La vida en un pozo

Publicado por el Aug 24, 2010

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Lan Guangming se la juega todos los días. A punto de cumplir los 40, trabaja desde hace cuatro años en la mina estatal de Ximing, horadada en la montaña de Gujou a 30 kilómetros de Taiyuan, capital de la provincia china de Shanxi. Por encima de guerras, atentados terroristas o ajustes de cuentas mafiosos, la industria minera del gigante asiático es la más peligrosa del mundo con 2.631 muertos (7,2 al día) contabilizados el año pasado. Eso, al menos, oficialmente porque, si se incluyen los accidentes en pequeñas minas ilegales, dicha cifra podría ser superior y acercarse a los 7.000 fallecidos que se registraban en 2002.

Lan Guangming gana en un mes en la mina lo mismo que en todo un año en el campo

Para arriesgar así la vida, hay un motivo muy sencillo. “Nuestro sueldo es de 4.000 yuanes (468 euros) al mes, lo mismo que antes ganaba durante todo un año cultivando la tierra en mi pueblo”, explica Lan nada más concluir su jornada laboral. Son las cuatro de la tarde y, con la cara y las manos aún teñidas de negro, suspira aliviado tras salir un día más del pozo, donde entró a las siete de la mañana.

Con sólo 60 minutos para comer, los mineros trabajan ocho horas durante 27 días al mes y únicamente descansan tres. “Si escogiera el turno especial de 12 horas, podría llegar a cobrar el doble, entre 7.000 y 8.000 yuanes (entre 817 y 933 euros), pero no podría salir a almorzar al mediodía y me llevarían al pozo grandes cuencos de arroz para comer allí abajo y no perder el tiempo”, razona Lan, quien se alimenta en la cantina de la mina a base de platos de “noodles”(tallarines) que le cuestan cuatro yuanes (medio euro).

“Tengo que ahorrar todo lo que pueda para mandarle cada mes a la familia unos 3.000 yuanes (350 euros), ya que cada año debemos abonar 12.000 yuanes (1.400 euros) para el colegio y los libros de nuestros dos hijos, que tienen 17 y 14 años”, desgrana el minero, que paga unos 20 yuanes al mes (2,33 euros) por el camastro del hediondo cuartucho donde vive junto a otros seis compañeros.

“En total nos cuesta 120 yuanes (14 euros) porque no hay cocina ni baño, pero el alquiler subiría a los 300 yuanes (35 euros) si los tuviera”, se encoge de hombros como queriendo justificar las estrecheces que le hace pasar la necesidad. Y también los riesgos: cada mañana, desciende a la mina con vagonetas en turnos de 700 personas a través de una oscura y estrecha galería que mide cinco kilómetros de largo y baja hasta los 100 metros de profundidad.

“¿Que si tengo miedo? No me queda más que remedio que trabajar. Mei ban fa”, dice repitiendo la típica muletilla en mandarín que resume a la perfección la resignación de este pueblo tan acostumbrado a sufrir. “A veces he tenido que salir corriendo cuando han saltado las alarmas por desprendimientos, pero en estos cuatro años sólo me he enterado de la muerte de un compañero porque descarriló una vagoneta y lo arrolló”, aclara antes de revelar las indemnizaciones en caso de fallecimiento. Entre 400.000 y 500.000 yuanes (entre 46.644 y 58.305 euros) si uno tiene “guanxi” (contactos) y nada más que 15.000 yuanes (1.749 euros) si no.

Las vagonetas de la mina de Ximing bajan hasta los 100 metros de profundidad en un túnel de cinco kilómetros

Como allá abajo la temperatura es de sólo ocho grados, debe abrigarse con una pelliza gruesa, una chaqueta y un jersey. En el claustrofóbico túnel, donde apenas hay espacio para moverse, Lan se pasa horas y horas taladrando la roca con una pesada broca para arrancar el carbón, que es extraído mediante una cinta transportadora hasta la superficie.

“Cada día me levanto a las cinco de la mañana, pero me cuesta dormir porque de noche me duelen mucho los brazos por la fuerza que debo hacer para sujetar el taladro”, se queja el minero, cuya salud ya se está resintiendo por el duro tajo en el pozo y ha empezado a “escupir oscuro”. “Me quedaré dos años más, ahorraré lo suficiente para construir una casa mayor y lo dejaré antes de ponerme malo o enfermar de silicosis”, promete Lan, consciente de que, una vez se retire, perderá el seguro de la empresa que le cubre el 90 por ciento de los gastos médicos. Pero sólo mientras sea empleado de la compañía, no después, lo que significa que cualquier secuela que aparezca al cabo del tiempo habrá de costearla de su bolsillo si es que tiene dinero.

“Para ahorrar más todavía, estuve trabajando durante el Año Nuevo chino porque nos pagan el doble”, recuerda el minero, quien sólo regresa una vez cada dos años a su pueblo, Lanxian, a pesar de que está en la misma provincia de Shanxi a escasos 160 kilómetros y dos horas en autobús de Taiyuan.

“Pero mi esposa viene a verme cada tres o cuatro meses y los compañeros me dejan el cuarto libre unos días para que tengamos un poco de intimidad”, sonríe pícaramente. ¿Y cómo se puede vivir tantos meses sin una mujer?, le preguntamos buscando su complicidad. Aparte de las cartas, su único esparcimiento es acudir a las peluquerías donde unas “señoritas” tan ligeras de ropa como poco duchas en los peines y las tijeras “alivian” sus necesidades y su soledad por 50 yuanes (5,8 euros). “Cuestan más si son más guapas”, confiesa en un restaurante donde no le querían dejar entrar porque vestía el mono de trabajo y estaba muy sucio.

“Cazado” al terminar su turno en la misma boca del pozo, de donde cuelgan varias pancartas en mandarín recordando que “la seguridad es la vida”, Lan se disponía a ducharse para quitarse la costra de mugre que le cubre todo el cuerpo. Como todos los días, luego se iba a echar la siesta para cenar un poco y jugar al ajedrez chino con sus compañeros antes de acostarse a las ocho de la tarde.

La entrevista se realiza en el reservado del restaurante, a salvo de miradas indiscretas porque a los extranjeros sobre todo si son periodistas no les está permitido entrar en las minas, la mayoría de las cuales pertenecen al Gobierno chino.

Con sus destartalados bloques y su decadente ambiente post-industrial, la “ciudad-mina” depende del carbón

Por eso, un “lao wai” (extranjero) es la atracción en la gris ciudad que ha proliferado en torno al yacimiento de Ximing. Formada por destartalados bloques de viviendas, esta alienante colmena humana es una auténtica ciudad-mina donde todo el mundo trabaja y vive del pozo de carbón.

Es el caso de Wang, quien se dejó en las minas la mitad de sus 60 años y recuerda que el sueldo medio mensual era de 48 yuanes (5,6 euros) en la década de los 80. “Entonces, las autoridades locales nos obligaban a guardar silencio para que el Gobierno central no se enterase cuando se producían accidentes y teníamos que sacar a los muertos de las galerías con nuestras propias manos”. Ya retirado, pero encadenado para siempre al carbón, Wang se quedó a vivir en Ximing, donde regenta una tienda por la que paga un alquiler anual de 6.000 yuanes (700 euros) y que le reporta cada mes 1.000 yuanes (116 euros) para seguir tirando.

Al jubilarse, los trabajadores pueden comprarse aquí un apartamento de 60 metros cuadrados por entre 100.000 y 200.000 yuanes (entre 11.650 y 23.300 euros). Un buen precio para la nueva China del progreso y el crecimiento económico, donde la vivienda se ha disparado. Pero ni el enjambre de niños que corretea alegremente por sus calles al salir del colegio ni los coloristas puestos de fruta y verdura del mercado ambulante consiguen endulzar el amargo y decadente sabor de boca que deja el ambiente minero.

“Mi marido trabaja en el pozo y vinimos aquí porque un familiar nos dijo que había oportunidades de abrir un negocio, ya que el sueldo de los mineros es alto en comparación con los salarios que hay en China. Pero la verdad es que me quiero volver a mi pueblo”, admite Zhang Meiyin, una verdulera de 50 años de Henan que se saca al mes unos 2.000 yuanes (233 euros) con el tenderete que ha montado en la calle principal.

Tras un Porsche Cayenne propiedad de algún alto ejecutivo de la mina aparcado junto a una desconchada pared, una proclama con vistosos caracteres en mandarín afirma que “el Partido Comunista ha alcanzado las expectativas de crecimiento y desarrollo”.

La propaganda del Partido Comunista está presente en todos los muros de Ximing

“Respetar el medioambiente para conseguir los objetivos de la educación”, reza en otro muro justo a la entrada de la ciudad-mina de Ximing. A ella se llega a través de una carretera sinuosa que serpentea hasta la cima de la montaña de Gujou y por cuyas curvas ascienden a trancas y barrancas los camiones para cargar el carbón. Abajo queda un enorme centro de procesamiento y almacenamiento del negro mineral y, al fondo, los rascacielos de Taiyuan envueltos en una espesa nube de contaminación que cubre la ciudad. Así es la vida bajo tierra en un pozo de China.

El carbón aporta el 75 por ciento de la electricidad que se genera en la China del progreso y el crecimiento económico. Para que no se paren las cadenas de montaje de la “fábrica global”, este año se producirán 3.100 millones de toneladas, que son transportadas en tren desde las provincias mineras de Shanxi, Xinjiang y Mongolia Interior hasta las centrales térmicas de la industrializada costa, cuyas chimeneas escupen incesantemente humo en uno de los países más contaminados y con los cielos más grises del mundo.

Según el Museo del Carbón de Taiyuan, en China hay 5.300 minas y 10.176 millones de toneladas en 30 grandes yacimientos. “No podemos vivir cómodamente sin el carbón”, asegura un mural que recoge los 200 productos que proceden de este mineral, como los plásticos, tejidos, películas, cintas y cremas, y sus derivados químicos, como la melamina, el benceno y hasta la gasolina sintética.

Bajo una nube de contaminación, los rascacielos de Taiyuan se atisban tras la mina de Ximing

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Tras un biombo chino © DIARIO ABC, S.L. 2010

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