Goa, una Lisboa con sabor a “curry”

Publicado por el mar 22, 2009

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A las playas de Goa, el paraíso hippie de los años 70 en la India, va uno buscando sus interminables noches locas de sexo, drogas y música trance y acaba charlando de lo humano y lo divino con los sacerdotes jesuitas que custodian el cuerpo del santo español Francisco Javier en la Basílica del Buen Jesús. Así de chocantes son las paradojas en la India, cuyos sempiternos contrastes alcanzan una categoría mística en esta antigua colonia portuguesa donde la influencia de la metrópoli aún sigue a flor de piel. Aderezada, eso sí, con un poquito de curry.

Y, si no, que se lo digan a las vendedoras ambulantes que, envueltas en sus finos saris de vivos colores, exponen sus frutas y verduras en plena calle bajo las fachadas amarillas y rojas de viejos edificios de estilo colonial, con sus alargadas ventanas con postigos de madera o sus relucientes azulejos blancos y azules decorados con figuras medievales.

La mayoría de ellas recuerdan a los portugueses que, con el propósito de controlar la ruta marítima de las especias de Oriente, llegaron en 1510 a Goa, que se convirtió en su base en la India gracias a sus puertos naturales y sus ríos navegables al interior del subcontinente. En 1542, desembarcaron los primeros misioneros jesuitas, encabezados por san Francisco Javier en su prolija evangelización de Asia.

Poco a poco, el control de los portugueses se fue extendiendo por esta región costera bañada por el Mar Arábigo. Cargados de mercancías, los barcos de los comerciantes surcaban el Océano Indico y arribaban a la Vieja Goa, un floreciente centro de negocios que en el siglo XVI llegó a superar en esplendor y riqueza a la propia Lisboa.

De aquella época plena de prosperidad aún quedan en pie la catedral de Santa Catalina, un monumental recinto de estilo gótico portugués cuyas obras se prolongaron de 1562 a 1652, y el convento de San Francisco de Asís, del que destaca su ornamentado retablo. Junto a las iglesias de San Cayetano y Santa Mónica, cuyos esbeltos campanarios sobresalen entre la frondosa jungla tropical, resalta la Basílica del Buen Jesús, un destino de peregrinación para los católicos indios y de todo el mundo que acuden a ver la urna donde se guardan las reliquias de san Francisco Javier. Tras su muerte en China en diciembre de 1552, el milagro de su cuerpo incorrupto sirvió para canonizar al misionero jesuita, cuyos restos volverán a ser expuestos a los fieles en 2014.

Pero, mientras llega ese momento, más vale perderse por las encantadores calles de Panaji (o Panjim), adonde se trasladó la capital del estado en 1843. En esta pequeña ciudad de unos 100.000 habitantes permanecieron los portugueses hasta 1961, pero su impronta sigue indeleble en la iglesia de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción que data de 1541 y se alza sobre la plaza mayor o en un paseo por los pintorescos barrios de Fontainhas, Sao Tomé y Altino.

En sus estrechas callejuelas, que reciben nombres como Rua da Armada Portuguesa o Emidio Gracia, conviven los personajes típicamente indios turbantes y saris incluidos con tiendas de estilo luso (lojas) o casas pintadas con cálidos colores mediterráneos y balcones enrejados.

El recorrido cultural por la Goa con sabor colonial tiene su punto culminante en las majestuosas pero un tanto decadentes mansiones de Chandor, como la casa Braganza, la casa Fernandes o el palacio de Deao (todas con más de 200 años de antigüedad). Una vez culminado dicho trayecto, llega el momento de relajarse en las playas de fina arena blanca que recorren todo el litoral de este pequeño estado de 3.701 kilómetros cuadrados en el que sólo viven 1,3 millones de los más de 1.100 millones de habitantes que tiene la India.

Especialmente tranquilas son, al norte de la costa, Arambol (Harmal) y Mandrem, y Agonda y Patnem al sur. En sus apartadas calas plagadas de cocoteros y palmeras, el viajero podrá disfrutar de los famosos atardeceres de Goa, cuando el cielo se vuelve rojizo al caer el sol y se funde con el azul turquesa del mar, sobre cuyo horizonte se perfilan las sombras de los últimos bañistas y de las parejas que pasean por la orilla.

Después de pasar el día en alguno de los 400 chiringuitos de playa que pueblan la costa y en sus innumerables tumbonas, donde hasta se pueden recibir masajes ayurvédicos a precios bastante asequibles, empieza la marcha en Goa con jam sessions de rock bien regadas con la fortísima cerveza india Kingfisher.

Las playas más animadas son las de Calangute, Baga, Anjuna y Candolim, ya que sus bares y restaurantes junto al mar, sus pensiones baratas, sus discotecas y sus fiestas rave atraen anualmente a 2,2 millones de turistas indios y 300.000 extranjeros que se dejan más de 635 millones de euros cada temporada. Una cifra que supone el 15 por ciento de los ingresos turísticos de la India y que ha convertido al diminuto Estado de Goa en un oasis de riqueza dentro de este todavía pobre país.

Y todo empezó gracias a los hippies que, atraídos por sus idílicas calas, su clima envidiable y su vida relajada, convirtieron a Goa en uno de sus paraísos terrenales en los años 70. Envuelta desde entonces por un halo mítico, Goa se ve inundada cada temporada, que empieza en noviembre y acaba en marzo antes de que lleguen el calor asfixiante del verano y las lluvias del monzón, por miles de mochileros que buscan fiesta y diversión a raudales en discotecas legendarias como Tito´s, Paradiso, Cubana o Utopia, templo de la música trance que ha hecho mundialmente conocido a este antiguo enclave luso.

Además, en las escondidas playas de Anjuna, Morjim y Vagator se suelen celebrar fiestas rave donde la música se mezcla con el alcohol y las drogas, por lo que cada vez están más controladas por la Policía.

Los que al día siguiente no tengan una monumental resaca, pueden comprobar si están lo suficientemente frescos y ágiles de reflejos como para regatear en el mercadillo de Anjuna, donde se pueden comprar alfombras, tapices, cuadros, figuritas hinduistas, camisas de seda neo-hippies y CDs con mantras budistas del Tíbet o trenzarse rastas en el pelo y hasta dibujarse un tatuaje en la piel.

Aunque lo más probable es que, con tatuaje o sin él, Goa permanecerá para siempre en la memoria del viajero.

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