Las diez “frikadas” de la Expo de Shanghái

Publicado por el Oct 30, 2010

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Seis meses dan para mucho. Y más en la nueva China del progreso y la modernidad, que ha vuelto a lucirse ante el mundo con la Exposición Universal de Shanghái, la mayor y más cara de la Historia. En estos 184 intensos días, por la muestra han pasado más de 71 millones de visitantes, en su inmensa mayoría chinos que jamás han viajado al extranjero y estaban ansiosos por echar un vistazo a lo más representativo de otros países.

Pero, junto a “La Sirenita”, los cuadros de Van Gogh, Gaugin y Monet, los espectáculos de “La Fura del Baus” o el “Circo del Sol”, en la Expo también ha habido “frikadas” de campeonato como éstas:

1. El primer satélite de Irán

Parece una caja fuerte, poco resistente por cierto, con remaches y cuernos, pero el pabellón de Irán lo “vendía” como el primer satélite construido con tecnología propia. Supuestamente lanzado al espacio el 2 de febrero del año pasado, el OMID es un satélite de telecomunicaciones que, según el panel explicativo, tiene su banda de emisión en UHF, como las televisiones antiguas. En su intento por comprobar de primera mano la tecnología punta “made in Iran”, un compañero desenroscó con toda facilidad las finas varillas de las antenas. ¿De verdad resistirá esta chatarra en el espacio o será una muestra más de la propaganda de la República Islámica? A la vista del resto del pabellón, me inclino a pensar lo segundo porque, junto al “satélite”, se exhibían los primeros medicamentos capaces de curar el sida. ¡Y el resto del mundo sin saberlo! Todo un regalo del régimen teocrático a la Humanidad, “pese a que en Irán no tenemos muchos enfermos porque no hay tantos homosexuales ni drogadictos como en Occidente”, según me explicó un guía del pabellón

.

 

2. El “Eje del Mal”

Casualidad o humor amarillo de los organizadores, el pabellón de Irán estaba estratégicamente situado junto al de Corea del Norte, alineándose así en el mismo “Eje del Mal” donde los incluyó Bush en su día. En su interior, poco que ver. Tan sólo un par de cartelones mostrando la belleza arquitectónica de Pyongyang, una ciudad gris de grandes avenidas vacías y colmenas de viviendas de estilo soviético, y varios vídeos reflejando las virtudes del “Paraíso de los Trabajadores” con idílicas imágenes de casas que parecían sacadas de “Cuéntame”. Tan ocupado como anda con sus ensayos atómicos y aleccionando a su hijo menor para que le suceda en el trono de esta dinastía comunista, el “Querido Líder” Kim Jong-il todavía no ha descubierto Ikea.

3. La salchicha de Alemania

O, más bien, su olor. Eso es de lo que podían disfrutar los visitantes al pabellón germano de estilo Bauhaus, uno de los más exitosos y completos gracias a sus distintas salas de muestras y atracciones. Pero, entre la cadena de montaje de una fábrica y la “bola de energía” que se movía impulsada por las voces del público, los alemanes habían hecho un hueco para una barbacoa con unos perritos calientes de plástico que, al pulsar un botón, desprendían el típico olor de los “frankfurt” asados. Afortunadamente, las cervezas que se servían en el concurrido bar sí eran auténticas.

4. El conejo de Macao

La antigua colonia portuguesa, meca del juego, quiso sorprender y prescindió para su recinto de la recurrente forma de los casinos. En su lugar, optó por el diseño de un conejo. Bastante “kitsch”, es verdad, pero con motivo. Y no se trataba de ninguna publicidad subliminal de Duracell. Macao quería así celebrar su devolución a China, que tuvo lugar en 1999, el año del conejo. Menos mal que no fue en el de la rata.

5. Los tacones de las visitadoras

Más que visitantes, a la Expo han acudido numerosas visitadoras de Shanghái que parecían más interesadas en mostrar sus encantos que en ver los pabellones. Sólo así se explican los taconazos y las minifaldas que lucían algunas damiselas, sin duda poco apropiados para aguantar horas de cola pero más que efectivos a la hora de cazar un noviete, a ser posible “laowai” (extranjero) y con dinero.

6. Los pasaportes Expo

La mayoría de los chinos que han visitado la Expo no han salido jamás al extranjero. De hecho, ni siquiera tienen pasaporte. Por los 160 yuanes (17 euros) de la entrada, la muestra les ofrecía la posibilidad de viajar, al menos virtualmente, a otros países y conocer sus más bellos encantos. Y, para que quede constancia de la aventura, nada mejor que sellar el correspondiente visado en el pasaporte Expo, que por supuesto no es de curso legal pero vale como uno auténtico para fardar ante los amigos y compañeros del trabajo. Como en algunos pabellones había que esperar horas y horas de colas, los más avispados se dedicaban a ir directamente a la ventanilla de los visados para conseguir el correspondiente sello y poder lucirlo de vuelta a casa.

7. Los retrasos de Cuba y Venezuela

Por falta de presupuesto o de contenidos, algunos pabellones sufrieron retrasos hasta que finalmente se pusieron en marcha. Es el caso de Cuba y Venezuela, que oficialmente abrieron sus puertas el día de la inauguración, pero no tenían nada que exponer en su interior. Durante varios días permanecieron cerrados hasta que, por fin, sus respectivos países liberaron fondos para enviar algo con los que rellenarlos. Por culpa de los dichosos retrasos, no me dio tiempo a ver si había puros del camarada Fidel o alguna muestra de la “revolución bolivariana” de Chávez.

8. La caseta de feria de Holanda

No se sabe si será por el efecto “peta de Amsterdam”, pero parecía el diseño de un “fumado”. Con sus luces de colores y su disposición en forma de habitaciones colgantes, de noche más bien tenía pinta de caseta de feria. O de puticlub de carretera que de eso también saben un rato largo en el “barrio rojo” de la capital holandesa.

9. Las semillas del Reino Unido

Una “frikada”, sin duda, pero genial. El hipnótico cubo del Reino Unido, del que sobresalían 60.000 varillas transparentes con simientes del Banco de Semillas de Londres, ha sido una arriesgada apuesta conceptual cuya forma innovadora le ha valido al premio de oro al diseño arquitectónico.

10. Robots violinistas en la “tetera”

Japón ha hecho alarde de sus innovaciones tecnológicas con robots que tocaban el violín, futuristas vehículos monoplaza y pantallas no ya táctiles, sino que responden al movimiento de las manos. Su pabellón, construido con membranas de color violeta y apodado “la tetera”, incorporaba además las últimas técnicas estructurales para aprovechar el agua de la lluvia y refrigerar el interior de forma limpia y respetando el medioambiente.

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