Pu Yi, el prisionero de la Ciudad Prohibida

Publicado por el sep 24, 2009

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Todo bajo el cielo. La máxima que rigió las todopoderosas dinastías chinas durante más de 2.000 años debía sonarle como una amarga broma del destino a Aisin Gioro Pu Yi, el último emperador que reinó desde su jaula dorada de la Ciudad Prohibida de Pekín. Coronado con sólo dos años en 1908, Pu Yi tuvo en su vida todo lo que un hombre puede soñar, menos lo más importante: la libertad.

Esa gran tragedia, visionaria metáfora de esta nueva China que cumple ahora 60 años disfrutando del progreso que ha traído la apertura al capitalismo de las tres últimas décadas, es la base argumental de “El último emperador”, la monumental película dirigida en 1987 por Bernardo Bertolucci, que ABC ofrece este domingo a sus lectores.
Por primera vez, Pekín permitió a un cineasta extranjero rodar en la Ciudad Prohibida para plasmar la autobiografía del último monarca de la dinastía Qing, quien fue un prisionero toda su vida. Desde que, en mitad de la noche, los guardias de palacio lo separaron de su madre, la segunda princesa Chun, para ser designado sucesor por la emperatriz regente Cixi en su lecho de muerte, hasta su internamiento durante diez años por parte del régimen comunista en el campo de reeducación para criminales de guerra de Fushun, en la provincia de Liaoning.

Mientras su imperio se derrumbaba a manos de los “señores de la guerra” y las potencias occidentales, Pu Yi era un niño malcriado detrás de las murallas de la Ciudad Prohibida, cuyas arcas eran expoliadas por los mismos eunucos que se dejaban humillar infantilmente al venerarle como un dios viviente. Sin saber siquiera que había sido depuesto en 1912, allí siguió viviendo preso de la tradición y el pasado hasta que fue expulsado en 1924.
Casado a los 16 años con dos esposas, Pu Yi tenía al fin la oportunidad de disfrutar de la libertad al perder sus “privilegios”. “Henry”, como se hacía llamar entre el elitista círculo de extranjeros que frecuentaba en su retiro de la concesión japonesa de Tianjin, podía haber emigrado a Estados Unidos como el moderno “playboy” que simulaba ser en las fiestas de la alta sociedad.

Pero se ve que no siguió las enseñanzas de su admirado tutor, el escocés sir Reginald Johnston que interpreta magistralmente Peter O´Toole, y fue otra vez prisionero, en esta ocasión de sus propias ambiciones.
En 1932, y con el norte de China ocupado por las tropas niponas, Pu Yi fue nombrado regente de Manchukuo, un “Estado títere” controlado por Japón del que fue coronado emperador dos años después. Desde Manchuria pensaba reconquistar el trono de China, pero fue su última actuación como marioneta del poder. Utilizado por Tokio y odiado por los chinos, que no habían perdonado a los monarcas manchúes siglos de opresión feudal, se fue quedando solo e impotente hasta que el Ejército soviético lo capturó al término de la Segunda Guerra Mundial (1939-45).

Tras declarar ante el Tribunal Internacional para crímenes de guerra de Tokio, donde cometió perjurio, y pasar cinco años en un “gulag” ruso, Stalin no hizo caso de sus cartas pidiendo clemencia y lo devolvió a la China de Mao en 1950. Reeducado al cabo de una nueva década sin libertad, el “señor Pu Yi” a secas, sin apellido ni título real, acabó sus días como un humilde jardinero ataviado con el característico “traje Mao”.

Rehabilitado y manejado de nuevo por el régimen comunista, Pu Yi llegó a formar parte en 1964 de la Conferencia Política Consultiva del Pueblo Chino, un órgano que asesora al Parlamento, y pudo escribir su autobiografía. Cuando la “Revolución Cultural” (1966-76) amenazaba con ensañarse con uno de los principales símbolos de la vieja China feudal, un cáncer de rinón rescató en 1967 a Pu Yi de caer nuevamente prisionero. Sólo muerto pudo gozar de lo que nunca tuvo “bajo el cielo”: la libertad.

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