¿Qué demonios pasa con los taxis de Pekín?

Publicado por el sep 24, 2011

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¿Qué demonios pasa con los taxis de Pekín últimamente? Cada vez resulta más difícil coger un taxi y es mejor olvidarse del asunto si llueve o es hora punta, sobre todo a la salida de las oficinas entre seis y ocho de la tarde. En los cruces, decenas de personas aguantan estoicamente hasta que por fin aparece un taxi que se digna a llevarlos adonde quieren ir. Porque ahora los taxistas hasta se permiten el lujo de rechazar a los clientes. Primero les preguntan adónde van y, si no les viene bien esa ruta o si consideran que está tan cerca que la carrera no merece la pena, entonces niegan con la cabeza emitiendo un desagradable gruñido y se marchan tranquilamente conscientes de que hay clientes de sobra en la calle.

Taxis de Pekín

Aquí se ven muchos, pero desaparecen cuando llueve o es hora punta. REUTERS

En ocasiones, cuando ven a un “laowai” (extranjero), ni siquiera se detienen y pasan de largo. Abusando quizás de mi benevolencia, quiero pensar que lo hacen porque creen que no van a entender al forastero y les va a traer más dolores de cabeza que beneficios, pero a veces me queda la duda de si lo hacen por una incipiente xenofobia en la cada vez más nacionalista y crecida sociedad china.

Por extraño que parezca, otro motivo a tener en cuenta son los cambios de turno en los taxis, que pertenecen a empresas privadas que se quedan con una parte de la recaudación que haga el conductor. Con una bajada de bandera de 10 yuanes (1,15 euros) y a un ritmo de 2 yuanes (23 céntimos de euros) el kilómetro, el chófer debe conseguir primero unos 200 yuanes (23 euros) para la compañía y el resto es para él, que también debe pagar la gasolina y el mantenimiento del vehículo. Desafiando toda lógica empresarial, los cambios de turno suelen coincidir con las horas punta. Así, no es extraño ver numerosos taxis vacíos camino de las cocheras mientras los clientes se desesperan en las esquinas o bajo la lluvia.

En el resto del mundo, y gracias a que se pasan todo el día en la calle, los taxistas suelen ser bastante espabilados y no se les escapa una. Aunque la mayoría de chóferes son simpáticos y parlanchines, en Pekín no ocurre lo mismo. Algunos conductores se acaban de sacar el carné, van “pisando huevos” mientras se hurgan los oídos para extraer el cerumen con las larguísimas uñas que se dejan crecer en el dedo meñique y ni siquiera saben dónde están lugares tan conocidos como “Sanlitun, jiuba jie” (Sanlitun, la calle de los bares). En el colmo del “borriquismo”, algunos parecen conducir con orejeras con la vista fija al frente y, al pasar por un cruce, no se les ocurre mirar en las calles de alrededor por si hay clientes haciéndoles señas, como suele ocurrir.

Al margen de todas estas encantadoras peculiaridades, la principal razón de que ahora sea más complicado coger un taxi es que cada vez hay más chinos que pueden permitírselo. Gracias a la mejora de las condiciones de vida que está trayendo el extraordinario crecimiento del país, los chinos tienen cada vez más dinero y salen más a la calle para cenar, de compras o tomar copas, colapsando Pekín y las grandes ciudades no solo los viernes y sábados, sino cada día de la semana.

Para reducir los colosales atascos que se registran a todas horas, las autoridades de Pekín han restringido el tráfico y la concesión de matrículas, que se entregan mediante una lotería. Todo ello conlleva que haya más demanda para los taxis, cuya oferta no ha aumentado.

En todo este río revuelto, los que están haciendo su agosto son los “coches negros”, taxis clandestinos que se aprovechan de la situación subiendo las tarifas, a veces de forma abusiva.

Y, cada día, las calles de Pekín están más y más embotelladas. El metro, donde los pasajeros viajan como sardinas enlatadas, más y más lleno. Las tiendas, con más y más clientes. Y los bares y restaurantes, más y más abarrotados. Si hay riesgo de que China estalle, sin duda será por exceso de crecimiento y progreso, no por defecto.

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