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Blogs Tras un biombo chino por Pablo M. Díez

Estampas de Kabul

Pablo M. Díez el

Durante las Navidades de 2002, un año después de la caída del régimen talibán, tuve la suerte de poder ir a Afganistán en uno de mis primeros viajes de trabajo, que había iniciado el año anterior en Bosnia y que continuaría al siguiente en Kosovo y en los países africanos de Togo y Benin.

Prefiero denominarlo así porque resultaría exagerado decir que fui como enviado especial, ya que aproveché mis vacaciones de Navidad, sufrí la pesadilla de volar en Ilyushin, un avión de transporte bielorruso fletado por el Ejército español, y me pagué de mi bolsillo la estancia en un hotelito de Kabul donde me congelaba cada mañana cuando tenía que ducharme con un hilillo de agua tibia. Pero bueno, éstos son los gajes del oficio, por los que uno pasa agradecido y entusiasmado cuando empieza en esto del Periodismo y se busca la vida como sea para salir de la Redacción e ir allí donde están pasando las cosas importantes que suceden en el mundo.

De aquel viaje me traje varios reportajes que vendí en algunos medios entre ellos ABC y me sirvieron para cubrir gastos, una experiencia inolvidable que sería decisiva para convertirme luego en corresponsal del periódico en Asia y doce carretes de fotos en aquel entonces sólo utilizaba una pequeña cámara digital para las imágenes que tenía que enviar en el mismo día.

Ahora que se cumplen siete años de la caída del régimen talibán, aprovecho este blog para publicar algunas de dichas estampas de Kabul.

En guerra permanente desde la invasión soviética, que comenzó en 1979 y se prolongó durante diez años, Afganistán lleva casi tres décadas desangrándose. Primero por la lucha contra el temido pero no tan poderoso Ejército Rojo, luego por el reparto de poder entre los Señores de la Guerra, más tarde por la brutal represión del cruel régimen talibán y, por último, por la invasión estadounidense en la lucha contra el terrorismo islamista internacional desatada tras el 11-S.

Como consecuencia, Kabul parece más un queso gruyere que una ciudad, con sus edificios acribillados por las balas o, simplemente, derruidos. En medio de este ambiente fantasmagórico se mueve una población acostumbrada a todo tipo de penurias y que intenta recuperar el ritmo normal de su vida en un país donde la paz parece una misión imposible.
Por eso, una de las cosas más sorprendentes de los afganos es su enorme fuerza moral para seguir combatiendo dichas penalidades sin llegar a perder la sonrisa ni, sobre todo, la esperanza en que el mañana sea mejor que el pasado.
Ello dependerá del éxito que tengan las fuerzas multinacionales para devolver la estabilidad a Afganistán, que empieza a convertirse en otro avispero incluso peor que el iraquí por el avance de las fuerzas talibán en el interior del país.

Tanto entonces como ahora, los habitantes de Kabul luchan por reconstruir su cotidianidad, ya sea acarreando fardos al mercado en bicicleta o en carros tirados por burros o, para los que tengan más suerte, yendo al cine a ver alguna de las películas indias que, procedentes de la factoría Bollywood, hacen las delicias de unos espectadores que tenían prohibido ver la televisión durante la época talibán.

Entre sombras y ruinas, los afganos siguen moviéndose hacia delante y mirando al futuro.

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