Hay 11 artículos con el tag afganistan en el blog Tras un biombo chino.

  • Cometas en el cementerio de Kabul

    11 Agosto 2009, 08:44

    Blindada tras sus muros de hormigón y sus legiones de mercenarios armados con "kalashnikov", Kabul, la capital del convulso Afganistán, aguarda con su ritmo indolente las elecciones del próximo día 20 con el temor al avance de la guerrilla talibán. Pero hay en un lugar en esta derruida ciudad donde no resuenan las amenazas de la insurgencia ni las atronadoras bocinas del caótico tráfico que ha inundado sus enfangadas calles tras la caída de los siniestros "Estudiantes del Corán" en diciembre de 2001. Se trata del cementerio de Nader Khan, emplazado en una pelada colina desde la que se contempla todo Kabul y presidido por el mausoleo de los reyes Nader Shah y Zahir Shah, que actualmente se está reconstruyendo.

    Unos niños afganos juegan a volar sus cometas en el cementerio de Nader Khan, en Kabul. ÁLVARO YBARRA ZAVALA

    Como en cualquier otra parte de este país arrasado por tres décadas de guerras sucesivas, aquí también están muy presentes la desolación y la muerte. No en vano, es un camposanto, pero se diferencia de otros lugares por las alegres risas y las frenéticas carreras de los cientos de niños que cada viernes, después de la oración en la mezquita, vuelan sus cometas sobre las destrozadas tumbas y lápidas de piedra.
    Algunas de ellas están tan hechas añicos que parece que los chavales se van a caer en las fosas sobre los esqueletos. Pero éstos las saltan con suma habilidad detrás de sus cometas, que han vuelto a los azules cielos de Kabul tras la prohibición que impusieron los talibanes para que ninguna distracción apartara a los fieles de su integrista visión del Islam.
    "Creo que los talibanes no volverán, inshalá, pero prefiero no preocuparme por ello porque depende de la voluntad de Dios", indica Shuja Mohamed, que tiene 34 años y lleva volando cometas desde los seis. "A veces, lo hacía incluso durante la época de los talibanes, pero me entristecía que otra gente no pudiera jugar con sus cometas porque entonces era muy arriesgado", recuerda este vendedor ambulante de manzanas, que ha traído a su hijo para inculcarle una afición no exenta de lucha.
    En un país que ya derrotó a británicos y soviéticos y ahora supone el principal reto de Estados Unidos, la convivencia con la muerte, la violencia y la brutalidad están presentes en todos los juegos tradicionales afganos. Así ocurre en las peleas de perros, gallos, carneros o camellos y en el famoso "buskashi", una especie de polo macabro donde los jinetes se disputan a golpes el cuerpo de una cabra muerta hecha jirones.
    Hasta las inocentes cometas incluyen una fiera competición, ya que el juego consiste en hacer volar la tela tan alta como se pueda y, además, ir cortando mediante el roce el fino hilo de los rivales. Para la aguerrida sangre afgana, el desafío es tan importante que, si una cometa sobrevuela por encima de una casa, su morador debe salir a enfrentarse con el adversario o, de lo contrario, será considerado un cobarde.
    Las mejores cometas artesanales se venden en el bazar Shor de la calle Sang Tarashi, un mercado muy popular del centro de Kabul cerca de la mezquita azul de Pul-e-Kheshti. En esta calle de casas de adobe semiderruidas y agujereadas por las balas, abundan también las tiendas de instrumentos tradicionales como el rubab, el laúd afgano de 17 cuerdas, y de cintas de música de los cantantes más famosos.
    Como las cometas o la televisión, la música también fue prohibida por los talibanes, pero todas ellas han vuelto a aflorar en el Kabul que intenta renacer de sus cenizas. "Inshalá".

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  • Viernes de oración y peleas de perros en Kabul

    06 Febrero 2009, 22:15

    Viernes de oración en la mezquita de Wazir Akbar Khan, en Kabul. Al mediodía, una multitud de adultos barbudos tocados con el “pakol” (gorro tradicional afgano) y jóvenes vestidos a la occidental atraviesa la puerta principal. Charlando animadamente entre risas, pasan de largo ante los niños que limpian las botas de los fieles con sus dedos embadurnados en betún y las mujeres que, enjauladas en sus roídos “burkas”, piden limosna de rodillas junto a sus andrajosas hijas.
    Mientras unos hacen sus abluciones, otros contemplan los carteles que se acaban de colocar entre dos árboles con fotografías de las víctimas de los recientes bombardeos israelíes en Gaza. “¿Es que no tienen hijos?”, pregunta en árabe una pancarta con la imagen de una niña envuelta en el tradicional sudario musulmán. “No sólo las grandes potencias tienen derecho a la vida”, critica otra donde se ve a un herido por las balas del Ejército hebreo.

    Como no podía ser de otra manera, tan desgarradoras imágenes eclipsan el discurso del mulá sobre los problemas ecológicos generados por las grandes compañías que construyen sus fábricas sin preocuparse por el medioambiente. “Todos los musulmanes deberíamos unirnos y hacer algo para frenar la muerte de inocentes en Gaza”, explica indignado a ABC Najibullah, un joven de 18 años que no duda en asegurar que “estoy pensando en ir a luchar a Palestina porque están dañando al Islam”.
    Curiosamente, Najibullah no es un talibán ni nada que se le parezca. Su padre es coronel del Ejército y, frente a sus mayores, endomingados con el tradicional “shalwar kamees” (traje típico formado por camisa larga y pantalón), viste a la occidental y le gustan las películas americanas. Pero, como miles de jóvenes afganos, Najibullah se está radicalizando a medida que crece y contempla la impunidad de los ataques israelíes contra el pueblo palestino.

    Por ese motivo, cree que “tanto dicho conflicto como la permanencia de las tropas extranjeras en Afganistán están contribuyendo a que los talibanes tengan cada vez más apoyos”. De hecho, hasta el propio Najibullah insiste en que “ahora estamos mucho peor que con los talibanes, ya que, aunque eran crueles, no insultaban a la gente como lo hace el actual Gobierno ni había ataques suicidas con coches bomba”.
    Como sus compatriotas, Najibullah es un joven exaltado y de sangre caliente que, después de tres décadas de conflictos, se ha acostumbrado a que la guerra sea el estado natural de su país.
    No en vano, los afganos compaginan su encantadora amabilidad y su risueña hospitalidad con el espíritu de lucha que corre por sus venas. El mismo que les llevó a derrotar a los imperios británico y soviético y a enzarzarse en una guerra civil entre los señores de la guerra que facilitó la llegada de los talibanes al poder.
    De hecho, el combate se halla presente hasta en algo tan inocente como son los juegos tradicionales de Afganistán: las peleas de perros, gallos, camellos y hasta las cometas, que consiste en hacer volar la tela tan alto como se pueda y, de paso, cortar el hilo de las demás.
    En este ancestral clima de violencia, la agresividad estaba ayer a flor de piel en las multitudinarias peleas de perros organizadas en una gran explanada en Badan Bagh, la falda del monte Bagh-e-Bala. Desde las ocho de la mañana hasta el mediodía, decenas de canes de la raza autóctona afgana (sage-koochee o perro de los nómadas) se enfrentan para regocijo de los más de 5.000 hombres – aquí las mujeres también están vetadas – que vibran con tan brutal espectáculo.
    Con algunos espectadores subidos en las montañas de hierro que forman los autobuses despanzurrados por los obuses de la guerra, la muchedumbre grita, aplaude y apuesta sus propios coches cuando los animales saltan a la arena sujetados con correas hasta por dos hombres.

    Los perros afganos, que parecen mastines, son fuertes, grandes, musculosos y pueden llegar a pesar más de 40 kilos. Agitando sus enormes cabezas, se ladran con fiereza unos a otros y, en cuanto son liberados de los arneses, se lanzan sobre sus rivales levantando sus patas traseras.
    Enseguida, los canes se agarran con sus afilados colmillos al pescuezo de sus oponentes hasta que uno inmoviliza al otro en el suelo o uno huye con el rabo entre las piernas. Entonces, el juez, un anciano armado con un bastón para apartar a la turbamulta que se acerca demasiado al combate, declara al ganador y su dueño estalla de alegría.
    Es el caso de Mahboob Nazari, un maestro de 44 años que estaba exultante tras la victoria de su perro Shir, que en dari significa león. “Tengo otro que se llama Babur (Tigre) y la semana pasada gané con ellos casi 20.000 euros en el campeonato provincial de Mazar-i-Sharif”, indica el profesor, que entrena a sus animales con largos paseos por la montaña y hasta les da masajes para tonificar sus músculos.
    Frente a los que critican que se trata de una costumbre salvaje e inhumana, Mahboo Nazari replica que “a diferencia de otros países, los perros aquí no luchan hasta la muerte y, además, celebramos estas peleas en invierno para que así se curen mejor sus heridas”.
    El problema es que, a veces, la euforia del público se dispara y acaba en peleas con palos y navajas que se cobran varios heridos, pero que no llegan a ser tan sangrientas como los tiroteos que se producían durante la época de los “mujahidines”, cuando casi todo el mundo iba con un “kalashnikov” bajo el brazo.
    En un país con tan pocas diversiones como Afganistán, así de animados son los viernes de oración y peleas de perros.

    Foto de la pelea de perros: ALVARO YBARRA ZAVALAMás información en:- La corrupción "empacha" a Afganistán- La ofensiva talibán dispara las muertes de civiles en Afganistán- "Ahora estamos tan desesperados como con los barbudos"

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  • Afganistán, 2002-2009

    04 Febrero 2009, 20:51

    En 2002, tras la caída del régimen talibán, Afganistán era un país lleno de esperanza al que cada día volvían miles de refugiados procedentes de Pakistán e Irán en busca de una ansiada paz que, por fin, parecía que iba a llegar tras casi tres décadas de guerras interminables. Siete años después, regreso a Afganistán y me encuentro un país que ha perdido todo atisbo de esperanza y optimismo en el futuro y del que sus propios habitantes están deseando volver a marcharse de nuevo.

    “No hay confianza en el Gobierno y las familias ya no saben en qué creer, ya que su vida es muy difícil porque, debido a la corrupción reinante en todos los campos de la Administración pública, cualquier pequeña gestión les cuesta mucho dinero y deben ir pagando sobornos cada dos por tres”, explica Sabine, una cooperante alemana que trabaja en la oficina de Cáritas en Kabul.
    La ONU calcula que cada familia afgana gasta una media de 100 dólares en sobornos al año, lo que supone una sangría constante para las depauperadas economías locales, ya que el 70% de los afganos sobreviven con sólo un dólar al día. En total, entre 100 y 250 millones de dólares se pagan al año en sobornos, lo que equivale a la mitad del presupuesto para desarrollo nacional en 2006.
    Al igual que el resto de miembros de ONG que operan en Afganistán, la vida de Sabine está amenazada por la guerrilla talibán, que ya controla más de la mitad sur del país y está poniendo en jaque a los 70.000 soldados de las tropas internacionales encargados de mantener una paz que puede estallar en cualquier momento.
    “Ahora tengo órdenes expresas de no salir nunca sola a la calle, mientras que antes, en 2002 y 2003, podía conducir yo mismo un coche e ir a los mercados y al centro de Kabul sin ningún problema”, recuerda Sabine resignada, mientras se ajusta el pañuelo sobre la cabeza para que su condición femenina pase lo más desapercibida posible en esta sociedad que sigue regida por los valores eminentemente machistas que impusieron, primero, la tradición islámcia y, luego, los talibanes.
    Desde el pasado mes de noviembre, la situación en Afganistán se ha deteriorado hasta tal punto que ya ni siquiera Kabul es seguro, pues los extranjeros que trabajan en la capital se arriesgan a ser secuestrados o asesinados por los talibanes infiltrados en la ciudad. “Hay diez coches bombas esperando a ser detonados dentro de la ciudad”, dicen fuentes de Inteligencia sin contar las dos explosiones registradas esta semana y el ataque suicida que se cobró la vida de una veintena de policías al sur del país.
    Según la ONU, las víctimas civiles aumentaron un 40 por ciento en 2008 y llegaron hasta los 2.100 muertos, de los cuales un tercio podría haber perecido bajo los bombardeos de la aviación americana y el resto asesinado por los talibanes.
    Además, el año pasado fue el más mortífero para las tropas extranjeras desde la invasión, ya que murieron 286 soldados, mientras que en 2007 se registraron 222 bajas.
    La guerra no ha terminado en Afganistán.

    Foto del Ejército Nacional Afgano: ALVARO YBARRA ZAVALA

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  • En el Mercado del Plástico de Kabul

    11 Diciembre 2008, 19:13

    El Mercado del Plástico, como lo llamaban los soldados españoles que conocí cuando estuve en Afganistán, es el bazar de Kabul, donde uno puede acudir para comprar cualquier cosa que necesite. Un barrio entero de tiendas y cuchitriles en medio de las ruinas convertido en un gigantesco mercado.

    Por un puñado de monedas, los porteadores – niños de corta edad – transportan en sus carretillas las más diversas mercancías, sorteando los socavones de unas calles enfangadas y donde el barro se acumula junto a la basura.

    Pero incluso en este lugar, tan frío y gris en el crudo invierno afgano, hay sitio para el color de la mano de las jugosas frutas y de las especias que se venden en sus abigarrados puestos.

    Junto a ellos, los tenderetes de carne muestran el género a los clientes y, ante la mirada hipnotizada de los hambrientos niños, algunos restaurantes sirven en barbacoas callejeras sus especialidades locales, los pinchitos de cordero acompañados del típico pan musulmán (“nan”).

    Y, en medio de este sobrecogedor escenario, las mujeres, enjauladas aún en sus “burkas”, siguen moviéndose como fantasmas de un pasado no tan lejano y que podría volver a repetirse en Afganistán siete años después de la caída del régimen talibán.

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  • Con la mano en el corazón

    10 Diciembre 2008, 07:50

    Shokia se lleva la mano al corazón para saludar al estilo musulmán en señal de respeto. Junto a sus padres, tíos y primos, este niño afgano vive en un inmundo cuartucho de un edificio en ruinas de Kabul donde sólo unos plásticos malolientes los aíslan del fango y la humedad. La última vez que su padre, Abdul (al fondo), trabajó le pagaron un mísero euro por pasarse el día colocando ladrillos en la reconstrucción de una casa. Así de dura es la vida de los refugiados que vuelven a Afganistán.

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  • Una vida entre ruinas

    10 Diciembre 2008, 07:39

    En el frío invierno afgano, los refugiados que están volviendo a Kabul tras casi tres décadas de guerras permanentes se encuentran una ciudad en ruinas donde deben vivir en los edificios acribillados por las balas y obuses.

    Mientras los hombres salen a buscar trabajo o tablones de madera con los que prender una hoguera para calentarse, las mujeres acuden al río en busca de agua para lavar la ropa y sus cacharros.

    Y los niños, con los mocos colgándoles de la nariz, juegan entre la basura que se acumula junto a los escombros ignorando aún que la vida no es así en otras partes del mundo no tan desdichadas como Afganistán.

    Por eso, lo que más le hiela a uno no es el frío que les congela las manos a los niños, sino la inocente sonrisa con la que parecen superar la difícil existencia que les ha tocado vivir.

    Algo que sabe muy bien Abdul, un refugiado que volvió con su familia a Afganistán y que, viviendo en un edificio en ruinas de Kabul, trabaja como albañil y sólo gana un euro al día con el que comprar un poco de pan, té y mantequilla.

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  • Los cigarreros de Kabul

    10 Diciembre 2008, 07:04

    En una ciudad donde no abundan las oportunidades, los niños y adolescentes de Kabul intentan sacarse un puñado de afganis al día vendiendo cigarrillos por la calle.

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  • Vidas minadas en Afganistán

    08 Diciembre 2008, 15:12

    Con motivo del séptimo aniversario de la caída del régimen talibán, reproducimos aquí un reportaje que publiqué en Los Domingos de ABC el 9 de febrero de 2003, tras mi viaje a Afganistán

    En 1982, mientras los “muyahidin” invocaban la “Yihad” (guerra santa) para combatir a las tropas soviéticas que habían invadido Afganistán, Najmuddin soñaba con estudiar en la Universidad de Kabul. Pero sus aspiraciones y sus piernas fueron arrancadas de cuajo por una mina cuando paseaba por los alrededores de la ciudad.
    Aunque salvó la vida, Najmuddin se pasó seis años postrado en la cama sin otra que hacer que lamentarse por su suerte. Pero su vida mutilada cambió en 1988, cuando decidió acudir a las sesiones de rehabilitación que ofrecía el centro médico que la Cruz Roja acababa de abrir en la capital del país, donde además se fabricaban prótesis ortopédicas para las víctimas de las bombas ocultas bajo tierra.

    Trabajando como fisioterapeuta en el mismo lugar donde se había curado, Najmuddin rehizo su maltrecha existencia y, tras casarse, aporta con su sueldo los únicos ingresos que percibe su familia de doce miembros gracias a su trabajo como máximo responsable del centro Wazir Akbarkhan de Kabul.
    Su historia resume a la perfección la filosofía de la institución, por donde han pasado más de 50.000 mutilados de guerra y minusválidos a lo largo de todos estos años. Aunque, en principio, el Wazir Akbarkhan sólo se encargaba de la rehabilitación física y de la elaboración de prótesis, poco a poco fue contratando a sus propios pacientes dentro de un amplio programa de reinserción social.
    Más de 300 discapacitados conforman la plantilla de la central de Kabul, mientras que otro medio millar trabaja en las sucursales que la Cruz Roja ha inaugurado en otras ciudades, como Mazar-i-Sharif, Herat, Jalalabad, Gulbahar y Faizabad. Todos estos hospitales-factoría producen al mes más de 600 piernas y brazos ortopédicos, más de un millar de muletas y un centenar de sillas de ruedas. Una amplia oferta con la que satisfacer la, por desgracia, ingente demanda de prótesis que requiere Afganistán, un país con más de 50.000 mutilados y donde unas 300 personas sufren mensualmente en sus cuerpos los devastadores efectos provocados por el millón de minas que pueden seguir enterradas bajo su suelo.
    En activo incluso durante la oscura época talibán, cuando se sucedían los problemas para importar las máquinas con las que se fabrican las prótesis y los “Estudiantes del Corán” dieron “vacaciones forzosas” a las 40 empleadas del centro, el proyecto ortopédico de la Cruz Roja ha ayudado además a los discapacitados a reintegrarlos en el mercado laboral.
    “Como no podemos darle trabajo a todos los mutilados, hemos fomentado una red de pequeños vendedores ambulantes por toda la ciudad que ya cuenta con 1.500 operarios”, explica el doctor Najmuddin antes de atender a un paciente venido desde Baglan al que toca cambiar su pierna artificial.
    Para ello, dispone de un vasto catálogo ortopédico surgido de los talleres del recinto, dividido en varias salas de producción donde los hombres trabajan separados de las mujeres.

    Una de ellas es Raghza, una adolescente que pisó una mina cuando, a los once años, se dirigía a la escuela Kalai Wahed, en pleno centro de Kabul. Desprendida del “burka” en el que todavía siguen enjauladas la mayoría de las afganas, se afana por modelar el polipropileno plástico del que están compuestas las prótesis. Rodeada de fantasmagóricas y relucientes piernas sintéticas, Raghza da forma a una extremidad enyesada antes de salir con paso renqueante al pabellón donde se alojan los pacientes sujetos a rehabilitación.
    Allí, en medio de un grupo de camas por cuyos bordes asoman balanceándose los miembros cortados de varios jóvenes, una niña de apenas cinco años, y a la que ya le falta una pierna, intenta dar los primeros pasos de su nueva vida como mutilada y mantener el equilibrio aferrándose a dos muletas bajo la atenta mirada de su padre.
    A su lado, Shokria se quita una media de lana y deja al descubierto su incompleta extremidad inferior izquierda, desgajada a la altura de la rodilla, después de probarse una nueva prótesis. Con 14 años, la joven explica que lleva ya “siete sin mi pierna desde que, en 1985, una mina traicionera me lisiara a mí y matara a mis dos hermanos, de 6 y 18 años, mientras jugábamos junto a nuestra casa, en Benaro”.
    Una enfermera analiza la piel oscura y rugosa de la pierna seccionada de Shokria, que debe adaptarse ahora a una nueva prótesis dentro de su proceso de crecimiento. Su cuerpo adolescente se quiebra en un muñón ya cicatrizado, que despierta al ojo ajeno tanto interés como aprensión. Imposible dejar de mirar, y sobre todo compadecer, tan desgarradora escena.
    Quien no podrá contemplar este horror que, como diría Joseph Conrad, sume a Afganistán en el “corazón de las tinieblas”, es Bawar, un ciego de 30 años a quien una bomba arrebató la vista. A pesar de su incapacidad, este miembro de la etnia hazara, a quien delatan los rasgos mongoles de su rostro, golpea con un martillo, con una precisión y contundencia que ya quisieran para sí muchos capaces, los tacos adherentes al suelo de las decenas de muletas que cada día pasan por sus manos.
    “Al principio era complicado, pero ya me he acostumbrado”, asegura este operario que entró en 1995 el centro Wazir Akbarkhan.
    En el mismo ala del recinto, Sakhidad, que regentaba un taller de bicicletas antes de su “accidente”, aplica los conocimientos adquiridos durante aquella época al ensamblaje de sillas de ruedas. El “percance” al que se refiere ocurrió, tal y como narra, “cuando uno de los misiles que los Señores de la Guerra se lanzaban entre sí tras haber conseguido expulsar a las tropas soviéticas aterrizó en la puerta de mi casa y me destrozó un pie”.
    La de Sakhidad es solo una más de las miles de vidas minadas que pueblan Afganistán tras casi tres décadas de guerras sucesivas. Prácticamente, casi la mitad de la tortuosa existencia de Zheria, un ex combatiente nacido en 1977 en la pequeña aldea de Chakhar Dara.
    Aunque su pueblo sobrevivió a la ocupación soviética y a las encarnizadas luchas en que se enzarzaron los diferentes “Señores de la Guerra” para alzarse con el poder a principios de los 90, el villorrio fue finalmente arrasado por los talibán. “Delante de sus mujeres, sus familiares y sus vecinos, mataron a siete hombres en la plaza principal”, narra el joven después de desfilar con su nueva pierna ortopédica por el pabellón de rehabilitación, rodeado de sábanas puestas a secar al calor de una estufa de petróleo y donde algunos pacientes llegan a dormir cuando están ocupadas todas las camas del hospital.
    Tras la masacre, Zehria juró venganza y se unió a la Alianza del Norte bajo las órdenes del comandante Shiriam Agha y del “héroe nacional” Ahmed Sha Massud, asesinado pocos días antes del 11-S. Sin embargo, la victoria contra el régimen talibán no libró al joven afgano de una bomba enterrada que le ha llevado al centro Wazir Akbarkhan de Kabul, donde ahora intenta empezar de nuevo.
    Cuando se le pregunta por su vida, se encoge de hombros y, desconsolado, niega con la cabeza. “Lo que yo he tenido no merece llamarse vida”, resume demoledor antes de implorar a Alá por un poco de paz para Afganistán.

    Por su parte, Rozedin, un niño nacido hace 13 años en Loogar, llegó hace un mes al hospital Wazir Akbarkhan de Kabul. Privándose de comer muchos días y vendiendo lo poco que tenía, su padre, Pachai, ahorró 150 afganis para emprender un agotador viaje en autobús desde su pequeña aldea.
    Aunque, al cambio, los dos billetes sólo costaron tres euros, esta ridícula suma supone para Pachai una auténtica fortuna que está dispuesto a desembolsar para salvar a su hijo, aquejado de una severa poliomielits que le ha atrofiado los músculos hasta dejarlo inválido.
    Incapaz de mantenerse en pie, el niño acaba de estrenar unas prótesis que le servirán para sostenerse sobre sus raquíticas piernas, pero tendrá que afrontar el incierto futuro que le aguarda a su país aferrándose a unas muletas.
    Ahora, Rozedin se recupera en el pabellón de rehabilitación del centro de la Cruz Roja en Kabul, que no sólo atiende a los mutilados por las minas, sino que se ha visto obligado a abrir sus puertas a la monstruosa masa de disminuidos que está proliferando en Afganistán.
    Y es que, tras casi tres décadas de guerra que han desmantelado el sistema sanitario y devuelto las condiciones higiénicas a la miseria de la Edad Media, cada vez son más frecuentes los casos de polio y deformaciones congénitas entre la población civil.
    Una es estas malformaciones más extrañas es la que padece Giab Ali, un joven de 16 años que sufre una “osteogenosis imperfecta” que, hasta que pudo tener acceso a una ortopedia, le había doblado las piernas hacia atrás y le obligaba a caminar arrastrándose sobre sus rodillas.

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  • Estampas de Kabul

    07 Diciembre 2008, 07:38

    Durante las Navidades de 2002, un año después de la caída del régimen talibán, tuve la suerte de poder ir a Afganistán en uno de mis primeros “viajes de trabajo”, que había iniciado el año anterior en Bosnia y que continuaría al siguiente en Kosovo y en los países africanos de Togo y Benin.

    Prefiero denominarlo así porque resultaría exagerado decir que fui como “enviado especial”, ya que aproveché mis vacaciones de Navidad, sufrí la pesadilla de volar en Ilyushin, un avión de transporte bielorruso fletado por el Ejército español, y me pagué de mi bolsillo la estancia en un hotelito de Kabul donde me congelaba cada mañana cuando tenía que ducharme con un hilillo de agua tibia. Pero bueno, éstos son los gajes del oficio, por los que uno pasa agradecido y entusiasmado cuando empieza en esto del Periodismo y se busca la vida como sea para salir de la Redacción e ir allí donde están pasando las cosas importantes que suceden en el mundo.

    De aquel viaje me traje varios reportajes que vendí en algunos medios – entre ellos ABC – y me sirvieron para cubrir gastos, una experiencia inolvidable que sería decisiva para convertirme luego en corresponsal del periódico en Asia y doce carretes de fotos – en aquel entonces sólo utilizaba una pequeña cámara digital para las imágenes que tenía que enviar en el mismo día.

    Ahora que se cumplen siete años de la caída del régimen talibán, aprovecho este blog para publicar algunas de dichas estampas de Kabul.

    En guerra permanente desde la invasión soviética, que comenzó en 1979 y se prolongó durante diez años, Afganistán lleva casi tres décadas desangrándose. Primero por la lucha contra el temido pero no tan poderoso Ejército Rojo, luego por el reparto de poder entre los “Señores de la Guerra”, más tarde por la brutal represión del cruel régimen talibán y, por último, por la invasión estadounidense en la lucha contra el terrorismo islamista internacional desatada tras el 11-S.

    Como consecuencia, Kabul parece más un queso “gruyere” que una ciudad, con sus edificios acribillados por las balas o, simplemente, derruidos. En medio de este ambiente fantasmagórico se mueve una población acostumbrada a todo tipo de penurias y que intenta recuperar el ritmo normal de su vida en un país donde la paz parece una misión imposible.
    Por eso, una de las cosas más sorprendentes de los afganos es su enorme fuerza moral para seguir combatiendo dichas penalidades sin llegar a perder la sonrisa ni, sobre todo, la esperanza en que el mañana sea mejor que el pasado.
    Ello dependerá del éxito que tengan las fuerzas multinacionales para devolver la estabilidad a Afganistán, que empieza a convertirse en otro avispero incluso peor que el iraquí por el avance de las fuerzas talibán en el interior del país.

    Tanto entonces como ahora, los habitantes de Kabul luchan por reconstruir su cotidianidad, ya sea acarreando fardos al mercado en bicicleta o en carros tirados por burros o, para los que tengan más suerte, yendo al cine a ver alguna de las películas indias que, procedentes de la factoría “Bollywood”, hacen las delicias de unos espectadores que tenían prohibido ver la televisión durante la época talibán.

    Entre sombras y ruinas, los afganos siguen moviéndose hacia delante y mirando al futuro.

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  • Afganistán: el regreso a ninguna parte

    04 Diciembre 2008, 08:54

    Con motivo del séptimo aniversario de la caída del régimen talibán en Afganistán, que se conmemora el 6 de diciembre, reproducimos aquí, con datos actualizados, un reportaje publicado en 2003. Por desgracia, los testimonios tomados entonces sirven para reflejar la situación que se vive en Afganistán en estos momentos, que no sólo no ha mejorado, sino que ha ido a peor

    Ya han pasado siete años desde que, el 6 de diciembre de 2001, el régimen talibán fue derrocado en Afganistán. Procedentes de los vecinos Pakistán e Irán, donde aún hoy viven 3,5 millones de afganos, miles de refugiados retornan cada día a un país arrasado por casi tres décadas de interminables guerras. En la mayor repatriación de la que se ha encargado la ONU en toda su historia, más de 4,5 millones de personas, tanto exiliados como desplazados internos, han vuelto ya a sus casas desde marzo de 2002 en lo que supone un regreso a ninguna parte.

    “Los afganos hemos tenido mala suerte incluso después de librarnos del régimen talibán”. Tras un harapiento pañuelo que le oculta las infecciones que se pudren en su boca, se queja desconsolado el viejo Bashir, quien creía que las cosas iban a ser muy diferentes tras la caída de Kandahar, el último bastión de los integristas islámicos, el 6 de diciembre de 2001. Lo peor es que no fue el único en pensar así. Desde marzo de 2002, en lo que supone la mayor repatriación puesta en marcha por la ONU en su historia, 3,69 millones de personas han vuelto a sus casas procedentes, principalmente, de Pakistán e Irán, donde aún podrían quedar cerca de 3,5 millones de personas a tenor de un informe del Congreso de Estados Unidos.
    Tras siete años de inestabilidad y con el recrudecimiento de la ofensiva talibán, Afganistán afronta con incertidumbre las arduas tareas de reconstrucción y la vuelta de los exiliados, de los cuales el 40 por ciento opta por volver a marcharse al comprobar la falta de oportunidades en su país.

    Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), han sido casi 300.000 las personas que, con su ayuda, han vuelto este año de Pakistán e Irán, donde aún quedan 2,5 millones y 900.000 afganos, respectivamente. Con su regreso, ya son más de 3,5 millones los exiliados que se han asentado en Afganistán desde que, en marzo de 2002, arrancó este plan de repatriación. A éstos hay que sumar los 1,1 millones de refugiados que han emprendido el camino a casa por sus propios medios y los 500.000 desplazados internos que jamás llegaron a traspasar las fronteras de su patria durante 23 años de encarnizadas luchas, que comenzaron con la ocupación soviética a finales de los 70.

    A pesar de que todos ellos han retornado a Afganistán en busca de un futuro mejor, lo único que se han encontrado en este regreso a ninguna parte es que la caída del régimen talibán no ha devuelto la paz ni la estabilidad al país. Sin comida y sin un techo bajo el que resguardarse, los esqueletos de los edificios acribillados por los obuses y las balas se convierten en el único hogar de los refugiados. En una calle cualquiera de Kabul, que ha duplicado su población hasta alcanzar los tres millones de habitantes, centenares de personas viven hacinadas en inmuebles que, derruidos y agujereados por las bombas, emergen fantasmagóricos del fango.

    Frente a uno de ellos, una multitud de niños se agolpa alborotada, chapoteando sobre el barro, nada más ver una cámara de fotos. Les siguen sus padres y abuelos, deseosos de contar una historia tan dramática y habitual como la de Chah, un miembro de la etnia tayika de 68 años. “Junto a otras 58 familias, vivimos en una antigua fábrica de zapatillas destruida por las bombas”, señala a sus espaldas un inmueble que apenas se mantiene en pie en el antiguo barrio hazara de la capital. Una zona donde el comandante Ahmed Sha Massud, hoy héroe nacional de Afganistán, casi no dejó piedra sobre piedra en los cruentos combates que libraron entre sí los “muyahidin” tras expulsar a las tropas rusas a principios de los noventa. “Primero huyendo de los señores de la guerra y después de los estudiantes del Corán, tuve que dejar mi trabajo como albañil en Kunduz y marcharme a Mazendaran, en Irán”, narra Chah, quien regresó animado por los nuevos aires que se respiraban en Afganistán a principios de 2002.

    Pero la realidad ha sido bien distinta a sus ilusiones. “Tras pagar junto a mi mujer 10 dólares a ACNUR para conseguir el certificado de refugiados, nos embarcaron en la frontera en un desvencijado camión que, repleto de personas y atravesando unas rutas impracticables, nos trajo hasta aquí”, recuerda mientras enseña una y otra vez, al igual que las decenas de personas que vociferan junto a él intentado explicar su penosa situación, los papeles de la ONU. Como sus vecinos, Chah protesta porque suponía que “nos iban a dar una tarjeta para conseguir comida y una casa pero, cuando el camión llegó a Kabul, nos hicieron bajar a todos en medio de la calle y el vehículo se marchó a toda velocidad”.

    Aunque el flujo de refugiados que regresan a Afganistán ha disminuido desde 2006 debido al empeoramiento de la situación, la situación sigue siendo dramática, sobre todo en la parte oriental del país, que ha acogido el 60 por ciento de los retornos de este año.
    Por ese motivo, la ONG Intermón Oxfam acaba de alertar de que cinco millones de afganos sufren ya la escasez de alimentos, incluyendo 1,8 millones que se encuentran en riesgo de malnutrición, especialmente niños, mujeres embarazadas, lactantes y ancianos.
    A la falta de comida se suma, además, el frío, ya que millones de personas se verán expuestas en los próximos meses al severo invierno afgano, que el año pasado provocó numerosas muertes por congelación.

    Para combatir el frío, los hombres parten cada mañana en busca de tablones de madera con los que encender una hoguera. Una misión casi imposible porque, después de tantos años de guerra, los bombardeos han desmantelado todas las infraestructuras y han arrasado la mayoría de los árboles. En un paisaje en ruinas y donde el color marrón de las casas de adobe y del barro ha sustituido al verde de la vegetación, Kabul es un laberíntico tablero de edificios despanzurrados y calles, sin faroles ni semáforos, plagadas de socavones provocados por los obuses.

    En este sobrecogedor escenario, alguien que tuvo un poco más de suerte que Chah fue Abdul, otro albañil de 55 años que, con el rostro surcado por las arrugas, aparenta casi el doble de edad. Procedente de Pakistán, la ONU le entregó 100 dólares en 2002 para que pudiera regresar a su país. Ahí acabó su fortuna porque, desde entonces, no sólo no ha percibido ninguna otra ayuda económica, sino que apenas es capaz de encontrar un empleo. “La última vez que trabajé me pagaron 50.000 afganis antiguos por pasarme un día entero colocando ladrillos para reconstruir una casa”, recuerda apesadumbrado. Con ese dinero, que al cambio se traduce en un mísero euro, pudo comprar madera para hacer fuego en las ruinas que habita y pan y té con el que alimentar durante los cuatro días siguientes a su mujer y sus hijos, así como a otros parientes con los que convive, hacinado, en un inmundo cuartucho.

    Sobre unos plásticos sucios y unas mantas malolientes, una de sus primas mece a sus dos bebés de pocos meses y los envuelve en ligeros pañuelos que anuda aparatosamente para mantener el calor. Ante la mirada impotente de la mujer, otra niña algo mayor llora mientras, descalza, el frío le cala los huesos. Hundidos en el barro y rodeados de basura, los refugiados se resguardan de las inclemencias con la única protección de unos mugrientos sacos terreros. Mientras tanto, siguen preguntándose dónde están los 4.500 millones de dólares que, en 2002, un grupo de países donantes se comprometió a aportar durante la Conferencia de Tokio para ayudar a reconstruir el país en un plazo de cinco años. Aunque insuficientes, ACNUR también ha gastado cientos de millones de dólares en cubrir las necesidades de los desplazados, que reciben alimentos, medicinas, tiendas de campaña y unos “kits” de construcción con los que miles de familias podido reconstruir sus hogares.

    Todo con tal de evitar que las madres, que cargan desde el río cubetas de agua para lavar la ropa y los cacharros de cocina, envíen a sus hijos a mendigar. Si son tan afortunados como el pequeño con quien se cruza Abdul, regresarán a casa sonrientes y con una hogaza de pan en sus manos, donde la suciedad se acumula en capas negras y rugosas.
    Como siempre, los más vulnerables e indefensos son los niños, que invaden todos los rincones de la desmoronada factoría. Por este motivo, Khalil, Ahmed y Tameen, que no saben leer ni escribir, ya han aprendido lo suficiente como para ganarse la confianza de los soldados estadounidenses que, a fuerza de bombardeos, intentan llevar la paz a su país. “How are you, mister?”, repiten sin cesar intentando sacarse algunos afganis mientras alzan el pulgar.

    Como una broma de mal gusto, una desgastada lona azul donde luce el anagrama del Alto Comisionado para los Refugiados (unas manos que dan techo a un exiliado) cuelga a sus espaldas entre los escombros del derruido edificio. Un toldo traído desde los campos de desplazados por alguien que abandonó dichos recintos a la intemperie debido a las gélidas temperaturas.

    En este éxodo en busca de un edificio con una techumbre bajo la que cobijarse, Saigedullah se pasó varios meses ocupando casas abandonadas de Kabul. “Pero cuando sus dueños regresaban del exilio, me obligaban a marcharme”, relata antes de confesar que “jamás pensé que algo así me pudiera ocurrir”.

    Y es que, hasta hace poco, este relojero de 39 años tenía cinco tiendas, varias casas e incluso tierras en Kamar, un pueblo de la región de Bamiyán, famosa por los Budas preislámicos que los talibanes bombardearon en una de sus últimas aberraciones culturales. Antes de que este brutal movimiento político-religioso tomara el poder, Saigedullah, que profesa la vertiente suní del Islam, lo perdió todo cuando sus adversarios chiíes le arrebataron sus posesiones y tuvo que huir para salvar su vida. Desde entonces, ha vagado errante por todo el país.
    Por el pasado que arrastra, Saigedullah, que ha contemplado impotente cómo una mina marcaba para toda la vida a su hijo, no es optimista sobre el futuro. “La guerra seguirá”, sentencia, desengañado, negando con la cabeza. Una amenaza que no le asusta porque, como proclama orgulloso, “desde la época de los ingleses hasta la invasión soviética, siempre ha pasado lo mismo. Nos han ocupado, pero no han podido conquistarnos”.

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