Turismo policial en Tiananmen

Publicado por el Jun 3, 2009

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Se cumplen 20 años de la masacre de Tiananmen, en la que el Ejército chino mató a cientos de estudiantes que se manifestaban en esta céntrica plaza de Pekín para pedir reformas democráticas y el fin de la corrupción en el régimen comunista. Veinte años después, China es ya la tercera potencia mundial y ha experimentado una gran apertura económica y social, pero no política.
Veinte años después de la matanza, el “dragón rojo” luce ante el mundo con orgullo su modernización y su autoritario Gobierno se legitima gracias al progreso que ha vivido la mayoría de sus 1.300 millones de habitantes. Pekín asombra al mundo con los Juegos Olímpicos, Shangai organizará la Expo de 2010, las ciudades se transforman a un ritmo endiablado a base de futuristas rascacielos y grandes infraestructuras, las fábricas exportan sus productos a todo el mundo, las grandes multinacionales se rifan por implantarse en el enorme mercado chino y el país entero vive bajo la apariencia de la normalidad dentro del desarrollo que ha traído la globalización.

Pero China aún guarda muchos cadáveres en el armario. Entre ellos, los de cientos de estudiantes que cayeron abatidos cuando el Ejército chino aplastó las protestas que, en forma de acampadas y huelgas de hambre, se produjeron desde finales de abril hasta la fatídica madrugada del 4 de junio de 1989.
Veinte años después, y gracias a las nuevas tecnologías, escribo esta crónica desde la misma plaza de Tiananmen y veo que muchas cosas han cambiado, pero que otras siguen igual en el siempre receloso y autoritario régimen chino.

Como un día cualquiera, la plaza de Tiananmen está abarrotada por grupos de turistas chinos que, tocados todos con las mismas gorras amarillas, rojas y azules para no perderse, se retratan bajo el retrato de Mao Zedong que cuelga a la entrada de la Ciudad Prohibida, donde el “Gran Timonel” proclamó la República Popular China el 1 de octubre de 1949.
Pero, a diferencia de un día cualquiera, hoy hay incluso más policías y soldados que de costumbre. Uniformados y vestidos de paisano, pero reconocibles por los “walkie-talkies” que regurgitan metálicamente en sus bolsillos y los “pins” del Ejército que lucen en las solapas, miles de agentes y militares patrullan por la plaza, que es la mayor de mundo y simboliza el corazón del régimen por albergar el Gran Palacio del Pueblo, sede del Parlamento chino.

El draconiano dispositivo policial tiene como misión impedir que se produzcan incidentes con motivo de tan señalado aniversario. Pero los agentes lo tienen fácil porque, por supuesto, la efemérides no sólo ha sido convenientemente censurada en los medios de comunicación chinos, sino que los pocos activistas y disidentes que aún recuerdan el “liu si (6-4)” como se denomina en mandarín a la matanza del 4 del 6 del 89 han sido confinados bajo arresto domiciliario. Entre ellos, figura Ding Zilin, una de las madres de Tiananmen más activas que, desde hace dos décadas, lucha por honrar la memoria de su hijo, quien murió abatido por las balas del Ejército de Liberación Popular.

Pero el ejemplo de Ding Zilin y el de Liu Xiaobo, un disidente que participó en las manifestaciones y se encuentra detenido desde que firmó a finales del año pasado la “Carta 08” por las libertades democráticas, son casos aislados en esta nueva China del crecimiento económico, que sólo piensa en disfrutar del consumismo que ha traído el progreso. Los jóvenes, que no han estudiado el “6-4” en el colegio, apenas conocen el “incidente” de Tiananmen y, ajenos por completo a lo que pasó hace veinte años, anoche seguían bailando hasta el amanecer en las discotecas alrededor del Estadio de los Trabajadores.
De hecho, el aniversario de la masacre de Tiananmen será recordado sólo en Hong Kong, donde cada año se celebran multitudinarias vigilias, y en los medios extranjeros.

Ay, siempre los dichosos periodistas “laowai” (“guiri”, en mandarín) con sus ganas de fastidiar y fijarse sólo en lo malo, no en la erradicación de la pobreza y el bienestar que ha traído el régimen con su política de “reforma y apertura” emprendida hace treinta años
Por ese motivo, los problemas comienzan nada más entrar en la plaza, en cuyos accesos se han instalado desde hace varios meses controles de seguridad con escáneres y detectores de metales. Nada más comprobar que en la mochila hay un ordenador portátil y una cámara de fotos, los agentes me piden el pasaporte, en cuyo visado de residencia constan los caracteres malditos de reportero: “” (“ji zhe”).

Una vez detectado, los policías me piden la tarjeta oficial de Prensa y, con diligencia, apuntan todos los datos en una pequeña libreta plagada de garabatos. Son los nombres de muchos de los corresponsales extranjeros que hoy, cumpliendo con su trabajo, han venido a la plaza para ver cómo se vive el aniversario de Tiananmen.
“Lo siento, hoy no puede pasar. Tiene que pedir antes permiso en la Oficina de Información”, dice serio el agente, que luce unas gafas de sol a lo “madero” americano pese a estar en un paso subterráneo.
“¿Por qué? ¿Es por el aniversario del “liu si” (6-4)?”, le respondo con mi paupérrimo mandarín, pero en voz lo suficientemente alta como para que me escuchen los chinos que, con la típica curiosidad de este país, se han arremolinado alrededor.
“¿El “liu si” (6-4)? No sé lo que es eso”, replica el policía.
“Sí, hombre. La matanza de estudiantes por parte del Ejército hace veinte años”, vuelvo a elevar el tono mientras palidece de asombro.

Tras insistir en que no puedo entrar en la plaza, amenazo con telefonear a la Oficina Internacional de Prensa del Ministerio de Asuntos Exteriores, en la que sería mi segunda llamada después de otro “incidente” que tuve con la Policía hace dos semanas en un pueblo amenazado por las expropiaciones ilegales. Pero ésa es otra historia…
Finalmente, la amenaza de llamada al Ministerio surte efecto y puedo acceder a la plaza, donde hay más policías que turistas. Bajo un calor de justicia, los agentes y militares de paisano patrullan armados con sombrillas y protegen del sol a los soldados uniformados que hacen guardia bajo la bandera nacional que ondea en Tiananmen.

Allí he quedado con Adrián Foncillas, el corresponsal de “El Periódico de Cataluña” y, durante todo el rato que paseamos por la plaza donde, por cierto, no pasa absolutamente nada fuera de lo normal nos sigue un policía camuflado con un pantalón corto y una camiseta. Cuando caminamos deprisa, acelera el paso; cuando nos paramos, se detiene; cuando nos giramos y cambiamos la trayectoria, se vuelve de repente. La situación es tan absurda y ridícula que, dado que nos va a seguir todo el tiempo, le pedimos que al menos nos proteja del sol con su sombrilla. Pero la broma no le hace gracia y se niega.
– ¿Nos sigue por el aniversario del “liu si” (6-4)? vuelvo con la maldita pregunta.
– No sé lo que es eso. Estoy aquí por su seguridad porque hay mucha gente replica serio, pero sin quitarnos ojo en ningún momento para impedir que hablemos con los turistas que pasean por la plaza. Como si no pudiéramos hablar con la gente en otro lugar, pero forma parte del kafkiano e infantil método chino: matar moscas a cañonazos. El tipo es simpático pero, sinceramente, hubiéramos preferido que nos acompañara una mujer policía. Rápido de reflejos, él nos dice que también le habría gustado más seguir a dos mujeres periodistas.
El agente, que dice tener 24 años, mantiene la compostura mientras, a modo de mofa, nos escondemos detrás de las farolas, pero se vuelve más serio cuando saco la cámara. Para que no lo fotografíe, se tapa con el parasol, con el que también intenta impedirme que retrate a la legión de policías que acordonan la plaza.

Al final de esta divertida jornada de turismo policial, nos desalojan de Tiananmen para celebrar la recepción de bienvenida al primer ministro de Malasia, Najib Razak, que ha llegado a Pekín y pasa revista a las tropas frente al Gran Palacio del Pueblo.
Junto a los ancianos andrajosos que recogen las botellas de plástico para luego venderlas a las plantas de reciclaje para sacarse unos yuanes, me siento en un banco a la sombra en los laterales de la plaza para escribir esta crónica.
De repente, suenan unos cañonazos… Doy un salto y, por un momento, pienso que ha vuelto a estallar otra revolución en Tiananmen. Pero luego, a lo lejos, escucho el himno nacional de China y me doy cuenta de que es la salva de bienvenida al primer ministro malayo.
Mientras los turistas chinos se retratan junto al extraño “laowai” que teclea sin parar en su pequeño portátil, un agente llama al anciano de Henan sentado a mi lado y, tras registrar su bolsa, le dice que no hable conmigo.
Vano intento: ya me ha dicho que no tiene ni idea de que es eso del “liu si” (6-4) y que no ha oído hablar de ninguna matanza de estudiantes en la plaza de Tiananmen hace veinte años.

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Tras un biombo chino © DIARIO ABC, S.L. 2009

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