Conservar en tiempos de guerra

Publicado por el jul 23, 2011

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El patrimonio artístico es una de las primeras víctimas de todas las guerras. El bombardeo de la Biblioteca de Sarajevo en el atroz conflicto de Bosnia (25 de agosto de 1992) o el expolio del Museo de Bagdad (abril de 2003) son sólo los últimos ejemplos de cómo la barbarie humana se ceba con el arte.

En la Historia más reciente, los primeros casos tienen como protagonistas a España y China, que en los años 30 y 40 del siglo pasado coincidieron en su particular calvario por salvar su vasto patrimonio cultural de la destrucción. Ambos países vivieron una auténtica epopeya para impedir que sus obras de arte ardieran pasto de las llamas y la sinrazón.

Un mural religioso es trasladado durante los primeros días de la Guerra Civil española

Para empezar, más de medio millar de obras maestras del Museo del Prado fueron evacuadas y trasladadas a Valencia y, luego, a Cataluña y al extranjero durante la Guerra Civil española (1936-39). Nada más estallar la contienda, en Madrid se suceden una serie de asaltos contra iglesias, conventos y palacios de aristócratas, que son expoliados y quemados. De inmediato, la Junta de Incautación, Salvamento y Protección del Patrimonio Artístico pone en marcha un plan para hacerse con las obras amenazadas y se dedica a empapelar las calles de la capital con carteles que rezan consignas como “Ciudadano, no destruyas ningún grabado ni trabajo antiguo” o “Los libros son las armas de mañana”.

En pocos días, más de 20.000 pinturas y 12.000 esculturas son rescatadas, inventariadas y almacenadas en una docena de depósitos repartidos por todo Madrid, entre los que destacan la iglesia de San Francisco el Grande, que albergó los carruajes reales, el Museo Arqueológico, cuya estructura fue reforzada, y la Biblioteca Nacional, que guardaba un millón de libros, entre los que había 50.000 de excepcional valor.

Tal y como relata el documental “Las cajas españolas”, dirigido por Alberto Porlan en 2004, algunos cuadros de El Greco fueron escondidos en una cueva de Illescas (Toledo) por su alcalde y luego en la cámara acorazada del Banco de España, donde les salió moho. Mientras el Alcázar de Toledo era arrasado, algunos miembros del Gobierno republicano querían vender el patrimonio artístico para comprar armas en el extranjero o fundir los bronces de las iglesias para fabricar munición.

El patrimonio artístico chino sufrió una odisea similar al español durante la guerra

Al vandalismo de los radicales más exaltados se unía, además, el riesgo de los bombardeos de la aviación franquista. Con la fuente de Cibeles cubierta por un sarcófago de ladrillos y sacos terreros y el Museo del Prado cerrado desde agosto, todas las alarmas saltan entre los días 16 y 18 de noviembre de 1936, cuando varias bombas y artefactos incendiarios caen sobre el centro de Madrid y provocan daños en la pinacoteca nacional, cuyas obras habían sido descolgadas y guardadas en los sótanos.

Con un fondo de 24.000 piezas, entre las que figuran 8.000 pinturas, la protección del Prado se revela como una misión crucial. “Como el museo no era seguro, desde noviembre del 36 hasta 1939 se evacuan sus principales cuadros en 15 expediciones formadas por convoyes de camiones, que debían recorrer a 20 kilómetros por hora los 350 kilómetros que separan Madrid de Valencia, donde se refugió el Gobierno de la República antes de huir a Barcelona y luego a la frontera con Francia”, explica la conservadora del Prado, Judith Ara.

Aunque los lienzos viajaron literalmente emparedados en cajas ignífugas de madera sin clavos y envueltos en varias capas de almohadillas y papel acolchado, los trayectos fueron muy accidentados porque las carreteras estaban intransitables y la amenaza de bombardeos y ataques era constante. De hecho, se registraron algunos percances que provocaron ligeros daños a famosos cuadros como los “Fusilamientos del 3 de mayo”, de Goya.

Junto a la verdad, el arte es una de las primeras víctimas colaterales en todas las guerras

Ya en Valencia, el patrimonio fue conservado en la Iglesia del Patriarca y en las Torres de Serranos, una fortaleza gótica del siglo XIV cuya estructura fue reforzada con seis capas protectoras de sacos terreros y bóvedas de hormigón recubiertas de tierra y cáscaras de arroz. Hacia agosto de 1937, las 500 mejores obras del Prado ya están en la capital del Turia, pero luego tendrán que continuar su odisea hasta Cataluña siguiendo la huida del Gobierno republicano ante el avance de las tropas nacionales.

En total, fueron 1.846 cajas las que protagonizaron este largo periplo, pero la Junta de Madrid custodió 21.737 cuadros en 1.255 puntos de catalogación y la iglesia de San Francisco el Grande atesoró 50.000 objetos artísticos que luego tuvieron que ser repartidos entre los depósitos del Prado y del Museo Arqueológico.

Ocultas primero en los castillos de Perelada y Figueras y luego en la mina La Vajol, cerca de la frontera con Francia, un millar de las obras más importantes llegaron hasta el exilio en Francia y Suiza, donde se exhibieron en la Sociedad de Naciones de Ginebra hasta que, después de complejas negociaciones diplomáticas, fueron devueltas al nuevo Gobierno de Franco en España justo antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial en el verano de 1939.

Las obras artísticas más importantes de China fueron trasladadas a Taiwán

Para esa fecha, y en el otro extremo del mundo, el tesoro artístico de China ya llevaba varios años huyendo de la ocupación japonesa. Concretamente, desde la invasión de Manchuria, en el nordeste del país, en 1931. Con el trágico precedente de la destrucción del Palacio de Verano por parte de las tropas anglofrancesas en 1860, durante la Segunda Guerra del Opio, el Gobierno chino se apresuró a evacuar las obras del Museo del Palacio abierto en la Ciudad Prohibida.

Bajo fuertes medidas de seguridad, para impedir robos y protestas ciudadanas, en febrero de 1933 comenzó el traslado en tren de 19.816 cajas con objetos de arte, que incluían 300.000 libros y un número similar de porcelanas, joyas y jade. Al principio, el patrimonio recaló en Shanghái pero, ante el avance nipón, acompañó al Gobierno en su repliegue hasta Nanjing, Chongqing e incluso Sichuan, al suroeste del país.

“Dividido en varias rutas, el patrimonio chino recorrió miles de kilómetros en desvencijados camiones por montañas infranqueables, trenes acosados por los bombardeos del enemigo y barcazas que surcaban ríos infestados de bandidos”, desgrana Duan Yong, subdirector del Museo del Palacio de Pekín.

Durante 15 años, el vasto tesoro nacional estuvo diseminado y oculto no en depósitos, sino en templos y cuevas de Hunan, Guangxi y Sichuan, pero lo peor vino con el fin de la contienda tras la derrota de los japoneses en 1945. El estallido del conflicto civil (1945-49) entre las fuerzas comunistas de Mao Zedong y el Gobierno de Chiang Kai-chek llevó a la definitiva separación del patrimonio cuando éste último se refugió en la isla de Taiwán al perder la guerra.

El Museo del Palacio, en Taipei, alberga la mayor colección de arte chino del mundo

“Entre 1948 y 1949, 600.000 piezas de arte fueron trasladadas a Taipei en 2.972 arcones junto a 150.000 libros y 60.000 bronces”, recuerda Liang Jinsheng, quinta generación de una familia de artistas que trabajó para los últimos emperadores de la dinastía Qing en la Ciudad Prohibida. Nacido en 1948 durante el traslado del tesoro nacional chino, su vida resume esta odisea y su posterior partición, ya que su abuelo, que pertenecía al taller imperial de Pu Yi, tuvo que abandonar a su familia y acompañar a las obras hasta Taiwán como conservador del patrimonio real.

“Mi abuelo murió en 1972 sin volver a ver a mi padre, que falleció en 2007, y yo no pude reencontrarme con mi hermana hasta los años 80. Además, durante la época comunista mis hermanos tuvieron problemas por nuestros familiares en Taiwán y yo fui el único que pudo trabajar en el Museo del Palacio”, señala Liang, quien creció junto a los tesoros chinos y volvió a ser contratado tras jubilarse hace dos años.

En 1965 abrió sus puertas el Museo del Palacio de Taipei, que atesora la mayor y más importante colección de arte chino. Curiosamente, y por los avatares del destino, se encuentra fuera del continente, donde el patrimonio imperial se reparte entre la Ciudad Prohibida de Pekín y el Museo de Nanjing. Aunque divididos, y como ocurrió en el caso de España, al menos todos estos tesoros fueron conservados en tiempos de guerra.

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