china. Ocurrió durante la dinastía Yuan (1206-1368) que instauró el nieto del caudillo mongol Gengis Khan, Kublai Khan, cuyos dominios constituyeron el mayor imperio del mundo y se extendieron por todo lo que hoy es la República Popular China, incluyendo el Tíbet.

    Miles de personas abarrotan cada día la exposición, que tiene lugar en el Museo de las Minorías Étnicas de Pekín

    Entre 1268 y 1334, la Administración central estableció varios censos en el remoto “techo del mundo”, pero ya antes se habían producido contactos más que fluidos entre los dirigentes chinos y los tibetanos, que celebraron 191 visitas oficiales y ocho encuentros de alto nivel documentados. De hecho, el poderoso monarca tibetano Songtsen Gampo, soberano del entonces conocido como Reino de Tubo, se casó con la princesa Wencheng de la dinastía Tang (618-907).
    Lo cierto es que en aquella época las hordas tibetanas eran temidas por sus incursiones en las regiones chinas de alrededor, como demuestran el saqueo que sufrió la entonces capital imperial de Chang´an (hoy Xi´an) durante la estirpe Tang y sus frecuentes ataques a las provincias de Sichuan, Yunnan o Xinjiang, donde llegaron a hacerse con el control de la Ruta de la Seda.
    El asesinato de Songtsen Gampo en el año 842 frenó la expansión tibetana y niveló la balanza del poder hacia el lado chino. Por eso, el control administrativo que empezó a ejercer la dinastía Yuan cuatro siglos después fue heredado por los emperadores Ming (1368-1644) y Qing (1644-1911). Sin ir más lejos, éstos últimos implantaron la figura del ministro del Tíbet, que tenía tanto poder como el Dalai Lama y el Panchen Lama, las máximas autoridades políticas y religiosas de la región.

    Los estudiantes son traídos en autobús desde los colegios y toman notas para escribir las redacciones ordenadas por los profesores

    La caída del último emperador de China, Pu Yi, en 1911 y el caos que siguió durante los años de la Primera República y la ocupación japonesa otorgaron al Tíbet una independencia de “facto” que duró hasta 1950. Justo después de que Mao Zedong derrotara al Generalísimo Chiang Kai-chek en la guerra civil (1945-49) y fundara la República Popular China el 1 de octubre de 1949, las tropas comunistas volvían a entrar en el Tíbet.
    Según la exposición, lo hacían para liberar a los millones de siervos tibetanos que permanecían esclavizados por la brutal y atrasada teocracia que dirigían los monjes budistas, de la que se ofrece bastante información.
    Tal y como explican en mandarín e inglés los paneles indicativos, en aquella época había en el Tíbet “2.676 monasterios con 114.925 personas (el 12 por ciento de la población), incluyendo 500 monjes de alto rango y 4.000 con poder económico. Ninguno de los monjes trabajaba porque vivían de los siervos y se dedicaban a la política y la Administración, por lo que en los monasterios había juzgados y prisiones con cámaras de tortura donde se cortaba las manos y se arrancaba los ojos a los reos”.
    Dichas explicaciones están acompañadas de argollas, grilletes, jaulas y otros instrumentos para castigar a los presos, así como de fotografías donde aparecen esclavos encadenados y medio desnudos trabajando en duras faenas agrícolas. Otras imágenes muestran a presos esposados que piden limosna en la calle porque, a tenor de la muestra, en las cárceles no se les daba comida.

    Supuesta imagen de un famélico esclavo tibetano, envuelto en harapos y trabajando encadenado en duras faenas agrícolas

    “Los monasterios de Ganden, Drepung y Sera, en Lhasa, tenían en total 16.000 monjes y poseían 147.000 “ke” de tierra, 321 caseríos, 450 pastos y 110.000 reses que eran cuidadas por 40.000 esclavos”, dice otro cartel. A pesar de tan elevado número de campesinos, la producción agrícola era bajísima y sólo se obtenían 80 kilos de grano por cada 15 “mu” (1 hectárea) de tierra.
    Según la exposición, las enormes desigualdades sociales habían sumido en la miseria a la mayoría de la población, formada por siervos que eran hereditarios y, dependiendo de las funciones que realizaban para sus amos, se dividían en tres clases: los “duchung”, los “tralpa” y los “nangsan”. Algunos de éstos aparecen fotografiados acarreando pesados fardos mientras suben fatigosamente las empinadas escaleras del descomunal Palacio de Potala, sede del antiguo Gobierno tibetano y residencia oficial del Dalai Lama.
    La pobreza era tal que Lhasa estaba plagada de mendigos andrajosos que dormían medio desnudos en plena calle o en cuevas, como se aprecia en otras fotografías.

    Una reconstrucción con maniquíes de una pudiente casa tibetana contrapone el lujo y bienestar de una familia noble con la inmunda choza donde viven sus siervos, cuyos hijos lloran arrastrándose por el barro mientras la madre carga un enorme saco.
    “En todo el Tíbet sólo estudiaban 200 lamas e hijos de las familias ricas y únicamente había 100 hospitales y clínicas atendidas por 400 médicos, por lo que en los 150 años previos a la liberación se registraron cuatro epidemias de viruela y fiebres tifoideas que, en 1925, causaron 7.000 muertos sólo en Lhasa y otros 5.000 entre 1934 y 1937”, asegura otro panel.
    Para acabar, en teoría, con todas estas injusticias, el Ejército Popular de Liberación empezó a marchar en octubre de 1949 sobre las regiones de Amdo y Kham, al este del Tíbet e incorporadas hoy a las provincias chinas de Qinghai y Gansu. En octubre de 1950 tiene lugar la trascendental batalla de Chamdo, en la que 8.000 soldados tibetanos hicieron frente durante doce días a los 40.000 militares movilizados por el régimen comunista.

    Monjes budistas desfilan con banderas chinas por delante del Palacio de Potala, sede del anterior Gobierno tibetano y antigua residencia oficial del Dalai Lama

    Tras vencer esta resistencia, el Ejército chino entró triunfal por cuatro frentes en Lhasa el 20 de diciembre de 1951. Previamente, el 23 de mayo de ese mismo año, una delegación tibetana había firmado en Pekín el “Acuerdo de 17 puntos para la Liberación Pacífica del Tíbet”, amenazada, según el movimiento tibetano en el exilio, con una ofensiva aún mayor en la región.
    La exposición insiste en que la “liberación” fue pacífica y que la mayoría de los tibetanos, que acogieron con los brazos abiertos al Ejército, les reclamaron acabar con el sistema feudal de los monjes. Al menos, eso dicen los pies de las fotos donde se ven manifestaciones de siervos y monjes, pero lo cierto es que desde entonces se han sucedido las revueltas y protestas por la independencia.
    Todo ello a pesar de los esfuerzos del Gobierno por desarrollar esta paupérrima región, como se ve en las imágenes de los soldados chinos trabajando junto a los campesinos o de la inauguración de la carretera Lhasa-Qinghai-Sichuan y del primer vuelo a Pekín desde el aeropuerto de Damxung.

    Bajo el Palacio de Potala, el retrato de Mao preside los camiones que circulan por una carretera inaugurada a bombo y platillo

    Igualmente impagables, y hasta sorprendentes, son las instantáneas de las reuniones que Mao Zedong mantuvo entre 1954 y 1956 con un entonces jovencísimo Dalai Lama y con el Panchen Lama, con quienes llegó a celebrar el Año Nuevo Tibetano.
    A pesar de estos contactos, la situación se había deteriorado seriamente entre ambas partes por el cada vez mayor control de Pekín, que en abril de 1956 empezó a preparar un Comité para la Región Autónoma del Tíbet con el fin de reemplazar al Gobierno del Dalai Lama. De hecho, éste estuvo a punto de desertar durante una visita que efectuó a la India en noviembre de ese año. Pero, finalmente, el primer ministro chino, Zhou Enlai, le convenció para que volviera en febrero de 1957 con la falsa promesa de que el régimen comunista iba a detener por un tiempo sus radicales reformas políticas.

    Entre 1954 y 1956, Mao (en el centro) se reunió varias veces con un entonces jovencísimo Dalai Lama (a la derecha de la imagen) y con el Panchen Lama

    A partir de ese momento, el movimiento tibetano radicalizó su resistencia frente al Ejército chino y el 10 de marzo de 1959 estalló en Lhasa una violenta revuelta por la independencia. Según la exposición, en el levantamiento participaron 1.486 monasterios, la mitad de los que había entonces. Entre ellos destacan los de Drepung, Ganden y Sera, en Lhasa.
    Tal y como detalla un cartel, al Ejército Popular de Liberación le costó 30 horas hacerse con el control de la capital tibetana y aplastar las protestas, al término de las cuales se requisaron 10.212 rifles, 183 pistolas, 39 cañones y más de diez millones de balas. En el resto de la región le llevó dos años sofocar la rebelión, por lo que, según el Gobierno tibetano en el exilio, 87.000 personas murieron por la represión durante los siete meses posteriores y otras 80.000 huyeron a la India.
    Entre ellas figura el Dalai Lama, quien se escapó disfrazado de campesino el 17 de marzo y, tras atravesar el Himalaya a pie, llegó a finales de ese mes al país vecino, donde sigue viviendo en la antigua estación de montaña de McLeod Ganj, en la ciudad de Dharamsala.
    El régimen comunista disolvió el Gobierno tibetano el 28 de marzo de 1959, una fecha que, a partir de este año, conmemora el "Día de la Liberación de Millones de Siervos".
    Tras hacerse con el poder en Lhasa, el régimen comunista consiguió finalmente sofocar la revuelta en 1961. En ese momento, en el Tíbet sólo quedaban ya 553 monasterios y poco más de 7.000 monjes. Según la muestra, “fueron reeducados 90.000 rebeldes, de los cuales sólo 23.000 eran acérrimos, mientras que el resto había sido intimidado o engañado”.

    Soldados chinos hacen un juramento antes de empezar a trabajar en obras de infraestructuras públicas en el Tíbet

    El 1 de septiembre de 1965 se fundó la Región Autónoma del Tíbet. “La reforma democrática en el Tíbet acabó con el corrupto sistema feudal de siervos. Tras siglos de opresión y esclavitud, ahora tienen libertad para dirigir su destino, el del Estado y el del Tíbet”, proclama otro panel.
    Dicha supuesta libertad no consiguió acabar, sin embargo, con la tensión en el “techo del mundo”, que sufrió muy duramente los desquiciados años de la “Revolución Cultural” (1966-76). Según el Gobierno del Dalai Lama en el exilio, de los 6.259 monasterios y conventos que había en el Tíbet, sólo quedan en pie ocho que no han sido destruidos. Además, se calcula que se han exiliado unos 200.000 tibetanos, la mitad de ellos en la India, y que 1,2 millones de personas han fallecido desde entonces como consecuencia de la represión china.
    Junto a la prohibición de los retratos del Dalai Lama, Pekín impone a los monjes budistas unos cursos de reeducación patriótica en los que deben abjurar de su máximo líder, tachado de terrorista separatista por el Gobierno.
    Para ello, el régimen se ampara en que los “incendiarios discursos” del “Océano de Sabiduría” son la causa de las revueltas independentistas que tuvieron lugar en marzo de 1989 y 2008. En la primera, y siendo entonces secretario del Partido Comunista en el Tíbet, el hoy presidente chino, Hu Jintao, impuso la ley marcial para aplastar las protestas.
    El año pasado, y debido a la cercanía de los Juegos Olímpicos de Pekín, estalló en Lhasa otro violento levantamiento que, según el Gobierno chino, se cobró una veintena de vidas. Menos dos tibetanos que se suicidaron al arrojarse por una ventana para huir de la Policía, todos eran civiles de la mayoritaria etnia Han, que ha colonizado la región. Durante los disturbios que estallaron el 14 de marzo del año pasado, los 18 fueron linchados y hasta quemados vivos por una turbamulta de tibetanos enfurecidos, que saquearon sus comercios y sembraron el pánico en la ciudad.

    Una estudiante contempla la foto de unos manifestantes tibetanos quemando la bandera nacional china

    Así se aprecia en los vídeos y fotos de actos vandálicos que se exponen en la última sala de la muestra, donde se recuerda a las cinco niñas Han que murieron en el incendio de una tienda pero no se hace mención alguna a la represión del Ejército. A juicio del movimiento tibetano en el exilio, unas 200 personas fallecieron a manos de los soldados, que también hirieron y detuvieron a miles de manifestantes, muchos de los cuales ya han sido condenados incluso a cadena perpetua.
    “Fuerzas occidentales antichinas han conspirado por separar al Tíbet desde finales del siglo XIX y pensaron que 2008 iba ser el año de la independencia por la politización de los Juegos Olímpicos”, acusa un cartel junto a las fotos de manifestantes quemando la bandera nacional de la República Popular. Una imagen impactante que enseguida capta la atención de los miles de visitantes que recibe cada día la exposición, entre los que destacan autobuses enteros de escolares que, ataviados con su característico chándal azul y blanco, toman nota para hacer los deberes encargados por sus profesores.
    Todo un ejemplo de adoctrinamiento por parte de la propaganda oficial del régimen, que únicamente ofrece una visión del conflicto y demoniza tanto al movimiento tibetano en el exilio como a los manifestantes que sabotearon el relevo de la antorcha olímpica a su paso por Londres y París. Precisamente, una de las fotografías de mayor tamaño refleja a la atleta paralímpica de esgrima Jin Jing, una joven en silla de ruedas que se convirtió en la heroína de todo el país al proteger la llama de los exaltados que querían arrebatársela en la capital gala.

    Las impactantes imágenes, pefectamente escogidas por la propaganda, impresionan a los escolares

    Igualmente crítica se muestra la exposición con los medios de comunicación occidentales que, deliberadamente o por error, manipularon imágenes y ofrecieron informaciones equivocadas o distorsionadas sobre la revuelta tibetana, como la CNN, la BBC, el Washington Post y la cadena alemana N-TV.
    Al margen de que alguno de ellos incurriera en noticias tendenciosas y torticeras, también hay que aclarar que el régimen prohíbe a los periodistas viajar al Tíbet y que censuró los primeros días las imágenes del levantamiento tanto en la televisión como en internet. Curiosamente, son las mismas imágenes que ahora se exhiben en la muestra.
    Además, el Ejército y la Policía sellaron tanto el Tíbet como las zonas donde se registraron protestas y manifestaciones en las provincias vecinas de Sichuan, Qinghai y Gansu. En esta última región, este corresponsal fue expulsado por la Policía al día siguiente de entrar en la localidad de Xiahe, que se convirtió en uno de los focos de la revuelta al albergar el monasterio de Labrang, un importante centro de peregrinación para los tibetanos.
    La exposición efectúa el siguiente balance final de aquella revuelta: 300 fuegos, 908 tiendas destrozadas, siete escuelas quemadas, 120 colegios atacados, cinco hospitales asaltados, 10 bancos robados, 20 obras expoliadas, 84 coches incendiados, 18 civiles inocentes muertos, 382 heridos y 58 en estado crítico. El Gobierno indemnizó a los familiares de los fallecidos con 14,7 millones de yuanes (1,6 millones de euros), mientras que los heridos recibieron 72,1 millones de yuanes (7,9 millones de euros).
    En esta ensalada de números, la muestra también hace especial hincapié en el nivel de progreso y desarrollo alcanzado en el Tíbet gracias a las inversiones del Gobierno central. Desde 1994, se han destinado 11.128 millones de yuanes (1.226 millones de euros) a 6.056 proyectos en la región, entre los que destacan autopistas y aeropuertos en Gonggar-Lhasa, Nyingchi y Qamdo, así como fábricas, hospitales, colegios, embalses y parques de energía solar. Mención aparte merece el “tren del cielo”, una fantástica obra de ingeniería que, desde julio de 2006, une en dos días Pekín con Lhasa y que, en su primer año, transportó al Tíbet a cuatro millones de turistas que se gastaron 4.852 millones de yuanes (534 millones de euros).

    Las imágenes de los violentos disturbios en Lhasa, censuradas en un primer momento por el Gobierno chino, forman ahora parte de la muestra

    Por su parte, el Plan Quinquenal 2007-2012 prevé para el Tíbet unas partidas por valor de 77.880 millones de yuanes (8.586 millones de euros). Desde 2006, el Gobierno regional ha dedicado 11.623 millones de yuanes (1.281 millones de euros) a la construcción de casas nuevas para 172.300 familias campesinas (unas 900.000 personas).
    De una de esas típicas casas modernas tibetanas también se ofrece una réplica muy singular plagada de los más diversos productos chinos. De sus paredes, y junto a los típicos cuadros tradicionales tibetanos (“thangka”), cuelgan una vez más los ineludibles retratos de Mao Zedong, Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao. Pero, por supuesto, no del proscrito Dalai Lama, aunque su foto es la que realmente les gustaría tener a los tibetanos si pudieran.
    Como colofón final, la conclusión de la exposición es antológica y ni siquiera merece ser comentada: “La Historia hace juicios justos. Durante 50 años de desarrollo, Tíbet ha pasado de la oscuridad a la luz, de la pobreza a la riqueza, de la dictadura a la democracia y de la reclusión a la apertura. La Historia ha demostrado con elocuencia que las reformas democráticas han desarrollado con ímpetu el Tíbet, gracias al liderazgo del Partido Comunista de China en su camino hacia el socialismo en la región. Tan sólo bajo la tutela del Partido, abrazando a la madre patria y adoptando la vía socialista de la autonomía étnica a las características chinas y tibetanas, ha sido posible para todos los grupos étnicos del Tíbet disfrutar de la prosperidad y el progreso hoy y anticiparse a un mañana incluso mejor”.
    Habría que preguntar a los tibetanos, pero que cada uno juzgue por sí mismo.

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  • "Terremoto" informativo en China

    26 Mayo 2008, 14:31

    Coberturas en directo durante las 24 horas, libre acceso de la Prensa a todas las zonas devastadas por el terremoto de Sichuan, periodistas entrevistando a los heridos y médicos en los hospitales y lo nunca visto en China: corresponsales extranjeros moviéndose a su antojo sin ser detenidos por la Policía y hasta enseñando sus carnés a los agentes.

    Un reportero de la CNN entrevista a un militar en la derruida ciudad de Beichuan

    Al igual que ocurrió en España con el crimen de Alcasser, una tragedia, en este caso el devastador seísmo que ha sacudido a la provincia de Sichuan y se ha cobrado más de 60.000 vidas, ha provocado una auténtica revolución en los medios de comunicación chinos. El terremoto informativo ha sido especialmente patente en la televisión, que ha descubierto los “reality shows” y se ha lanzado a mostrar la cara más amarga de la realidad.
    Este cambio de tendencia puede ser histórico en la televisión china porque, hasta ahora, la censura que impone el régimen comunista impedía a los medios tratar temas demasiado comprometidos o dolorosos, ofreciendo sólo a sus espectadores programas de entretenimiento frívolos e inofensivos y noticias propagandísticas sobre la bondad del Gobierno.

    Operarios de los equipos de rescate y desescombro salvan las carpetas y expedientes de los edificios del Gobierno que se vinieron abajo

    Aunque existe una normativa para que la agencia estatal de noticias Xinhua sea la única en suministrar información sobre las catástrofes en el gigante asiático, la magnitud del seísmo ha desbordado a las autoridades. Al tratarse de un desastre natural sin implicaciones políticas, las numerosas cadenas de televisión que operan en China se han lanzado sin reparos a cubrir una de las noticias del año en este país, junto a los Juegos Olímpicos de Pekín y a la revuelta tibetana.
    Frente a las restricciones que impusieron la Policía y el Ejército para cubrir el levantamiento en Lhasa del pasado mes de marzo, cerrando a cal y canto el Tíbet y otras zonas limítrofes e impidiendo la entrada de periodistas extranjeros, Pekín ha optado esta vez por la transparencia. A pesar de ello, algunos reporteros encontraron problemas durante los primeros días para acceder a los lugares más devastados por el terremoto.
    Es el caso del cámara de televisión español Diego Herrero, que fue uno de los primeros en llegar a la ciudad de Beichuan y grabó a supervivientes que llevaban dos días atrapados bajo las rocas y las ruinas de los edificios derruidos. Sus estremecedoras imágenes, emitidas por Telecinco, muestran la agonía de los damnificados y la impotencia de los equipos de rescate, que no disponían de medios para salvar a los atrapados.

    Una pareja de ancianos que ha perdido su hogar vive ahora en las tiendas de campaña plantadas alrededor del estadio Jiuzhong de Mianyang

    Al margen de tales incidencias, la programación de las televisiones chinas se ha centrado en el terremoto y todos los demás programas de entretenimiento han quedado suspendidos durante las dos últimas semanas. La ausencia de dichos espacios fue especialmente palpable durante los tres días de luto nacional decretados por la tragedia, que comenzaron a las 14.28 de la tarde del pasado lunes – justo una semana después del terremoto – con tres sobrecogedores minutos de silencio que paralizaron a todo el país mientras sonaban millones de bocinas para recordar a los fallecidos.
    Además, presentadores como Zhao Pu, de la televisión estatal CCTV, o la popular Chen Lu Yu, de la cadena de Hong Kong Phoenix TV, han mostrado su lado más humano al llorar mientras entrevistaban a los supervivientes, al tiempo que se han recolectado millones de euros en las galas benéficas organizadas por todos los canales. En dichos programas, han participado los más famosos astros de la música y el cine, que han mostrado su solidaridad con los damnificados mientras entonaban las numerosas canciones que se han escrito estos días en honor de las víctimas.

    Guo Zhongping y su hijo esperan una camioneta para recoger las escasas pertenencias que han podido salvar de su casa en Dujiangyan

    Ahora habrá que ver si este cambio continúa en el futuro o si el terremoto sólo ha traído un intenso – pero breve – soplo de aire de libertad a los periodistas en China.

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  • Chonor House, el refugio tibetano de Richard Gere

    03 Mayo 2008, 10:36

    Cada vez que el famoso actor Richard Gere, budista desde hace años, viaja a la India para visitar a su amigo el Dalai Lama en su exilio de Dharamsala, se aloja en Chonor House, un coqueto hotel con magníficas vistas al sobrecogedor Himalaya. Alejado del frenesí de Hollywood, el apuesto protagonista de películas como “Oficial y caballero” y “Pretty woman” disfruta de la paz espiritual que no tuvo durante sus agitados años de juventud en este idílico paraje natural de McLeod Ganj, una estación de montaña levantada por los ingleses durante los tiempos de la dominación colonial que cada año recibe a miles de turistas, peregrinos y refugiados tibetanos que acuden atraídos por su espiritualidad y por ser la residencia del Dalai Lama.

    Un auténtico lujo que se encuentra al alcance de cualquiera por el módico precio que cuesta alojarse en Chonor House. En este establecimiento, regentado por la fundación del Instituto Norbulingka que tiene como objetivo preservar la cultura tibetana, cada una de sus once habitaciones, incluyendo una suite, vale unas 2.500 rupias (unos 40 euros), lo que supone una auténtica ganga en un país como la India, donde los hoteles de lujo de las grandes ciudades cobran, como mínimo, 200 euros la noche por la escasa oferta disponible.
    Además, Chonor House, que abrió sus puertas en 1993 y cuatro años más tarde amplió el recinto, no tiene nada que envidiarle a dichos establecimientos porque todas sus estancias, diferenciadas temáticamente, están bellamente decoradas con motivos tibetanos y disponen de muebles típicos de dicha región.
    Entre ellas, destaca la suite Songtsen, bautizada en honor del poderoso rey que, entre los años 617 y 698, introdujo el budismo indio en el Tíbet con la ayuda de sus dos esposas, una princesa china y otra de Nepal. Bajo su mandato se construyó en Lhasa el emblemático templo de Jokhang, al que peregrinan los fieles para rezar en la “kora” o circuito que lo rodea. Por ese motivo, el rey Songtsen Gampo está representando con una figura en una vitrina de la suite junto al monarca Trisong Detsen, que vivió entre 790 y 844 y conquistó Chang´an, la capital china de aquel entonces, y a Tri Relbachen, que fundó más de treinta monasterios entre los años 806 y 836. La suite, que consta de un salón y un dormitorio, cuenta con mesas y sillones tibetanos y sus lámparas están esculpidas con ocho símbolos de la suerte.
    Pero, sin duda, la habitación más codiciada por los huéspedes de Chonor House es la Kham, ya que en ella suele alojarse Richard Gere en sus escapadas a Dharamsala. Este amplio cuarto, dotado con dos camas y terraza, homenajea a uno de los territorios del Tíbet histórico, dividido hoy entre las provincias chinas de Sichuan y Yunnan.

    En esta habitación resaltan, además de sus alfombras estampadas con forma de tigre, los bonitos cuadros que cuelgan de sus paredes, que muestran escenas de caza a caballo y guerreros de Khampa en el festival de Lithang, donde los jinetes demuestran sus habilidades. Es posible que dicho cuarto guarde algún que otro secreto del astro de Hollywood, pero los personajes que decoran sus muros guardan silencio ataviados con sus trajes tradicionales y cabalgando a lomos de sus yaks.
    La misma disposición tiene la contigua habitación Amdo, que es la otra provincia del Tíbet histórico por la que discurría la antigua Ruta de la Seda y hoy forma parte de Gansu y Mongolia Interior. Aquí destaca el mural de una peregrina rezando en el famoso monasterio de Labrang, el más importante centro de peregrinación que en la actualidad se encuentra fuera del Tíbet y que llegó a contar con más de 3.000 monjes antes de los estragos que causó la “Revolución Cultural” china (1966-76).
    En la planta baja del edificio, el viajero podrá sentirse como si estuviera en las provincias de U y Tsang en la habitación Tíbet central, que es la cuna de la región por albergar la capital, Lhasa, y su espectacular Palacio de Potala. Tan imponente recinto, que domina la ciudad al erigirse sobre una colina, data del siglo VII, pero la construcción actual se remonta a 1648. Dividido en dos palacios, uno rojo y otro blanco, fue la residencia oficial del Dalai Lama y la sede del Gobierno tibetano hasta que la revuelta fallida contra las tropas chinas en 1959 obligó a la máxima figura política y espiritual del budismo a exiliarse en la India.

    Las otras habitaciones se centran en diversos aspectos de la cultura tibetana, como los nómadas, los animales mitológicos, las especies salvajes, los pájaros, la ópera tradicional, los árboles y las flores y el viaje al mar desde esta región enclavada en el “techo del mundo”.
    Por su parte, el colorista salón Dzipak ofrece un entorno acogedor en el que disfrutar de uno de los tés con mantequilla de yak que se sirven en el restaurante junto a otras especialidades de la gastronomía tibetana, como la “tsampa” (harina de cebada tostada), los “momos” (“dumplings” o raviolis rellenos de carne y verdura) y el “thukpa” (fideos con carne). Mención aparte merecen las galletas afganas, pasteles y chocolates que componen los postres, que harán las delicias de los más golosos.
    Desde la terraza exterior de Chonor House, junto a la que se ubica una tienda de artesanía, se puede contemplar el complejo de Tsuglagkhang, formado por la residencia oficial del Dalai Lama y el monasterio de Namgyal, tan cercano que los cantos guturales de los monjes budistas despiertan cada mañana a los huéspedes con los primeros rayos del alba y entre el piar de los pájaros.
    Sin duda, un remanso de paz y espiritualidad en medio de este oasis indio en el que, para no olvidar el lugar donde uno se encuentra, hay que probar el exquisito, pero bastante picante, pollo “tandoori” (cocinado en horno de leña) del restaurante Mc´Llo. Como muestra una de las fotos de sus paredes, los platos de este local del centro de McLeod Ganj también cautivaron a otro célebre actor, Pierce Brosnan, quien recaló en este refugio del budismo para contrarrestar las mundanas aventuras de su personaje más conocido, el espía James Bond 007. A pesar de tener tanta licencia para matar como Richard Gere para conquistar a las mujeres con sus papeles de galán, ambos sucumbieron a los encantos tibetanos de Dharamsala y de Chonor House.

    Más información en:

    www.norbulingka.org

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  • El oráculo del Dalai Lama

    15 Abril 2008, 19:25

    Es de sobra conocido que el budismo tibetano, una de las religiones más antiguas del mundo, se empeña por conservar sus místicas tradiciones ancestrales en un mundo cada vez más globalizado e incrédulo. Pero lo que no resulta tan conocido es que, entre esas viejas costumbres, merece un lugar destacado la figura del oráculo, el espíritu del más allá que, desde 1544, viene adivinando el futuro y asesorando a las sucesivas reencarnaciones del Dalai Lama, su máxima figura política y religiosa.

    En pleno siglo XXI, incluso el actual Dalai Lama continúa recurriendo con frecuencia a los consejos de dicho oráculo, que le llegan a través de un medium que vive en el monasterio de Nechung, a pocos metros de donde se levanta el Parlamento tibetano en el exilio en la ciudad india de Dharamsala.
    Se trata del Venerable Thupten Ngodup, un monje que nació el 13 de julio de 1958 en Phari, en el Tíbet, y huyó a Bhután en 1966 tras la ocupación de las tropas chinas.

    Aunque este “kuten” (medium) es descendiente del famoso maestro tántrico Nga-dak Nyang-relwa, que vivió entre 1136 y 1204, nada hizo sospechar que tuviera poderes sobrenaturales hasta el 31 de marzo de 1987. Ese día, tres años después de la muerte del anterior medium, el Venerable Lobsang Jigme, los monjes de los monasterios indios de Nechung y Drepung habían organizado una ceremonia especial para invocar al oráculo a petición del propio Dalai Lama. No en vano, el Océano de Sabiduría y el “Kashag” (Gobierno en el exilio) llevaban sin sus consejos desde 1984 y, en los tiempos en que regían el Tíbet antes de la invasión china, acudían a él unas 60 veces al año.
    Tras esta larga ausencia, y de manera imprevista, el espíritu del oráculo entró en el cuerpo de Thupten Ngodup, quien asegura que sintió como un “electroshock”. Para comprobar que esta posesión era auténtica, el Dalai Lama le ordenó un retiro de tres meses y, a su vuelta, sus poderes adivinatorios fueron puestos a prueba.

    Aunque las preguntas que se le hicieron son secretas, el monje fue nombrado oficialmente Oráculo del Estado Tibetano en el verano de 1987 y, desde entonces, tanto el Dalai Lama como el Gobierno en el exilio le suelen hacer unas 20 consultas al año. Para ello, el medium entra en trance en unas sobrecogedoras ceremonias rituales en las que los monjes invocan al espíritu del oráculo para que entre en su cuerpo y hable por su voz.
    De hecho, el Dalai Lama recurrió a él el pasado 1 de abril, seguramente para preguntarle por la revuelta en el Tíbet que ha ensombrecido los preparativos de los Juegos Olímpicos de Pekín. En repetidas ocasiones, el oráculo ha dicho que el Tíbet no será libre hasta que todos los tibetanos se unan en un “karma” de acciones positivas como las que estos días se están viviendo por todo el mundo.
    Frente a los que critican esta tradición un tanto trasnochada, el Dalai Lama defiende al oráculo asegurando que siempre ha acertado, pero aún está por ver si las visiones de los espíritus del más allá consiguen doblegar al régimen comunista de Pekín.

    Fotos del Venerable "Kuten" Thupten Ngodup y de sus ceremonias rituales en trance cedidas por el monasterio de Nechung en Dharamsala

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  • Vigilias por el Tíbet en Dharamsala

    13 Abril 2008, 23:15

    En la ciudad india de Dharamsala, residencia del Dalai Lama y sede del Gobierno tibetano en el exilio, tienen lugar cada día multitudinarias vigilias por las víctimas de la represión china tras la revuelta en Lhasa.

    Cientos de monjes budistas, refugiados y turistas comprometidos con la causa tibetana, que incluso ondean la simbólica bandera nacional con el sol, la montaña y los dos leones de nieve, desfilan por las calles de McLeod Ganj, la antigua estación de montaña levantada por los británicos durante la época colonia a cuatro kilómetros de Dharamsala y a la sombra del imponente Himalaya.

    Los tibetanos son conscientes de que, gracias al escaparate mundial que suponen los Juegos Olímpicos de Pekín, ésta supone su oportunidad para dar a conocer al mundo sus reivindicaciones y presionar al régimen comunista chino para negociar sobre esta región del Himalaya. Tradicionalmente, el Tíbet ha formado parte del imperio chino cada vez que sus dinastías eran lo bastante fuertes como para controlarlo, pero lucha por su independencia desde la ocupación de las tropas chinas en 1950 y su anexión oficial un año después.

    Varios monjes budistas encienden velas en honor de los tibetanos que han fallecido en las protestas contra China y en la posterior represión, que se presume atroz porque el régimen comunista de Pekín ha cerrado a cal y canto una zona que es el doble de España para que ni la Prensa internacional ni los diplomáticos acreditados en el país puedan tener conocimiento de lo que ocurre.

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  • Mantras por el Tíbet en el manifestódromo de Nueva Delhi

    07 Abril 2008, 09:15

    Durante estos días se están celebrando en Nueva Delhi unas jornadas de oración por la independencia del Tïbet. El lugar no es casual porque la máxima figura política y religiosa del budismo tibetano, el Dalai Lama, está exiliado en la ciudad india de Dharamsala desde que huyó de China en 1959 y en este país residen buena parte de los refugiados que han escapado de la ocupación del régimen comunista.

    Como suele ocurrir en Nueva Delhi cada vez que hay una protesta ciudadana, los manifestantes han sido ubicados por las autoridades en la calle Jamtar Mantar, que por su cercanía con el Parlamento se ha convertido en una especie de manifestódromo en el que se dan cita desde los refugiados tibetanos hasta los trabajadores del Estado de Bihar que vienen a la capital para denunciar sus duras condiciones laborales.

    Entre los asistentes a la concentración hay veteranos como como Pema Thinley, que escapó del Tibet con su familia tras la rebelión fallida de 1959 y anduvo por las montañas seis meses, hasta jóvenes como Tashi Norbu, que ahora tiene 26 años y a quien su padre trajo de niño a la India para que no se criara bajo la dominación de Pekín.

    Junto a ellos también figuran miembros del Parlamento en el exilio como Tempa Tsering y Youdon Aukatsnag, una de sus diez diputadas, quienes denuncian, además de la represión china y la violación de los derechos humanos en la región del Himalaya, que los tibetanos que viven en la India se encuentran tan indefensos que carecen de pasaporte y tienen muy difícil viajar a otros países.

    La protesta tiene lugar a ritmo de mantras y sutras que los monjes, con sus voces guturales, van entonando bajo una tienda de campaña profusamente decorada con fotografías de la sangrienta represión china, en las que no faltan jóvenes torturados o que han caído bajo las balas del Ejército Popular de Liberación.

    Además de la oración, tiene lugar una representación donde se adapta la leyenda de los tres monos incapacitados para denunciar la actitud de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que no dice nada sobre la represión china; del presidente Hu Jintao, que no escucha las manifestaciones ciudadanas contra los Juegos Olímpicos, y de la comunidad internacional, cuyos Gobiernos permanecen ciegos ante los abusos en el Tïbet mientras sus ciudadanos toman las calles.

    Al grito de "¡Tíbet libre!", "¡Larga vida al Dalai Lama!", "¡Tíbet nunca será parte de China!", "¡Hu Jintao, asesino, carnicero y mentiroso!" y "¿Dónde está la ONU?", los monjes budistas protestan en el manifestódromo de Jamtar Mantar portando banderas tibetanas y retratos del Dalai Lama.

    Su objetivo es que China se avenga a dialogar con el Dalai Lama para que el régimen comunista conceda una autonomía real al Tíbet y respete su cultura. Y saben que todo el mundo estará mirando a Pekín durante los Juegos Olímpicos de este verano, por lo que no cesarán en sus protestas porque, si no consiguen algo en esta ocasión, su causa estará perdida para siempre.

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  • Lhasa, última estación del "tren del cielo"

    21 Marzo 2008, 10:31

    Hace dos años, ABC fue el único periódico español que viajó en el histórico trayecto inaugural de la línea ferroviaria entre Pekín y Lhasa, un recorrido de 4.062 kilómetros y 48 horas de duración que atraviesa media China y tiene como destino final el “techo del mundo”. Con motivo de la revuelta tibetana, reproducimos aquí el reportaje publicado el 9 de julio de 2006

    Desde la Gran Muralla hasta la presa de las Tres Gargantas, la historia de China está plagada de proyectos faraónicos. El último de ellos es la línea de ferrocarril que llega hasta el Tíbet, la más elevada y una de las más complejas del mundo al discurrir durante 960 kilómetros por encima de los 4.000 metros de altura. Para culminar este prodigio de ingeniería, que ha costado 3.300 millones de euros, 30.000 operarios empezaron en 2001 a trabajar a temperaturas bajo cero y soportando vientos huracanados, por lo que 40 de ellos han muerto en las obras. ABC realizó el sábado 1 de julio de 2006 el histórico primer viaje de este tren desde Pekín hasta Lhasa, la capital del Tíbet. Un impresionante periplo de 4.062 kilómetros que, durante 48 horas, atraviesa media China en dirección al “techo del mundo”.

    Sábado, 21.30 horas. Estación del Oeste de Pekín
    En medio de una nube de periodistas y cámaras de televisión, el expreso T-27 Pekín-Lhasa parte puntualmente en el viaje inaugural de esta línea, una de las viejas aspiraciones del régimen comunista. No en vano, el proyecto fue ideado en 1956, seis años después de que el Ejército chino invadiera (“liberara”, según la propaganda oficial) el Tíbet. Al ser ésta una de las zonas más sensibles del país por sus ansias independentistas, el Gobierno prohíbe a los periodistas extranjeros visitarla y exige a los turistas un permiso especial que tramitan las agencias de viajes. Sin embargo, los controles no son tan estrictos en el primer convoy y este corresponsal consigue acceder al tren mostrando sólo su billete. Empieza la aventura.

    Domingo, 0.00 horas. Shijiazhuang (Hebei)
    Con la mayoría de las plazas reservadas para funcionarios del Gobierno, cuadros del Partido Comunista y reporteros de las grandes agencias y televisiones internacionales, no quedaban billetes para las literas de los coches-cama, sino sólo para los vagones con asientos. A las dos horas y media de viaje, el incómodo sillón ya parece un potro de tortura, pero permite conversar con otros pasajeros. “Nadie pensaba que se llegaría al Tíbet en tren, pero China lo ha logrado. En 20 años superaremos a Estados Unidos”, asegura, orgulloso, Zhou Ke Qun, un tratante de pescado de 40 años con el que compartimos varias botellas de cerveza mientras engulle ruidosamente sus “noodles” precocinados, que no nos abandonarán en todo el trayecto.

    Domingo, 9.00 horas. Xi´an (Shaanxi)
    El tren para en la antigua ciudad imperial de Xi´an, famosa por sus guerreros de terracota. Aquí se baja Shi Qi, un surrealista estudiante de Química Molecular de la prestigiosa Universidad de Pekín que lleva su nombre escrito en un papel sobre el pecho. “Pertenezco a la Asociación de Amigos del Ferrocarril y estoy haciendo una carrera de relevos, por lo que debo apearme en esta estación y darle mi billete a otro compañero para que continúe el viaje”, explica saliendo a toda prisa del vagón. Tras la parada, el convoy se adentra en la “China gris”, donde la contaminación de las minas de carbón, las centrales térmicas y las fábricas impide que se vea el sol en el cielo. Uno tras otro, atrás van quedando destartalados pueblos por donde el milagro económico del gigante asiático parece haber pasado de largo tan rápido como el expreso a Lhasa, que circula a 120 kilómetros por hora.

    Domingo, 15.00 horas. Lanzhou (Gansu)
    De la “China gris” a la “China marrón”, la desértica provincia de Gansu por donde discurría la Ruta de la Seda. Poco queda ya de su esplendor en esta zona, una de las más pobres del “dragón rojo” y donde muchos de sus habitantes siguen viviendo en las cuevas horadadas en las montañas que flanquean la línea ferroviaria. Ignorando a los granjeros que saludan al paso del convoy, dos jóvenes piden a los pasajeros que estampen su firma en una camiseta blanca para inmortalizar tan trascendental evento. Con el fin de recordar este primer viaje, a bordo del tren también se venden sobres conmemorativos y libros explicativos del proyecto por 80 euros. Todo es negocio en la nueva China comunista.

    Lunes, 6.00 horas. Golmud (Qinghai)
    En la antesala de la altiplanicie del Qinghai-Tíbet, donde comienza el tramo de nueva construcción, los pasajeros se despiertan tras haber pasado la noche recostados a duras penas en sus asientos o tendidos en el suelo. Nada más dejar Golmud al amanecer, el panorama cambia por completo y, por primera vez en el trayecto, el sol luce radiante en un cielo de color azul intenso y plagado de unas nubes tan bajas que casi se pueden tocar con la mano. Los pasajeros miran boquiabiertos por las ventanillas del vagón mientras el tren asciende a 4.159 metros de altura en Yuzhufeng. La vista es, sencillamente, espectacular: una vasta meseta árida, más parecida a un paisaje lunar, se abre a ambos lados de la vía mientras, en la lejanía, una cordillera de montañas nevadas cierra el horizonte. Con su pico máximo situado a 4.772 metros de altura sobre el nivel del mar, destacan los montes Kunlun, que el convoy atraviesa gracias al túnel más largo del mundo construido sobre suelo congelado. Y es que 550 kilómetros de este recorrido se erigen sobre una espesa capa de hielo oculta bajo la superficie, por lo que el tren circula buena parte del trayecto sobre grandes pilares elevados por encima del terreno. Además, la vía está dotada de un sistema térmico especial contra las heladas.

    Lunes, 13.00 horas. Paso de Tanggula (Tíbet)
    A 5.072 metros de altura, la cima de Tanggula no es sólo la frontera entre la provincia de Qinghai y el Tíbet, sino también el punto ferroviario más elevado del planeta. Por ello, el cercano apeadero enclavado a 5.068 metros ha arrebatado al puerto andino de Huancayo, en Perú, el título de estación más alta de la Tierra. Aquí se hace especialmente patente el “mal de altura” y los pasajeros, muchos de los cuales están vomitando al sufrir fuertes dolores de cabeza, recurren a las mascarillas de oxígeno situadas bajo los asientos para poder respirar. Una vez rebasado este pico, el tren penetra en el Tíbet, en cuya meseta pastan los antílopes autóctonos de la zona, sobre todo en la reserva de Cococili, y las manadas de yaks visibles durante todo el trayecto hasta Lhasa. Para proteger ambas especies, los grupos ecologistas ya han alertado del fuerte impacto medioambiental que tendrá el ferrocarril, pero el Gobierno se defiende esgrimiendo los casi 200 millones de euros invertidos en la conservación del entorno y en la construcción bajo las vías de 33 pasos para los animales.

    Lunes, 17.00 horas. Nagqu (Tíbet)
    La última estación antes de llegar a Lhasa es Nagqu, la ciudad más elevada del Tíbet, a 4.513 metros sobre el nivel del mar. Aquí se hacen especialmente patentes las patrullas de soldados que, a cada kilómetro, vienen custodiando la vía desde Golmud. No en vano, la seguridad es una auténtica obsesión para el régimen comunista porque el tren ha encontrado fuertes detractores entre los defensores de la independencia de esta región. Mientras los partidarios del exiliado Dalai Lama denuncian que el ferrocarril fomentará la colonización de la mayoritaria etnia Han y extinguirá la cultura y la espiritualidad autóctonas, el Gobierno responde vaticinando que el turismo y el comercio mejorarán la depauperada economía local, que ha venido creciendo un 12 por ciento anual por las inversiones estatales pese a que el 80 por ciento de los 2,7 millones de tibetanos sigue subsistiendo a duras penas de la agricultura y la ganadería. No en vano, Pekín confía en que los 2,5 millones de visitantes que recibe actualmente esta región se cuadrupliquen hasta los 10 millones dentro de cuatro años. De ellos, el 80 por ciento serán chinos, que se unen así a los 50.000 emigrantes Han que llegan cada año en busca de trabajo a Lhasa, una ciudad de 250.000 habitantes. “No me gustan los Han porque mi pueblo ha sufrido mucho bajo la dominación china”, critica Luo De Pingcuo, un estudiante tibetano de 17 años que regresa a casa tras terminar el curso en Pekín.

    Lunes, 20.58 horas. Estación de Lhasa (Tíbet)
    Después de detenerse casi un cuarto de hora en las afueras de Lhasa para cumplir el horario previsto, el primer tren procedente de Pekín entra triunfante en la estación de la capital del Tíbet. Una comitiva oficial y azafatas ataviadas con trajes tradicionales dan la bienvenida a la ciudad sagrada del budismo. ¿Colonización o progreso? Posiblemente, ambas cosas.

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  • Paisaje después de la batalla en la revuelta tibetana de Xiahe

    18 Marzo 2008, 07:33

    La ciudad de Xiahe, en la provincia de Gansu, ha sido uno de los focos de la revuelta tibetana al albergar el monasterio de Labrang, uno de los principales templos de esta religión y centro de peregrinación junto a Lhasa.
    Durante el fin de semana, en que se han producido violentos enfrentamientos entre los manifestantes a favor de la independencia del Tíbet y el Ejército chino, éste es el ambiente que se respiraba en Xiahe.

    Los monjes budistas, desafiantes, habian perdido el miedo a la represión del régimen comunista chino y no dudaban en echarse a la calle convencidos de su victoria.

    Un monje muestra los botes de gases lacrimógenos con los que los agentes antidisturbios han dispersado las manifestaciones, que han partido del barrio tibetano y se han dirigido hacia el centro de la ciudad, donde se concentran los comercios dirigidos por los chinos de la etnia Han, la mayoritaria en el país.

    Una tanqueta de la Policía militar patrulla por la calle principal de Xiahe para impedir nuevos altercados

    Escuadrones de los agentes antidisturbios desfilan por el centro de la ciudad y marchan al grito de "yi, er, san" ("uno, dos, tres") y haciendo resonar sus botas sobre el asfalto. Son el signo más claro de que China canta victoria tras haber aplastado esta nueva "Revuelta Azafrán", similar a la que protagonizaron los monjes budistas de Birmania en septiembre del año pasado.

    Casi todas las ventanas y cristales de la calle principal siguen rotas tras el paso de los manifestantes durante el fin de semana. Las tiendas continúan cerradas y sólo la sucursal de la compañía telefónica China Mobile ha abierto sus puertas para que los monjes budistas puedan pagar las facturas de sus móviles y comprar las ollas eléctricas para hervir arroz que también se venden en dicho establecimiento.

    Los monjes del monasterio de Labrang, como este niño pequeño, siguen muy enfadados por la represión del Ejército chino, pero también tienen miedo a volver a manifestarse porque algunos de sus compañeros han sido detenidos y temen por su suerte

    Pero, poco a poco, la ciudad va recuperando la normalidad y los monjes vuelven a sus labores cotidianas en los monasterios: estudiar, lavar sus ropas y, también, jugar al "ping pong".

    Ni en este monasterio de Labrang ni el resto del Tíbet se sabe cuándo volverán a reproducirse los violentos disturbios que han vuelto a poner sobre la mesa la independencia de esta región, ocupada por el Ejército chino en 1950 y anexionada oficialmente un año después.

    Este es el paisaje después de la batalla en la revuelta tibetana de Xiahe.

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  • Tíbet: "Mejor vuelva en verano"

    16 Marzo 2008, 21:31

    Eran las nueve de la noche y estaba en la habitación del hotel, viendo en el ordenador las fotos que había tomado de las patrullas de antidisturbios en Xiahe, cuando alguien llamó a la puerta. Eran dos hombres y una mujer que, placa en mano y con una sonrisa de oreja a oreja, se identificaron como agentes de la Oficina de Seguridad Pública.
    La verdad es que ya me esperaba algo así y empezaba a extrañarme que no me hubieran “echado el guante” todavía, sobre todo después de que dos agentes de paisano me hubieran grabado por la tarde mientras fotografiaba a los soldados y de que el recepcionista me hubiera pedido el pasaporte para hacerle una fotocopia a mi visado, donde pone que soy periodista.
    “¿Le ha gustado nuestra ciudad? ¿Ha visitado el monasterio de Labrang?”, preguntaron sin interesarse por mi nombre ni mi profesión. Una información que, por otra parte, ya sabían y que saltaba a la vista en una mesa llena de papelotes y con dos cámaras de fotos, un cuaderno garabateado y un ordenador portátil con la antenita desplegada para conectarse a internet mediante telefonía móvil en cualquier parte de China.
    Cuando les dije que el monasterio me había parecido una maravilla, comenzó una larga diatriaba del que llevaba una gorra americana y hablaba en inglés, mientras que el otro le interrumpía a veces en chino y la mujer permanecía en silencio porque, probablemente, era la jefa del grupo. “El problema es que ha escogido una época muy mala para venir, porque ya habrá visto que los tibetanos somos gente temperamental con el corazón muy apasionado”, explicó refiriéndose, evidentemente, a los graves disturbios que han sacudido a esta ciudad de la provincia de Gansu durante los últimos días, y que han provocado numerosos destrozos.
    “Mejor vuelva en verano, que hace un tiempo más agradable, la hierba está más verde y hasta las mujeres están más guapas, por lo que podemos presentarle a una tibetana que quizás no sea demasiado bella de cara, pero que tendrá un corazón apasionado y le amará para toda la vida”, concluyó con las mejores maneras posibles la que, posiblemente, sea la expulsión más amistosa y divertida que jamás he escuchado.
    La relajación de la charla continuó cuando les conté que tenía previsto marcharme muy temprano a la mañana siguiente, pero que, desde luego, le tomaba la palabra a tan suculenta invitación para el verano. Sin duda, estos tipos no deberían ser policías de la Oficina de Seguridad Pública, deberían estar en la Oficina de Turismo promocionando los encantos de su pueblo y sus mujeres.
    Similar visita, aunque supongo que con una invitación menos generosa, recibió también una periodista francesa alojada en el mismo hotel, que ayer las pasó canutas hasta llegar a Xiahe. Tras ser detenida en uno de los numerosos controles montados en las carreteras para impedir la entrada de reporteros extranjeros, había dado un largo rodeo por las montañas y hasta había vadeado un río para alcanzar el “epicentro” de la noticia. Demasiada aventura como para enterarse ahora de que ésta no es la época buena del año y de que es mejor volver en verano.
    Menos simpáticos parecen haberse mostrado los policías que, según informaba la agencia germana DPA citando al dario “Frankfurter Rundschau”, han “invitado” a marcharse del Tíbet a todos los empleados de las ONG radicadas en Lhasa. Una medida que hace temer una represión terrible contra la población local una vez que no queden extranjeros en la zona, puesto que a los periodistas les está prohibido ir allí y se han dejado de conceder permisos especiales para los turistas.
    Además, el Gobierno chino ha censurado los vídeos de la revuelta tibetana que se habían colgado en el portal de internet “youtube”. Con su habitual control de la información, el régimen comunista pretende que todo el mundo se olvide de la revuelta tibetana y empiece a pensar en los Juegos Olímpicos de Pekín o en volver en verano a Xiahe.

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