Turismo sexual sin toque de queda en Pattaya

Publicado por el may 27, 2010

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Para impedir la propagación de la revuelta de los “camisas rojas” en Tailandia, el toque de queda nocturno de doce de la noche a cuatro de la madrugada sigue vigente en Bangkok y otras 22 provincias hasta el próximo lunes. Pero hay un lugar donde fue levantado sólo dos días después del sangriento aplastamiento de las protestas el miércoles de la semana pasada. Se trata de Pattaya, una ciudad costera a dos horas de Bangkok famosa por sus playas en realidad una porquería en comparación con otras de Tailandia sus “resorts” de lujo y, sobre todo, su más que animada vida nocturna.

La “Walking Street” de Pattaya está abarrotada de bares y clubes y a rebosar cada noche

Desde que los “marines” americanos que luchaban en la guerra de Vietnam tomaran aquí sus vacaciones en zona, como demuestran las fotos y cartas de agradecimiento que luce en sus paredes el bar Five Stars, Pattaya se ha erigido en la meca del turismo sexual en Tailandia. Por eso, y porque los negocios mandan sobre la política, el Gobierno no dudó en levantar el toque de queda en Pattaya en cuanto llegó el primer fin de semana tras la represión en Bangkok. Y es que Pattaya, sin noche, no es nada, pero con movida nocturna deja a Sodoma y Gomorra a la altura de un parvulario.

Aquí, especialmente en el paseo marítimo, es imposible dar más de dos pasos sin recibir una sonrisa provocadora y una tentadora oferta. “Sawasdee ka, go to your hotel?”, maúllan juntando las palmas de las manos al modo budista las miles de “señoritas” que “hacen la calle” en Pattaya, una auténtica “ciudad-burdel”.

Una de ellas es Ramchida, que como todo los días celebra su 30 cumpleaños con sus amigas bebiendo una botella de güisqui y comiendo alitas de pollo con arroz y verdura en uno de los bancos del paseo. “Cada mes ganamos unos 30.000 bahts (750 euros), pero en los últimos tiempos los “camisas rojas” han espantado a los turistas y, además, estos días han venido a trabajar muchas chicas de Bangkok porque allí hay toque de queda y aquí no”, explica la joven, quien critica a la competencia porque “nosotras solemos cobrar unos 1.000 bahts (25 euros) y ellas se van con los hombres por sólo 400 bahts (10 euros)”.

Luciendo sus encantos, las chicas “hacen la calle” en el paseo marítimo de Pattaya

Ramchida, que procede de Udon Thani, una de las pobres provincias del noreste de Tailandia donde los “camisas rojas” tienen más seguidores y más radicales, se queja con razón, ya que este mes no podrá enviarle a su familia, que vive de la agricultura en el pueblo, los 20.000 bahts (500 euros) que acostumbraba. “Ahora tendré que trabajar más por menos”, se lamenta junto a las sombrillas vacías que inundan la estrecha franja de playa de Pattaya, tétricamente inmortalizada en el vídeo que retrataba en una de sus vacaciones en Tailandia al infame pederasta austriaco Josef Fritzl, el “monstruo de Amstetten” que mantuvo encerrada 24 años a su hija Elisabeth en el sótano de su casa para violarla reiteradamente y tener cuatro hijos con ella.

Pedófilos o no, la clientela de Pattaya da una buena muestra de su ambiente, sobre todo de noche en la denominada calle peatonal (Walking Street). Bajo los brillantes neones con nombres como Erotica y sensuales formas femeninas, se suceden uno tras otro bares con bandas tocando en directo, salones de masajes, discotecas y barras en las que las chicas bailan despendoladas.

En el interior de locales como Saphire Club, y enfrente de las mesas, las “gogós” se duchan desnudas en “jacuzzis” donde se enjabonan unas a otras ante la mirada encantada del público, que puede presenciar el espectáculo por los poco más de 100 bahts (2,5 euros) que cuestan las cervezas Chang o Singha. Mientras jóvenes venidas del campo se contonean en biquini o con minúsculas falditas que dejan al descubierto su inexistente ropa interior, otra pareja de chicas simula un espectáculo lésbico en una cama alrededor de la cual se amontonan los clientes, que no sólo pueden ver, sino también tocar y ser tocados con más o menos intensidad y profundidad dependiendo de las propinas que se dejen caer. A un señor mayor y regordete, que podría ser profesor de Geografía en cualquier instituto de Europa, una de las chicas de la ducha, más mayores, entradas en carnes y cascadas que las casi adolescentes “gogós”, le hace un trabajito oral a la vista de todos y sin cortarse un pelo. Con sonrisa beatífica, el tipo aprieta los dientes para que no le traicionen los achaques propios de la edad mientras va deslizando billetes de 20 bahts (medio euro) sobre el cuerpo mojado de la muchacha, a cuya piel se quedan adheridos como si fueran sellos arrugados y manoseados. A su lado, un viejo hippie con mostacho de punta, que luce gafas de sol setenteras y cinta del pelo sobre la melena canosa, da cabezadas borracho y mantiene en precario equilibrio dos jarras de cerveza, una medio llena y la otra medio vacía, en sus manos.

Huyendo del toque de queda, muchas chicas han venido de Bangkok a Pattaya

En otro local, What´s up?, el “rollo” es más artístico. A modo de cabaret “sadomaso”, seis bailarinas ataviadas con ligueros y correas enlazan cadenas de acrobacias sexuales asidas de barras y aros que cuelgan del techo. Unas hacia arriba, otras hacia abajo, pero todas abriendo sincronizadamente sus esculturales y larguísimas piernas, se besan unas a otras sus partes más púdicas y también púbicas en una especie de dominó sexual. Al son de la misteriosa música envolvente que atruena en los altavoces, con sus espigados pero bien formados cuerpos dibujan figuras que recuerdan a las de la natación sincronizada de Gemma Mengual o los bailes de sirenas en las películas antiguas de Esther Williams. Pero aquí, en lugar de siluetear flores o estrellas con sus piernas y manos, se enlazan unas con otras en inverosímiles piruetas para reinterpretar en vivo las posturas del “Kamasutra” ante el regocijo del público, entre el que se han colado un par de curiosas turistas extranjeras.

Derramando la cera de una vela sobre sus pechos y hasta sobre sus bocas, que abren procazmente mientras se humedecen los labios con la lengua, pasan entre las mesas y se sientan a horcajadas sobre los clientes para recoger las propinas. Las ayudan las camareras, jovencitas medio desnudas que enseñan alegremente su público vello púbico, por supuesto también rasurado, mientras se colocan a cuatro patas sobre las mesas y sofás para que otra compañera les atice en el trasero con una indolora pero ruidosa barra de espuma, que suena como un látigo sobre su fina piel.

Para que la temperatura no siga subiendo, y una vez que han terminado de pasar el platillo, las bailarinas apagan las velas metiéndoselas directamente en la boca, de cuyo interior sale el humo que se disipa entre las mortecinas luces rojas, azules y amarillas del club.

Más fuertes son aún los oscuros garitos que se esconden en las segundas plantas de algunas galerías de la “Walking Street”, donde los clientes masturban a las chicas con grandes vibradores mecánicos que sobresalen de cubiteras llenas de hielo. Y todo ello sin contar el ya clásico pussy show, que convierte al sexo femenino en un arco capaz de disparar flechas a varios metros de distancia para reventar globos, lanzar pelotas de “ping-pong”, abrir botellas de Coca-Cola y hasta fumar cigarrillos, desde luego sin tragarse el humo.

Los monjes budistas recogen al amanecer sus donativos entre “señoritas” y “ladyboys”

Y ya al amanecer, tras regresar de una discoteca donde la proporción es de diez chicas por cada hombre, los “ladyboys” se cruzan con los monjes budistas que van casa por casa rezando y recogiendo sus donativos en forma de comida. Acaba una nueva noche loca sin toque de queda para el turismo sexual en Pattaya.

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