Publicado por Pablo M. DÃez el feb 18, 2010
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Al final, Obama se ha atrevido a reunirse con el Dalai Lama en la Casa Blanca, con lo que la consiguiente foto de rigor significa para el mundo y para las relaciones con China. En octubre del año pasado, el presidente de Estados Unidos prefirió evitar a la máxima figura polÃtica y religiosa del budismo tibetano para no enturbiar en noviembre su primera visita a China.
Haberse entrevistado con el “Océano de SabidurÃa” antes que con el presidente Hu Jintao no sólo habrÃa violado las normas no escritas de los formalismos diplomáticos, sino que habrÃa sido una auténtica provocación. A Obama, que lleva su progresismo por bandera, le cayeron collejas por parte de los grupos defensores de la causa tibetana y los derechos humanos, pero poco más podÃa haber hecho en aras de la prudencia que se le recomienda a cualquier lÃder polÃtico.
El Dalai Lama ha vuelto a enfurecer a China al reunirse con Obama. REUTERSAun a costa de enrabietar al poderoso régimen de PekÃn, Obama ha hecho lo mismo que otros lÃderes internacionales como Sarzkozy, Angela Merkel y hasta Gordon Brown: reunirse con el Dalai Lama. No como Zapatero, que prefirió darle “plantón” durante su visita a España para, seguramente con la esperanza de conseguir unos contratos millonarios que no llegan, que PekÃn pueda seguir diciendo que el Gobierno de Madrid es el “mejor amigo de China en la Unión Europea”. Una vez salvado aquel escollo y resuelto el encuentro en PekÃn con Hu Jintao, que incluyó una comparecencia conjunta y sin preguntas ante los medios donde volvió a abordar los derechos humanos y la censura en internet
, el inquilino de la Casa Blanca tenÃa que cumplir con los formalismos del otro bando: los que le exigen que EE.UU. abandere las cruzadas contra la represión y las dictaduras del mundo.
Pero el presidente de EE.UU. ha recibido al Dalai Lama guardando las formas: en el escenario más reservado del salón de los mapas de la Casa Blanca, sin darle una medalla en el Congreso como ocurrió durante la Administración Bush y pidiendo el respeto a la “singular identidad religiosa, cultural y lingüÃstica del TÃbet y la protección de los derechos humanos de los tibetanos en la República Popular China”. Nada que, en teorÃa, no puedan suscribir las autoridades de PekÃn, entre otras cosas porque hace ya tiempo que el “Océano de SabidurÃa” se olvidó de la independencia del TÃbet y ya sólo reclama “la vÃa intermedia” para intentar arañar un poco de autonomÃa y más respeto cultural y religioso.
Entonces, ¿por qué causa en China tanta polémica la dichosa reunión? Pues por la sencilla razón de que el régimen aún denominado comunista de PekÃn también tiene que guardar las formas, sobre todo con su pueblo. No es cuestión de pasarse toda la vida demonizando al Dalai Lama y acusándolo de ser un terrorista separatista para que ahora se vaya de rositas después de entrevistarse con el hombre más poderoso del mundo.
Haciendo un alto en sus vacaciones del Año Nuevo Lunar, el portavoz de Exteriores chino, Ma Zhaoxu, ya se ha apresurado a emitir un comunicado donde muestra su “enérgica protesta” por la reunión, que a su juicio viola “la aceptación de EE.UU. de que el TÃbet es una parte de China y no apoya su independencia”.
Craso error, porque ni Obama ni el Dalai Lama hablaron de independencia o, si lo hicieron, se guardaron muy mucho de publicitarlo. Pero China, que mata moscas a cañonazos en su empeño por condenar al Dalai al ostracismo internacional, sigue amenazando a cualquiera que se atreva a recibirlo porque asà habrá muchos otros lÃderes mundiales, con menos valor que Obama, Sarkozy, Merkel y Brown, que optarán por evitarlo cuando pase por sus paÃses. Y, como no está bien eso de señalar, lo dejamos asà porque ya habrán adivinado como quien.
El problema no es que el Dalai Lama sea la máxima figura polÃtica y religiosa del budismo tibetano. El problema no es que esté exiliado en la India desde hace casi 51 años por la ocupación china del TÃbet, una región fronteriza que desde hacÃa siglos venÃa perteneciendo a las dinastÃas imperiales cada vez que éstas eran lo suficientemente fuertes como para controlarlo. El problema es que el “Océano de SabidurÃa” es el lÃder de un movimiento filosófico y espiritual con millones de seguidores en todo el mundo y, además, fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 1989, curiosamente el mismo año que el régimen de PekÃn masacraba a cientos de estudiantes en la matanza de Tiananmen.
“Sólo” por ese motivo, es totalmente legÃtimo que cumpla con los formalismos de reunirse con los principales dirigentes del mundo y, de paso, aproveche para hacer un poco de ruido mediático a favor de la causa tibetana, que recordemos una vez más ya no reclama la independencia, sino más autonomÃa o, al menos, respeto religioso y cultural.
Todo ello, por supuesto, guardando algo tan importante en polÃtica como son las formas o, más bien, los formalismos. Los mismos que le llevan a China a poner el grito en el cielo con cada nueva reunión del Dalai para asà ir disuadiendo a otros gobernantes menos bragados.
De camino, se producirán algunas crisis más o menos duraderas, sobre todo si se mezclan con alguna venta de armas a Taiwán, y se cruzarán declaraciones más o menos ácidas de cara a la galerÃa, sobre todo para el otro sepa que se las juega con una superpotencia dispuesta, como mÃnimo, a hacer ruido. Pero nada tan grave que no puedan curar los miles de millones de dólares que la “fábrica global” exporta a EE.UU. o que China compra a la Reserva Federal en forma de bonos del Tesoro. Y eso, amigos, no son formalismos, sino negocios puros y duros.
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Tras un biombo chino © DIARIO ABC, S.L. 2010